Por: <a id="site-title" class="preFade fadeIn" href="https://www.ariannamartinezfico.com/" data-animation-role="header-element">Arianna Martínez Fico</a> <div class="header-nav"> <div class="header-nav-wrapper"><nav class="header-nav-list"> <div class="header-nav-item header-nav-item--collection header-nav-item--homepage"> <h2><strong>El mundo móvil que habitamos</strong></h2> Hay algo profundamente nómada en el espíritu de nuestra época. Viajamos más que nunca, trabajamos a distancia, cambiamos de ciudad con relativa facilidad y construimos identidades cada vez menos ancladas a un solo lugar. Podemos ser ciudadanos del mundo con una tarjeta de embarque en la mano. Sin embargo, en medio de tanta movilidad y libertad, algo en nosotros sigue buscando arraigo. Un lugar al cual pertenecer, un espacio emocionalmente habitable, más que solo funcional. Lo experimento en mi propia piel. Vivo en Madrid, una ciudad que me ha recibido generosamente, donde tengo una buena vida: relaciones, trabajo, oportunidades y belleza. En muchos sentidos, mudarme aquí fue un “upgrade”. Profesionalmente, incluso siento que tengo mayor encaje sociocultural en España. Y, aun así, me descubro extrañando otro tipo de hogar. No tanto un país como tal, sino un entramado de vínculos, conversaciones y afectos que construí en Chile y que todavía siento como mi última “casa del alma”. En las mañanas como “palta” y le pongo “merkén” a casi todo, no por nostalgia folclórica, sino como un gesto íntimo de continuidad conmigo misma. Para sentirme venezolana, no necesito comer arepas, eso ya forma parte de quien soy. Pero sí necesito ciertos rituales para seguir sintiendo que pertenezco a algún lugar. <strong>Esta tensión entre libertad y pertenencia, entre nomadismo y hogar, no es solo personal. Es una de las grandes paradojas de nuestra época</strong>: ¿Cómo ser libres para movernos sin convertirnos en huérfanos de lugar?, ¿Cómo ser ciudadanos del mundo sin perder un territorio interior donde arraigarnos? Estas preguntas no las formulo en abstracto, nacen de mi historia y de lo que estoy viviendo hoy. <h2></h2> <h2><strong>La paradoja contemporánea: libertad sin hogar, hogar sin libertad</strong></h2> Nunca habíamos sido tan libres para movernos como hoy. Podemos vivir en un país y trabajar para otro, tener amistades repartidas por continentes, amar en distintas lenguas, construir redes que no dependen de una sola geografía. La tecnología nos permite estar presentes sin estar físicamente ahí. Somos, en cierto sentido, habitantes de un mapa ampliado, poroso y móvil. Esta conquista es real y valiosa. La libertad de elegir dónde vivir, con quién vincularnos y cómo trabajar ha expandido nuestras posibilidades de vida de un modo que generaciones anteriores no tuvieron. La figura del “migrante” ya no es solo la del que huye por necesidad. Es también la del que elige, explora, se reinventa y prueba nuevas formas de habitar el mundo. Y, sin embargo, hay una sombra detrás de esta movilidad. Porque <strong>a medida que ganamos libertad para desplazarnos, empezamos a perder algo menos visible: continuidad.</strong> Continuidad de vínculos, de historias compartidas, de memorias comunes, de rutinas que nos anclan. <strong>La pertenencia</strong> no se construye con visitas breves ni con videollamadas. <strong>Se teje con tiempo compartido, presencia cotidiana</strong> y pequeños rituales que no se pueden virtualizar del todo: caminar por las mismas calles, reconocer rostros en el barrio, sentir que alguien nos conoce más allá de lo profesional o lo superficial. Aquí aparece la gran contradicción de nuestro tiempo: Podemos estar en todas partes… pero pertenecer a ninguna. <strong>Nos volvemos nómadas por elección o por circunstancia, pero seguimos siendo seres que necesitan raíces</strong>. Y esas raíces ya no vienen dadas por la familia extendida, la comunidad local o el trabajo estable como antes. Hoy debemos construirlas conscientemente, y eso es nuevo, exigente y, muchas veces, solitario. <strong>En sociedades hiperconectadas, paradójicamente, crece la sensación de desarraigo.