Caminantes: “Cuando Maduro entró a la presidencia ya no hubo comida, se acabó la vida, por eso salimos caminando y arriesgamos todo”

Uno se viene con dolor de Venezuela. A mis papás les dejé dos hijos para que me los cuiden y en San Cristóbal dejé otro con su abuela. Ellos –mis hijos-  me obligaron a salir, no tienen qué comer... Yo pedía comida para darles, después de que ganaba bien trabajando la construcción. Ya uno se cansa de eso, por eso nos vamos, así sea caminando a otros países, donde si hay trabajo”, Alcides González, venezolano camino a Perú

 

Judith Valderrama

Fotos: Judith Valderrama

Son como caminos de hormigas que se dibujan a lo largo de carreteras del Táchira con destino a la frontera. Cruzar la línea que divide el país con Colombia, es la meta de las procesiones humanas que no cesan y parecen, con el paso del tiempo, aumentar en volumen. Se trata de los venezolanos de distintas partes del país que siguen huyendo en masa de su tierra para buscar un mejor destino –dicen-, porque en casa el hambre y la necesidad les acosa, a tal punto, que es mejor solo irse a la deriva, a lo incierto, pero huir por encima de todo.

“A nosotros lo que nos sacó del estado Sucre fue el hambre, eso, sobre todo. No consigues trabajo, ni nada, mi familia está muy flaca”, relata Jesús Noguera, mientras combate el humo de la hoguera hecha a un lado de la calle, donde cocía unos trozos de carne que les regalaron en una carnicería de Capacho, población colindante con la fronteriza San Antonio del Táchira, del lado venezolano”.

Noguera estaba cerca de Colombia donde se establecería, pero a sus compañeros de camino aún les faltaba mucho por llegar al destino, van al Perú, un objetivo distante que se estima a 3 mil 700 kilómetros de donde se encontraban. Lo que les augura muchas aventuras por vivir y la incertidumbre de poder cruzar las tres fronteras internacionales que tienen por delante, la de Colombia, Ecuador y Perú.

 “Cuando Maduro entró a la presidencia ya no hubo comida, ya no hubo útiles personales, nada. Ni cómo comprar lo de estudiar y se acabó todo. Se acabó la vida. Ya mi niño no tiene un futuro allá, y para ver claro no se necesita anteojos, por eso salimos caminando y nos arriesgamos a todo, por eso”, cuenta Jesús Noguera, mientras come un pedazo de carne asado a orilla de la carretera que lo lleva a Colombia, desde Táchira

Escenas de hambre y pena

 

En el tramo por donde avanzan los caminantes, en Táchira, puede  conseguirse cualquier escena particular de supervivencia. Ellos suelen viajar con un morral a espaldas, los bolsillos vacíos y una ruta de muchos riesgos, no en vano es alto el número que mueren en la travesía.

Las cosas que ellos pueden hacer para procurarse una comida y sobrevivir mientras marchan, es inimaginable. En su país atraviesan por pueblos y ciudades donde también vive gente que padece precariedades enormes desde hambre, hasta colapso de servicios públicos. A pesar que procuran ayudar al caminante con dádivas, no es mucho lo que les pueden dar en una nación con una pobreza extrema de 79%, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) a cargo de universidades del país.

Lo que obliga a los venezolanos a seguir siendo una de las migraciones más copiosas y precarias del planeta, en este momento. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi, reafirmaba en diciembre pasado, durante el lanzamiento del Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes Venezolanos 2021, que contabilizan 4,6 millones de refugiados y migrantes que salieron de Venezuela, una población que  consideran de las más vulnerables del mundo, porque a su crisis humanitaria se suma la pandemia del coronavirus, una amenaza adicional para lo que no se preparan cuando migran en tan penosas circunstancias.

 

“Comemos cuando alguien nos regala algo”

 

Jesús Noguera

En casi toda la vía hacemos esto. Cocinamos a un lado de la carretera y comemos cuando alguien nos regala algo”, relata Jesús Noguera, quien viene desde el estado Sucre, al oriente de Venezuela. Debió atravesar su país completo para llegar al occidente, donde está el límite con Colombia, en Táchira. Ahí se encontraba junto a tres amigos de camino que  conoció en el recorrido. Entre todos cocinaban unos trozos de carne al borde de un barranco.

