El renacimiento global de la comida local trae alegría a los fogones y es una buena señal que apunta a la salud, la identidad, la diversidad y el desarrollo humano integral sostenible, también favorece en fortalecimiento de la economía humana, al consumo de productos de cercanías, a la calidad del capital social de la familia y la comunidad.
Es importante recordar aquí el primoroso ensayo del Dr. Mario Briceño Iragorry “La Alegría de la Tierra”, publicado por primera vez en 1952 y en el cual enaltece la agricultura tradicional venezolana y los exquisitos sabores del café, el cacao, los cambures y los plátanos, las papas y sus variedades, el maíz, el trigo de los páramos andinos, las frutas tropicales, la caña de azúcar y la panela, la yuca con el cazabe y la naiboa, las aves del corral y los aliños de las huertas, y sobre todo el trabajo de los agricultores, los artesanos y los que transformaban esos productos en deliciosos manjares.
En aquellos tiempos no abundaban como hoy los ultra procesados, las gaseosas y toda la basura que se produce hoy con el nombre de alimentos, pero apuntó con certeza hacia donde nos llevaba una economía orientada por la codicia y no por la satisfacción de las necesidades humanas. Estos productos manufacturados son hipersabrosos, de atractiva presentación, costosa publicidad, listos o casi listos para consumir, duraderos y causan adición pero son pobres en nutrientes y ricos en riesgos para la salud.
Hace días de manera gratamente sorpresiva, dos funcionarios de uno de los países que más producen comida chatarra, los Estados Unidos, el secretario de salud, Robert F. Kennedy Jr. junto a la secretaria de agricultura, Brooke Rollins, informaron de una nueva Guía Alimentaria 2025-2030 en la cual asestan un duro golpe a los alimentos ultra procesados y a las bebidas azucaradas, y recomiendan el consumo de productos naturales y frescos como frutas y hortalizas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas, proteínas de calidad como pescado, lácteos, huevos, carnes blancas y algo de carnes rojas.
Insisten en la comida de verdad que sacie el hambre y alimente, lo que puede combinar perfectamente con que sea sabrosa y atractiva, sin tantos aditivos químicos que llaman “saborizadores”. Una comida “casera” y característica de cada lugar, con su cultura, su clima, su paisaje y por consiguiente sus ingredientes, sus aliños y sus recetas. Una comida con sabor a hogar y a lugar que alimente y satisfaga, no solo el estómago, también el gusto, el olfato, la vista, el tacto y el oído, con el placer de la cocina, sonido de los trastos, el trajín del trabajo realizado con cariño, con orgullo y por placer. Esa alegría que dan lo fogones en sus fiestas gastronómicas cotidianas.
La cocina es en muchas partes el lugar central de la casa, donde de cocina y se conversa, se comparten los bocados y los gestos de cariño. De hecho, la moderna arquitectura recrea esta realidad al hacer más cómodos y atractivos los diseños de estos espacios, sus muebles y equipamiento, para facilitar no solo la faena culinaria, sino como espacio de encuentro de la familia y los amigos.
Está claro que este giro tiene que ver con el regreso a una vida más sosegada, que tenga como objetivo vivir y no sólo sobrevivir en la atropellada y veloz modernidad, donde el consumo y la codicia es la medida del éxito.
Bienvenidas las novedosas tendencias a la tradición que comienzan por el buen comer para el bien vivir.
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