Juancho José Barreto González / proyectoclaselibre@gmail.com
Ese alter ego es una creatura feroz, su naturaleza ha desplazado a la humanidad muerta. Su principal juego es engañar, hacernos creer en él como si fuera yo. Mata mi humanidad en nombre de la vida, de la libertad. Soy su títere. Como toda la fantasía producida en su gran industria de imágenes y palabras, conoce la frontera de todos los lenguajes e impone el suyo. Quiere ser el dueño del planeta, es su fantasía mayor. Ese alter ego y esos alters egos juegan a la guerra, su humanidad muerta es una ilusión. Usted puede creer en cualquier cosa, usted cree que es Usted quien cree.
Se volvió instructor de nuestras vidas con la ayuda de antiguos y modernos aparatos. Forman parte de nuestra experiencia en la vida y en los sueños. Saben, como antiguos alquimistas, combinar adecuadamente las formas del dominio humano, controlan neuronas y deseos. Son persistentes, perspicaces. Primero comenzó siendo otro distinto a mí. Después, y realmente cuesta explicar este fenómeno cultural y hasta biológico, comenzó a hablar y a hacer por mí. Se convirtió en mala gente, su enfermedad de origen. Desea administrar mi personalidad, mi casa, mi familia. Nos ha estudiado meticulosamente, somos sus conejillos de indias. Nos ha convertido en gatos. Cambia a un títere por otro y no nos damos cuenta. Es arreglista y director de teatro. Sabe producir lo verosímil, es decir, nos hace creer. Desde hace tiempo lo hace, enmienda aquí y allá, corrige sin disimulo, no necesita dar explicaciones. Domina el cielo y la tierra, el agua y el fuego. En nuestro caso, nos cocinaron a fuego lento con nuestro “gas natural”.
Son antropófagos, nos cocinan y nos comen. Se alimentan de la vida y la matan. Son herederos del gen egoísta. Dictan las pautas, controlan cuerpo y lengua. Debemos tener mucho cuidado cuando nos referimos a ellos, podemos ofenderlos. Hay que preservar la vida. Justo aquí, nos convertimos, o nos convierten en esclavos. Esclavos del miedo, cuerpo, mente y biopolítica. Son los antropófagos de la humanidad. Lo humano y lo divino están bajo su disposición en su gran sala de dominios y pesadillas. Son los “Zipacná” de la historia, triunfantes y modernos, creadores de montañas de tesoros, aliados de los Cristóbal Colón de hoy. Mercaderes de la vida y la muerte. Ellos deciden. Saben de negocios. Son los poderos del planeta. No es la moda de lo irracional, es la marca registrada en el “mercado de las víctimas”. Un daño colateral terrible, perverso, demente: La vida no vale nada.
Ese alter ego es una creatura feroz, su naturaleza ha desplazado a la humanidad muerta. No somos una simple mercancía. La muerte es un triunfo del vencedor de la vida, una medalla por matar, una condecoración por hacer desaparecer al yo, al nosotros de la vida.
Una nueva configuración del nosotros humano luce como una alternativa desde abajo, del cuerpo y lenguaje nuestro “de cada día”. En este lugar, aquí abajo, desde cada palabra escrita y dicha, en el ritmo asfixiante de la pantalla total de lo diurno y nocturno puede aparecer “mi tiempo de resistencia, reflexivo, compartido con otros”. La muerte de la humanidad es un espectáculo trágico, nos enseña el lenguaje de los poderosos. Desde abajo, es donde se siente este terremoto. Ernesto Sábato nos sugiere en su libro La Resistencia: “Pero hay algo que no falla y es la convicción de que —únicamente— los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.”
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