Entre Sucre y San Antonio de Táchira hay mil 220 kilómetros aproximadamente. Para hacerse una idea de lo distante que están estos puntos, si la ruta se hace en un carro expreso, sin paradas, podría tardar 18 horas su desplazamiento. Y todo ese recorrido lo ha hecho y hacen cientos de venezolanos caminando, lo que dice de su nivel de desesperación por irse de  su tierra.

 

Como primitivos

 

 

El venezolano común, incluso el más desfavorecido económicamente cocinaba con gas doméstico, el fallecido Hugo Chávez exigió manejar el servicio que era eficiente antes de esa medida, y con la administración de Nicolás Maduro ese sistema llegó a colapso, a pesar de que Venezuela tiene una de las mayores reservas de gas del mundo. Ahora la mayoría de familias cocinan con electricidad o con leña, un retroceso que cobra muchas víctimas porque el servicio eléctrico es pésimo y en muchos hogares están obligados a pasar hambre cuando no hay corriente eléctrica. Así que emplean para cocinar, sistemas usados siglos atrás por la civilización, pero cuando se enfrentan a peregrinar huyendo de su país, todo se complica más. Ya ni si quiera es leña y alumbrones eléctricos lo que están a su alcance, así que se idean procesos que dejaría atónito a un visitante de cualquier nación del mundo.

Un ejemplo, es Jesús Noguera y su compañero caminante Alcides González, quienes contaban parte de su triste huida, justo en medio de una hoguera precaria hecha con chamizos y ramas, porque no era leña la que calentaba la fogata montada a plena luz del día a un costado de una carretera. Tampoco, había una parrilla para soportar la carne –como se estila-  era con palos que pinchaba la carne y así la hacían rotar con sus manos entre el fuego, para lograr su cocción. Al mero estilo primitivo.

 

 

– ¿Cómo aspiran pasar ustedes a Colombia, luego a Ecuador y a Perú, si las fronteras están cerradas y algunas militarizadas para evitar el ingreso ilegal de migrantes a esas naciones?

– “¡Ah! sí, eso lo hemos escuchado. Pero pasaremos por las trochas”, interviene Alcides González, para narrar su plan de viaje, que a pesar de improvisado tiene un objetivo firme, llegar hasta Perú.

– ¿No sienten temor que los detengan y no los dejen llegar a Perú?

– “No, no tengo miedo. No es para mí la primera vez que cruzo. Voy de regreso desde Venezuela. Estaba en Perú y me vine, y ya voy de vuelta”, declara González, mientras intenta morder un trozo de carne sostenida de un palo.

Cuenta que mucho lo ha intentado en Venezuela, pero el trabajo para hacer lo de la comida para sus padres e hijos, no lograba conseguirlo.

“Uno se viene con dolor de Venezuela, allá atrás dejé a mis padres y a mis hijos. A mis papás les dejé dos hijos míos para que los cuiden y en San Cristóbal dejé otro con su abuela. Ellos – mis hijos-  me obligaron a salir, porque no tienen qué comer. Lo que medio se consigue por ahí no alcanza, y viviendo en Venezuela también me ha tocado pedir en la carnicería para llevarle de comer a los niños. Ya uno se cansa de eso, por eso nos vamos así sea caminando a otros países, donde si hay trabajo”.

 

Alcides Gonzalez

 

Tenía buenos ingresos y todo lo acabaron”

“Yo aquí en Venezuela soy maestro de construcción, tenía una empresa constructora, pero no se consigue nada de trabajo. Yo tenía buenos ingresos antes, y todo lo acabaron. Le trabajaba también a INAVI, hacia casas, centros comerciales, puentes, hacía todito, pero ya no se consigue nada de trabajo”.

– ¿Cuál fue el día cumbre que lo obligó a decir, ya no aguanto más esto, me voy?

– “Hace tres años me sucedió, no podía más. Yo bajé hace quince días de Perú. Vine a Venezuela por 15 días a estar con mi familia y voy otra vez de regreso. Me vine por tierra en autobús y otro poco caminando. Vine fue a traerle ropa, zapatos a mis hijos y a mis padres, y vuelvo otra vez a trabajar”.

– ¿Piensa en retornar definitivamente a Venezuela en algún momento?

– “No, lamentablemente no. Hasta que no salga todo el gobierno, esta presidencia, no me quedo en Venezuela”.

– ¿Es muy difícil ser inmigrante allá en Perú a donde usted va?

