Los primeros cerros valeranos que recibieron el santo nombre, encontramos, a La Pollera, por la famosa granja de pollos que allí se levantaba. Morón, por la hacienda de caña. La Cabaña, se debe al famoso esclavo Norberto, fue liberado por el ricachón de Felipe Carrasquero. Norberto no tenía para dónde agarrar con los pocos peroles que le acompañaban y se dedicó a levantar una humilde cabaña donde pasar el resto de su vida, fue así, como los lugareños le dieron este nombre a la pintoresca aldea que Va de Valera a Escuque por la carretera vieja… Las colinas restantes fueron bautizadas: Cerro La Concepción, La Cruz, El Cementerio y La Ciénaga.
El Bolo es uno de los sectores de mayor antigüedad, allí se reunían los valeranos a jugar bolo. Cuando los muchachos, un domingo preguntaban por el papá, la mamá sumamente brava respondía: “Vaya busque ese muérgano en El Bolo, allá debe de estar jugando y bebiendo miche”.
Dicen los cronistas que en El Bolo, al momento en que algún parroquiano se pasaba de sanjonero y agarraba una soberana borrachera, se escenificaban dramáticas peleas a garrote limpio que ponían a correr a los “mirones”, quienes también llevaban lo suyo cuando se soltaba el grueso palo de vero de las manos del recio peleador… ”Chínelo” se hizo famoso en toda la comarca, era un experto repartiendo garrotazos, la policía llegaba cuando se imaginaban que “Chinelo” estaba sumamente cansado de dar y llevar palo parejo.
“Basilisa”, bella prostituta
Al final de la calle 8, antes Peñalver, cerca de la morgue del Hospital Central, los sábados se hacía una llamativa cola de hombres de pelos en el pecho. Allí vivía Basilisa, nativa de Colombia, un día aterrizó en Valera, le gustó su gente y aquí se quedó. Se dice que la dama tenía unos ojos de actriz de televisión, sumamente bellos. Su cuerpo era escultural. Por donde caminaba, no faltaba uno que otro piropo de un alma enamorada: “Adiós Basilisa. Está más buena que comer pollo con las manos”. Sus encantos físicos sobresalían de tal manera que esta bella dama fue responsable de las primeras colas que se hicieron en nuestra ciudad de hombres mujeriegos que iban en busca de amores prohibidos.
Esta mujer, amante de la rochela con los hombres, le acompañaba una abundante cabellera que transformaba en moño a la española al que le colocaba una “Peineta de carey”. Las damas cuando observaban que se acercaba Basilisa con su paso de lo más sensual, exclamaban: “Allí viene la quita maridos de La Peineta”. Y así se quedó para siempre. Luego, la humilde barriada la bautizarían ”La Peineta” en homenaje a Basilisa, a quien ni los sermones de monseñor Cardozo, le quitaron “lo zumbado” y esa costumbrita de fiestas lujuriosas con hombres casados hasta el amanecer del nuevo día.
Aunque usted no lo crea…
El barrio Las Delicias iba desde la iglesia San José, La Ciénaga, hasta la calle 16. El lugar era de lo más pintoresco, con un clima de lo más agradable. En carnaval y diciembre allí se prendían los mejores fiestones de la comarca. En este lugar se presentaban los mejores encuentros de béisbol en aquella Valera de calles de tierra donde la muchachada deportista tenía que elaborar sus propios guantes.
¿Cómo olvidar?…
A Juan de Jesús, el mejor rezandero que conoció la comarca.
A ningún muerto le negaba el Santo Rosario, si a las 2 de la mañana llegaba un familiar de quien había “pelado cacho” para que mi padre le rezara con ese estilo único que lo hizo famoso, allí estaba Juan de Jesús, echándose agua en la cara, y arrancaba para la casa del finado. A nadie le cobraba por sus servicios, pero siempre le metían en el bolsillo sus cien bolivarianos que era buen dinero para esa Valera de hace 60, donde el kilo de cochino del bueno salía en 5 bolivarianos.
Admiraba en mi padre una capacidad asombrosa para recibir en casa las visitas y dedicarle hermosas décimas que prepara en segundos con esa creatividad fabulosa que Dios le dio. Luego, venía el aplauso de los presentes y el palo de sanjonero que no faltaba a la cita… En aquella Valera de antier las familias velaban a quien se había marchado al “pueblo de la cruces” en la misma casa. Yo acompañaba a Juan de Jesús a esos encuentros donde “el dolor mayor” ante la partida del ser querido se iba transformando en una amena noche de humor valerano.
Esas alegres tertulias de funerales festivos se fueron sembrando en mí ser. De allí nació mi devoción al mundo de la cultura popular, a la fiesta a la santa cruz de mayo, a los rosarios cantados, a los velorios de angelitos. Me fui convirtiendo en humilde “Cultor Popular» gracias a mi padre Juan de Jesús Matheus, el excelente rezandero, cantor de décimas, maestro de obras y corazón generoso que esperaba junto a mi mamá Josefa a los pordioseros a golpe de las 12 del mediodía, para obsequiarles tremendo almuerzo que agradecían con un “Dios les pague y que Dios les multiplique”.