Juancho José Barreto González
proyectoclaselibre@gmail.com
En la carta anterior hablé de la necesidad de “recuperar vínculos”. Pensemos por un momento la significancia de estas dos palabras, recuperar vínculos. Detengo la escritura, voy a la ventana de la mañana que comienza, veo la neblina sobre los techos de las casas, y detrás de la neblina se asoman algunos verdes de luz. Sé que estoy hablando de algo hondo, hondura humana. También sé que no es una propuesta, ni siquiera es una condición. Es una necesidad, una exigencia frente al avance del quiebre humano de lo humano, la muerte de la humanidad.
Pues mal, las formas disociativas son aquellas formas para la separación. Para la desgarradura, la distancia, la muerte. El poder conquistador usa las formas técnicas para conquistar. Allí está el planeta, albergue de esta antiquísima pelea.
Pues bien, las formas asociativas son aquellas formas para la reunión. Para la ligadura, la cercanía, la vida. El “poder” liberador usa las formas técnicas para emancipar. Allí está la casa del planeta, hogar de esta antiquísima búsqueda.
El pues mal adolece de zonas de comprensión, existe un interés previo, a priori. Es una zona de manipulación, el control del cuerpo y el deseo. El amo y el esclavo de todos los tiempos. El amo es violento en el lenguaje, pero se vuelve atractivo e imponente, cede hasta donde le sea posible, también tortura y obliga. Ha conducido a lo humano del derecho a la obligación. (Aquí vuelvo a levantarme. La neblina sigue amando a la montaña / cada una tiene su ritmo / se aparean).
Pues bien, el pues mal es ruidoso, le gusta mucho distraernos. Fiesta sin reflexión. Nos atrae la fiesta, en el escenario de la cultura tiene un valor sorprendente. Nos da ganas de ser “eso”. El pues mal sin esto no se parecería a un pues bien “perfectamente maquillado”. (Ahora le pido a Usted, dicho en trujillano, dese una vueltica por su vida, deténgase en cada cosa, “nada es inútil”).
El pues bien tiene muchas partes llenas de silencio, cuando habla se hace las preguntas de siempre. Trata de contar sus historias de otra manera, no sufre de ataduras. Trata de producir sus formas de pensamiento y de ganarse la vida de otra manera, de otras maneras. Aquí radica su terrible debilidad, su contradicción principal. El pues bien no se impone. Se comparte, se vive. No es una obligación, tampoco un derecho. (Pienso en ello, me levanto, por unos minutos me cruzo de brazos como sosteniéndome a mi mismo. Necesito un café, me digo. Al rato el humo del café es una neblina olorosa a café. Me tomo unos sorbos. Vuelvo a la ventana. La neblina se ha ido pero la montaña quedó olorosa a neblina). Sigo escribiendo y abro un nuevo paréntesis. (La neblina no es buena ni mala, lo único es que sabe dejar su olor a neblina sobre la montaña. A la montaña le agrada ese olor y sus árboles celebran. Cuando un árbol está naciendo, la neblina y la montaña se cuentan sus secretos en voz del silencio. De niño he escuchado esa voz y creo en su sobrenaturaleza). Pues bien, el pues mal está incapacitado para esta dimensión. Para eso inventó el infierno.
El fuego y la pólvora cambiaron la historia del mal. El fuego y el corazón sostienen la historia del amor, el bien no existe sin amor y este no existe sin el respeto por el otro. El fuego, la pólvora incendian la montaña, debajo quedan los escombros de la vida, hilacha de cuerpos y de voces. La neblina ya no lo es. Una nube oscura se cierne sobre el espíritu y los humanos, como los árboles, nacen para morirse de tristeza.
Debajo de los escombros, de la montaña y de un mí plural convertido en nosotros “el olor de la neblina dibuja sus verdes”.
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