– “Pues, la verdad, uno tiene que hacerse a conocer y siempre con Él de arriba presente (señala al cielo) y hacer las cosas bien, buscando su trabajito de lo que uno sepa hacer, que se va a conseguir si en verdad quiere trabajar. Yo soy constructor y en Perú trabajo con eso, gracias a Dios desde que llegué he tenido trabajo”.

– ¿Y cómo maneja la xenofobia que se ve en Perú?

“Bueno si, uno que otro es así, pero más que todo lo ayudan a uno”.

– ¿Piensa llevar su familia Perú, sus hijos y padres?

– “Si, eso fue lo que le dije a mi mamá, cuando ya esté estable y consiga algo me los llevo”.

– ¿Su familia en Venezuela vive de lo que usted envía de Perú?

– “Si, a veces. Otras veces de la siembra que se saca en Barinas, de donde soy yo. Yo vengo de Barinas y me uní con éstos panas de Sucre, nos conocimos en el camino”.

“Para comer por el camino pido en la calle”

Jesús Noriega, de Cumaná, estado Sucre, es uno de los cuatro hombres que en una hoguera cocinaban un poco de carne para comer y seguir su recorrido hasta Colombia, Ecuador y luego Perú, donde aspiran quedarse a trabajar.

– ¿Es su primer viaje fuera de Venezuela?

“No, ya este es el tercer viaje que hago. Estaba en Bucaramanga y me regresé porque vine a llevar a mi mujer y mi hijo a Venezuela, porque tenía un hermano enfermo. Voy a Colombia a trabajar para las medicinas y ver si me lo puedo traer, porque en Venezuela es muy difícil conseguir medicinas. Él tiene paludismo, y todos creen que es coronavirus y allá me lo pueden matar con eso, porque le ponen otra medicina. Claro, también vengo a trabajar para mandarles para la comida a mis papás”.

Jesús Noguera dice que sin ayuda de los que están afuera trabajando es más difícil para los que se quedan en el país, “tengo a mamá y papá, mi hermana, mi mujer y mi hijo. No les mandó mucho, pero se ayudan”.

“Tengo un hijo de 14 años y él me dice, ahorita que nos vimos, que le consiga para comer porque estaba pasando necesidad. A uno le duele que un diciembre y ni siquiera le puedo conseguir para un Niño Jesús, pero esta vez sí pude llevarle ropa y eso, y comida para sustentar la familia”.

 

¿Cuál fue la situación puntual que lo hizo emigrar? ¿Qué lo llevó a arriesgar tanto y hacer un viaje caminando?

– “Cuando Maduro entró a la presidencia ya no hubo comida, ya no hubo útiles personales, nada, ni cómo comprar lo de estudiar y se acabó todo. Se acabó la vida. Ya mi niño no tiene un futuro allá, y para ver claro no se necesita anteojos, por eso salimos caminando y nos arriesgamos a todo, por eso”.

 

Jesús Noguera

– ¿Cómo define la vida del migrante errante que le tocó a usted ser?

“Es muy duro, muy duro esto”.

Jesús Noriega, llevaba ya una semana caminando, casi sin parar porque mientras más antes llegue a Bucaramanga, Colombia, podrá ponerse a trabajar y enviar dinero a su familia.

“Para comer por el camino pido en la calle. Me conseguí con este grupo y así vamos caminando. Nos regalan, nos ayudan. Y lo que nos regalen lo cocinamos, nos paramos en cualquier parte de la carretera como aquí. En una carnicería nos regalaron una carne y nos la estamos comiendo”.

Su plan de vida, dice Noriega, es trabajar. “Cuando llegué de Venezuela lo que hacía era pedir y vender chupetas y sí me colaboraban. Después conseguí un trabajo en Colombia, en una ferretería y me gustaba, pero tuvieron que sacarme porque no tenía papeles. Entonces, viajé a Sucre y le llevé a mi familia lo que pude recolectar. Por eso ahora me vuelvo a venir porque en verdad en Venezuela no tengo futuro. Quedarnos en mi país es casi como morirnos de hambre. Mi familia está demasiado flaca, no hay trabajo, no hay alimentos. Ya mi mamá y mi papá no trabajan, hicieron el trabajo de educarnos y yo ya tengo 34 años, ellos me mantenían mientras estudiaba, llegué al cuarto año y pensaba estudiar informática, que es lo que me gusta, pero la crisis me detuvo el plan”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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