Cartas | Desde los primeros tiempos | Por: Juancho José Barreto González

 

En los primeros tiempos, en todos los primeros tiempos del hombre y del mundo “Todos los seres eran para mí aspirantes obscuros a una dignidad que sólo la palabra podía darles y hasta su débil existencia provenía de sus nombres; una existencia prestada, pues el centro de gravedad y de prestigio se mantenía en los nombres”. Estas palabras de JM Briceño Guerrero se pueden leer en el álefde Amor y Terror de las palabras (1987, p.13).

Un centro de gravedad que puede crecer o reducirse según sea el trato con las palabras, esa energía del lenguaje curativo o matador, según sean los casos tratados. Mi madre fue maestra de escuela y también ponía inyecciones.

Enseñaba y curaba. Hace tiempo descubrí que curaba con las palabras. No era la aguja hiriente a la que mis hermanos y yo le teníamos pavor cuando llegaban los de “sanidad” a inyectar en la escuela “concentrada”. Nombrar para curar, una semiótica terapéutica que aplicaba la maestra sin haber leído ningún fragmento de un discurso amoroso.

Sufrimos de un “defecto de visión”. La lengua se vuelve para los poetas una especie de “neblina alienante” según la imagen que nos ofrece Harold Bloom en ese problemático libro sobre La angustia de las influencias (1991). Tratamos de recuperar la “nube brillante” de las palabras o, por el contrario, nos destroza esa mirada. La mirada cura por error, se va acercando al sentimiento a través de los signos. Desde el verso de Martí que recuerda Briceño Guerrero (1987, p.14), las palabras agresivas golpean más que cualquier otro golpe, nos arranca- “me arranca el corazón/ con la mano”. No sé por qué pero enseguida revolotea aquella nota de Jaramillo que tanto le gusta-ba a la gente: “ódiame por piedad yo te lo pido…”, ¿la recuerdan? Amor y odio, terror y amor. Metáforas o cuchillos afilados con cicuta en la punta, ají o curare. Curaré o mataré, he ahí el dilema.

El sentimiento no es una continuidad cognitiva ni coherente. Se desvía para encontrar la metáfora. Hallarse con ella por ahí para producir una nueva dimensión huidiza frente a lo permanente como aprendimos a comprenderlo con José Lezama Lima. El amor es un desvío de la racionalidad y la convención. Por eso amamos tan poco porque somos una manada humana condenada por el terror de la racionalidad.

Condenan nuestras utopías y nos vuelven pragmáticos frente a las noticias o un simple acontecimiento. La política de acto para el beneficio se convierte en manotazos duros contra el otro. La “guarimba” socaba lo que he llamado “amorimba”.

Dialogar desde el conocimiento y la experiencia del ser trascendente. Digo ser trascendente y no experiencia trascendente. Las palabras y las cosas sin el “pedigrí” de la convención fría, calculadora y oportunista. Defender la palabra que sintetiza lo heterogéneo humano sin perder la alegría en esa defensa. “Defender la alegría” de la que nos habla Mario Benedetti, defenderla “como una certeza”, del óxido y de la roña y “de la famosa pátina del tiempo”.

La alegría del hombre planetario, del terrícola que ha sabido nacer con la mirada, entendiendo la alegría de nuestros dioses primitivos cuando cantaban que “no habrá gloria en la tierra hasta que no exista la criatura humana”. La alegría de la mano humana, escribiendo las palabras que toma por la boca, las palabras del mundo para curarse. Chamanes de las palabras defendiéndose de la podredumbre que produce el tiempo. Aquellas palabras de la madre cuando nos amamanta, en todos los tiempos.

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