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AQUELLA QUE LLENABA DE COLORES INSÓLITOS LAS CALLES DE VALERA | Por: Raúl Díaz Castañeda  

por Raúl Díaz Castañeda
08/03/2026
Reading Time: 4 mins read
Alicia Añez

Alicia Añez

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Raúl Díaz Castañeda

 

Valera, ciudad que a veces me parece mágica, ha lucido en todas sus épocas mujeres que, por su inteligencia, su fervor social, su cultura o su belleza se convirtieron en páginas imprescindibles de su libro de vida.

Saco de esa lectura existencial a la más nombrada, la que dio el primer paso, doña Mercedes Díaz, porque al margen de la donación de las repetidísimas cien varas en cuadro para que allí se levantara la que es hoy nuestra impensable catedral, porque de ella, tal vez una rústica muy católica posadera en la meseta donde hoy, bañada por tres ríos, sigue creciendo la urbe, nada más quedó.

En otras ocasiones, a veces con imprecisiones creo que perdonables porque no soy historiador, he escrito de otras que guardo en el álbum de mi enamoramiento por esta ciudad con la me casé al llegar a ella en setiembre de 1958. Doña Ana Hernández Bello de Tejera, mano derecha del gran hacedor monseñor José Humberto Contreras, madre de un poeta que tiene busto en el Parque de los Ilustres. La visionaria educadora doña Carmen Sánchez de Jelambi, y de su hija, Alicia Jelambi, ateneísta lúcida y luchadora, política honesta y comerciante de emprendimientos exitosos que se vuelve personaje en la muy buena novela «Nunca más Lili Marleen», del escritor trujillano, escuqueño, David Alizo. Las educadoras vocacionales María Chiquinquirá Dupuy de Enriquez, las hermanas Matheus Roth, María Álvarez de Lugo, Josefina «Pepita» Espinoza del Gallego, María Dolores Manucci, Esther Rosario Maggi, María del Rosario Abreu, que trazaron caminos donde quedaron huellas imborrables de gente de bien. La legendaria profesora del liceo Rafael Rangel, Carmen Josefina Pérez, a quien sus numerosos alumnos llamaban la Gata. Doña Albertina de Malavé Coll, cuya callada generosidad alivió muchas necesidades. Doña Consuelo Unda de Muchacho, ejemplo de verticalidad social. Esther Montero de Bing, Gladys Cañizalez de Rubio, Yolanda Briceño de Raggioli, Paquita Pérez de Dubuc y Camila Serpellini de Contessi, que fueron contrafuertes del doctor Rafael Isidro Briceño en la creación de esa inmensa institución de la salud pública regional, la Sociedad Anticancerosa y su Clínica de Pesquisa del Cáncer. La muy caritativa doña Eyilde Hernández de Brandy. La bailarina Gladys Mota. La erudita políglota Natalia Rossi de Tariffi. Y desde luego, con perdón de quienes se me escapan en mi ya temblorosa memoria, Aura Salas Pisani, la Palas Atenea, y la poetisa Ana Enriqueta Terán.

He nombrado, pues, a un grupo de valeranas, que asumieron su ciudadanía no como una circunstancia inevitable, un estar más para existir que para ser, sino como un compromiso trascendente, de amor de prójimo. Pero me reservo para este final, a una mujer totalmente distinta, absolutamente fantástica, que pasó por nuestras calles con una alegría inquebrantable, amiga inconsciente de todos, maquillada hasta la exageración y policromada como un arlequín, sin darse cuenta de su teatralidad, llevando siempre entre sus brazos envejecidos una imagen de Nuestra Señora del Rosario, la Virgen de Durí, de la que el escritor trujillano, de Chejendé, Emigdio Cañizalez Guédez, médico especializado en medicina del trabajo, dejó una semblanza muy bonita, dejando a un lado su formación marxista.

 

imagen generada con IA

Esa mujer se llamaba Alicia Añez.

Había nacido en Jajó, dentro de una familia conservadora, respetable. Quienes en aquella época la conocieron la refieren como una niña muy bella que se desarrolló en una adolescente esplendorosa, de muy acentuadas inclinaciones religiosas. Y cuando todos esperaban para ella noviazgo y matrimonio, se divorció de la realidad tradicional de su entorno para entrar en un extraño misticismo alegre, comunitario, amigable, poblado de irrealidades, aferrada a la imagen de la Virgen de Durí, que llevaba a todos los lugares donde iba. Y tomó por ocupación el preparar niños para la primera comunión. Eso me contaron.

Cuando la familia se instaló en Valera, amorosamente se la trajo. La dejaron ser. Entonces ella aquí fue haciendo amigos, que la aceptaron como era, respetándole sus visiones y celebrando sus gracias. Era muy pulcra. Cantaba. Le gustaba vestir con una exagerada elegancia de creatividad propia, como si estuviera lista para ir a una fiesta. Sus amigas la peinaban, maquillaban y adornaban con prendas de fantasía y trajes de mucho color, chales, bufandas, pañoletas. Fue la que conocí.

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Un día estaba yo conversando con don Francisco «Mama Yeya» Urdaneta en el cafetín del Centro Clínico cuando llegó ella con su Virgen. Me gustaba conversar con don Francisco, siempre de sombrero y corbata, de más de 90 años, marabino valeranizado, quien había sido uno de los más importantes constructores de casas y edificios en la ciudad y excelente maquetista. Alicia se sentó a nuestra mesa. Le ofrecimos un café. Entonces don Francisco le dijo:

–Ay, Alicia, tú fuiste la muchacha más bonita en la Valera de mi juventud, cómo me hubiera gustado ser tu novio…

Alicia sonrió con picardía y le respondió:

–Todavía hay tiempo!

De verdad que a veces en Valera ocurren cosas que parecen mágicas.

 

El cronista con Alicia

 

 

 


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Tags: Alicia AñezDía de la MujerSentido de HistoriaValera
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