</strong> No porque estemos solos, sino porque estamos dispersos, repartidos entre países, pantallas, husos horarios y círculos que nunca coinciden plenamente. En este contexto cobra fuerza algo que antes estaba implícito: la <strong>familia elegida</strong>. No solo los vínculos de sangre o de origen, sino las relaciones que escogemos, cuidamos y sostenemos más allá de la geografía. Personas que, aunque estén lejos, se convierten en parte de nuestro hogar emocional. <strong>El hogar deja de ser solo un lugar físico</strong>. Empieza a convertirse en una pregunta: <ul> <li>¿Es hogar donde nacimos?</li> <li>¿Es hogar donde vivimos más tiempo?</li> <li>¿Es hogar donde están nuestros afectos?</li> <li>¿Es hogar donde nos reconocen?</li> <li>¿Es hogar donde nos sentimos nosotros mismos?</li> </ul> Para muchos, <strong>el hogar ya no es un punto en el mapa, sino una experiencia emocional</strong>. Una trama de relaciones, recuerdos, sabores, lenguajes y ritmos que nos hacen sentir “en casa”, aunque estemos lejos. Pero esa forma de hogar es frágil. No aparece automáticamente. Hay que cultivarlo, cuidarlo y sostenerlo deliberadamente. Y aquí aparece otra aprehensión profunda. Vivimos en una cultura que celebra la movilidad, la independencia y la autosuficiencia… pero casi no nos enseña cómo construir pertenencia en movimiento. <strong>Nos enseñan a ser libres, pero no a echar raíces móviles</strong>. <strong>Nos enseñan a partir, pero no a habitar.</strong> Por eso, creo que las preguntas centrales en esta conversación son existenciales: ¿Cómo tener arraigo en tiempos nómadas? ¿Cómo ser ciudadanos del mundo sin convertirnos en extranjeros permanentes de nosotros mismos? ¿Cómo cultivar y sostener hogar cuando la vida nos empuja a cambiar de lugar, vínculos y contextos? <strong>La tensión entre libertad y pertenencia, será una de las grandes cuestiones humanas de las próximas décadas. </strong>No solo para migrantes, sino para cualquiera que viva en un mundo donde nada es completamente fijo. En este nuevo contexto, donde ni el lugar, ni la familia ni el trabajo garantizan pertenencia, quizás el movimiento paradigmático sea aceptar que si el hogar tendremos que aprender a <strong>crearlo conscientemente</strong>. <h2></h2> <h2><strong>¿Qué es realmente el hogar?</strong></h2> Si el hogar ya no es evidente ni automático, vale la pena preguntarnos qué es en realidad. Durante mucho tiempo lo dimos por supuesto. Hogar era el lugar donde nacíamos, la casa familiar, el barrio, el país. Un punto estable en la geografía a la que siempre podíamos volver. Hoy esa certeza se ha desdibujado. Para muchos, especialmente para quienes vivimos entre países, el hogar dejó de ser solo territorio. <strong>Es una experiencia definida por vínculos y calidad relacional más que por fronteras</strong>. No se mide en metros cuadrados ni se hereda. Se construye y se cuida. El hogar se manifiesta donde alguien nos reconoce sin condiciones, donde podemos descansar sin tener que explicarnos y nuestra manera de ser no necesita traducción. Es ese lugar, físico o simbólico, donde el cuerpo se relaja porque sabe que pertenece. En ese sentido, <strong>el hogar es más una</strong> <strong>continencia emocional </strong>y menos una propiedad. Un espacio, real o metafórico, que nos sostiene cuando el mundo se mueve demasiado rápido, el cambio nos descoloca o cuando la vida nos deja al borde. A veces ese hogar está en una casa concreta. Un lugar que se vuelve útero contenedor, como lo ha sido para mí