Por: Carolina Jaimes Branger
Me he quedado reflexionando acerca de la infamia a raíz de un artículo de mi amiga Soledad Morillo Belloso donde defiende a Pedro Vallenilla Sosa. Y lo primero que pensé es que no hace falta un ejército para destruir a una persona. Basta un susurro. Una frase maliciosa dicha en el tono correcto, en el oído adecuado, en el momento preciso. Así comienzan las infamias: no con estruendo, sino con ese silencio cómplice que precede al veneno.
La reputación —ese capital invisible que tarda años en construirse— puede desmoronarse en cuestión de horas. No porque haya cambiado la verdad, sino porque alguien decidió torcerla. Porque alguien entendió que, en tiempos de inmediatez, superficialidad y sobre todo, carencia de valores, la mentira viaja más rápido que cualquier desmentido, y deja cicatrices más profundas que cualquier evidencia.
El mecanismo es casi siempre el mismo. Primero, la insinuación. Nunca la acusación frontal, que exige pruebas. No: la insinuación es más eficaz, más elegante en su perversión. “Dicen que…”, “se comenta que…”, “yo no lo afirmo, pero…”. Es la coartada perfecta para quien quiere destruir sin asumir responsabilidad. Luego viene la amplificación: redes sociales, grupos de mensajería, conversaciones de pasillo. Cada repetición le da a la mentira una pátina de verdad. Porque, al final, no importa si es cierto; importa cuántas veces se ha escuchado.
Y así, poco a poco, el personaje público —o el ciudadano común— queda atrapado en una narrativa que no controla. Se le exige defenderse de lo que no ha hecho, probar lo que no ha ocurrido, desmontar una ficción que otros han tejido con precisión quirúrgica. Es una inversión perversa de la carga de la prueba: el acusado debe demostrar su inocencia ante un tribunal que ya lo ha condenado en la plaza pública.
Pero lo más inquietante no es la existencia de los difamadores. Siempre los ha habido. Lo verdaderamente alarmante es la facilidad con la que la sociedad se convierte en cómplice. Porque la infamia no prospera en el vacío: necesita oídos dispuestos, mentes perezosas, corazones inclinados al morbo. Necesita esa curiosidad malsana que se disfraza de interés, ese placer secreto de ver caer a otro.
Y cuando finalmente aparece la verdad —si es que aparece—, ya es tarde. La rectificación nunca tiene la misma fuerza que la acusación inicial. La mancha permanece. La duda se instala. “Algo habrá hecho”, se dice, como si la sospecha fuese suficiente para justificar el daño. Como si la reputación fuese un lujo prescindible.
Destruir una reputación con infamias no es solo un acto de cobardía; es un ejercicio de poder. El poder de quien sabe que no necesita pruebas, solo audiencia. El poder de quien entiende que, en un mundo saturado de información, la mentira bien colocada tiene más impacto que la verdad más sólida.
Frente a esto, la defensa más difícil no es jurídica, sino ética. Exige carácter para no sumarse al coro, disciplina para verificar antes de repetir, valentía para dudar incluso de lo que parece evidente. Exige, en definitiva, una responsabilidad individual que hoy parece en peligro de extinción.
Porque cada vez que repetimos una infamia sin cuestionarla, nos convertimos en cómplices de una demolición moral. Y quizás algún día, cuando el susurro cambie de dirección, entenderemos —demasiado tarde— que nadie está a salvo en una sociedad que ha hecho de la mentira un espectáculo.
La reputación no se destruye sola. Siempre hay manos que empujan. Y, casi siempre, hay multitudes que aplauden.
@cjaimesb