el apartamento en el que vivo en Madrid. Otras veces está en una red de personas, en una conversación que se repite, en una amistad que nos conoce desde hace años, en una comunidad que nos llama por nuestro nombre. Pero también podemos vivir en casas hermosas y, aun así, sentirnos sin hogar. No todo refugio es hogar. Y no todo hogar necesita cuatro paredes. La dimensión corporal cobra aún más fuerza. <strong>El cuerpo emerge como primer hogar</strong>. Cuando todo cambia -países, trabajos, vínculos, ciudades- hay algo que siempre nos acompaña: nuestra presencia. Como una tortuga con su caparazón, llevamos con nosotros un hogar portátil. Nuestra respiración, nuestra piel, nuestros rituales cotidianos, nuestros hábitos, nuestra forma de estar en el mundo. El cuerpo no reemplaza el hogar relacional, pero sí es un punto de arraigo interno cuando lo externo es inestable. Vivir en otro lugar es descubrir con más claridad quiénes somos, qué traemos, qué nos define y qué queremos conservar. <strong>El nomadismo no borra identidad, la revela.</strong> <strong>En la diferencia aparece la identidad</strong>. El hogar en tiempos nómadas, se vuelve algo que debemos aprender a crear deliberadamente: a través de rituales, vínculos, cuidado mutuo, continuidad y presencia. No es algo que simplemente “nos pasa” por estar en un lugar; es algo que cultivamos con el tiempo. El desafío de nuestra época no es solo movernos libremente. Es <strong>aprender a habitarnos y habitar, con profundidad, allí donde decidimos quedarnos.</strong> <h2></h2> <h2><strong>La infraestructura invisible del arraigo</strong></h2> Hasta ahora he hablado del hogar como experiencia íntima y relacional, pero hay algo que todavía no hemos mirado de frente: el contexto que facilita -o sabotea- la posibilidad de arraigo. No basta con querer pertenecer. Tampoco basta con “construir hogar conscientemente”. Hay condiciones culturales, sociales y materiales que hacen que hoy el arraigo sea más difícil que nunca. Podríamos decir que habitamos una <strong>sociedad “líquida”,</strong> donde todo fluye con rapidez, pero donde el arraigo exige tiempo y permanencia. <strong>Vivimos en un mundo diseñado para el tránsito, no para la permanencia</strong>. Nuestras ciudades, trabajos y relaciones están organizados para el movimiento continuo: contratos temporales, alquileres cortos, carreras líquidas, vínculos que se activan y desactivan con facilidad, comunidades que aparecen y desaparecen como proyectos. La movilidad dejó de ser solo una posibilidad, se convirtió en norma implícita. No es solo que nosotros nos hayamos vuelto nómadas. <strong>El mundo mismo se ha vuelto nómada.</strong> Esto cambia radicalmente el problema del arraigo. Antes, si alguien se sentía sin hogar, podía decir “no he encontrado mi lugar”. Hoy la pregunta es distinta ¿Qué pasa cuando los lugares mismos ya no sostienen pertenencia? Muchos espacios contemporáneos están pensados para pasar, no para quedarse: barrios gentrificados, alquiler turístico, oficinas híbridas, trabajos remotos sin comunidad estable, relaciones mediadas por pantallas, amistades distribuidas por husos horarios. No es solo que nos movamos demasiado, es que casi nada está hecho para arraigar. El ecosistema actual hace muy difícil que el hogar emerja por sí mismo, quizás esto explica que a veces no es que no hayamos sabido “hacer hogar”. En este contexto, <strong>el arraigo se vuelve</strong> <strong>un acto casi contracultural.</strong> Implica ir contra ciertas lógicas dominantes: <ul> <li>La de la disponibilidad permanente.</li> <li>La del cambio constante como progreso.</li> <li>La de la eficiencia relacional (vínculos ligeros, rápidos, sin costo).</li> <li>La de la idea de que todo puede ser reemplazable.</li> </ul> <strong>Arraigarse</strong> <strong>es</strong> <strong>una forma de habitar el presente, que es diferente a querer volver al pasado.</strong> Quizás el problema no sea solo cómo construimos hogar como individuos, sino <strong>qué tipo de sociedad necesitamos para que el hogar sea posible.</strong> Es un desafío cultural, no solo individual. Si queremos más arraigo, necesitamos: <ul> <li>Ciudades que favorezcan comunidad real, no solo consumo.</li> <li>Trabajos que permitan continuidad de vínculos, no solo movilidad.</li> <li>Ritmos de vida que dejen espacio para relaciones profundas, no solo productividad.</li> <li>Espacios donde la permanencia sea valorada, no sospechosa.</li> </ul> Dicho de otro modo, no basta con que tú quieras hogar. El mundo también tendría que estar dispuesto a sostenerlo. Arraigo en tiempos nómadas no es fijarnos a un lugar; es <strong>cultivar una forma de habitar el mundo donde podamos movernos sin desvanecernos y quedarnos sin perder ligereza.</strong> Quizás, al final, el hogar no dependa tanto de dónde estamos, sino de cómo estamos en el mundo y con quienes lo compartimos. Implica cuidar vínculos, rituales y memorias que nos acompañan más allá de cualquier frontera, y también aprender a hacer de nuestro propio cuerpo un primer territorio de pertenencia. Quizá la tarea central de nuestro tiempo sea <strong>aprender a integrar libertad y pertenencia sin desdibujarnos, en lugar de oponerlas como si fueran excluyentes</strong>. Si el hogar ya no viene dado por el lugar ni por la familia ni por el trabajo, y si el contexto contemporáneo dificulta el arraigo… entonces tenemos que preguntarnos <strong>¿Qué prácticas personales y colectivas pueden crear arraigo en un mundo móvil sin caer en nostalgia ni inmovilidad?</strong> <blockquote> <p style="text-align: right;"><em>“El hogar no es donde naciste, sino donde ya no necesitas explicarte”</em> <strong>Naguib Mahfouz</strong></p> </blockquote> </div> </nav></div> </div> <hr /> ¡Mantente informado! Síguenos en <strong><a href="https://whatsapp.com/channel/0029ValJTvdDp2QFubro3T3M" target="_blank" rel="noopener">WhatsApp</a>, <a href="https://t.me/diariodelosandes" target="_blank" rel="noopener">Telegram,</a></strong><strong> <a href="https://www.instagram.com/losandesdigital/" target="_blank" rel="noopener">Instagram</a>, <a href="https://www.tiktok.com/@diariodelosandes" target="_blank" rel="noopener">TikTok</a>, <a href="https://www.facebook.com/Diariodlosandes" target="_blank" rel="noopener">Facebook</a> o <a href="https://x.com/diariodlosandes" target="_blank" rel="noopener">X</a> </strong> <a href="https://www.instagram.com/losandesdigital" target="_blank" rel="noopener"><img class="aligncenter size-full wp-image-286496" src="https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM.png" sizes="(max-width: 2012px) 100vw, 2012px" srcset="https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM.png 2012w, https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM-300x39.png 300w, https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM-640x84.png 640w, https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM-768x100.png 768w, https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM-1536x201.png 1536w, https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM-750x98.png 750w, https://diariodelosandes.com/wp-content/uploads/2024/10/INSTAGRAM-1140x149.png 1140w" alt="" width="2012" height="263" data-pin-no-hover="true" /></a> <div class="jnews_inline_related_post_wrapper left"> <div class="jnews_inline_related_post"> <div class="jeg_postblock_21 jeg_postblock jeg_module_hook jeg_pagination_nextprev jeg_col_2o3 jnews_module_335982_1_697d5374eb598 " data-unique="jnews_module_335982_1_697d5374eb598"> <div class="jeg_block_heading jeg_block_heading_3 jeg_subcat_right"></div> </div> </div> </div>