Adriano González León, el gran lengua venezolano | Por: Raúl Díaz Castañeda

 

A catorce años de su muerte el 12 de febrero de 2008, Adriano González León sigue siendo una figura viva en la memoria de quienes en el estado Trujillo fueron sus amigos, contertulios culturales o lectores de su prolífica creación literaria, y en Venezuela una referencia ineludible y fundamental del moviendo renovador de la narrativa en la segunda mitad del siglo veinte, a partir del Grupo Sardio y su revista del mismo nombre.

En el primer número de aquella iluminada revista bimestral (mayo-junio 1958) leemos:

«Vivimos en medio de prejuicios y cofradías. Nos falta meditación, trascendencia. Nuestra escala de valores está regida por la timidez y la complacencia. Pero la cultura es más que el juego deleitoso de gente que se rinde mutua pleitesía. Ella es expresión de la historia, espejo de los júbilos y de las tribulaciones del hombre. El reino inquebrantable de la verdad.»

Al escribir esa severa admonición en el Testimonio de apertura de la revista, tenía Adriano 27 años, pero con el sello editorial del Grupo, de inocultable tendencia a la izquierda del pensamiento, en plena dictadura perezjimenista, en febrero de 1957 había publicado su primer libro de cuentos, Las hogueras más altas, con dibujos de Miguel Quintana Castillo, también con un fresco ímpetu renovador.

Una fácil deducción nos lleva a la certeza que aquellos cuentos, que drásticamente rompían con el cansado costumbrismo criollista, los escribió entre 1955 y 196, quizás alguno antes, con una precocidad creativa excepcional que se asomó mucho antes, en su adolescencia, con las estupendas urticantes crónicas que escribía en el semanario Brecha, órgano divulgativo de los estudiantes del liceo Rafael Rangel, entonces dirigido por el muy conocido poeta guayanés Héctor Guillermo Villalobos, uno de los promotores de la refundación del Ateneo de Valera. Incluso, en el liceo tenía Adriano ganado prestigio de ingenioso conversador y de ser dueño de un vibrante discurso; fue la época de su primer artículo en el diario El Nacional, de Caracas, Valera iluminada. Cuenta don Luis González que en 1947, para la coronación de la reina del liceo Cristóbal Mendoza, de Trujillo, invitaron a Adriano a decir el discurso del acto, que improvisó con tan fogoso fluir juvenil «que –concluyó don Luis– salimos de allí con unas inmensas ganas de comernos el mundo».

Quiere esto decir que a pesar del cepo con que la dictadura (todas las dictaduras) sujetaba el progreso cultural e ideológico, el grupo encabezado por Adriano lo burlaba con inteligencia y audacia, no sin riesgo de cárcel o muerte.

La inteligencia y el talento nacen con cada persona, pero su despertar y crecimiento necesitan de estímulo y constante información. En el caso de Adriano pienso que pudieron ser estimulantes las lecciones del padre Ignacio Burk en el colegio de los salesianos donde estudió la primaria o la relación más emotiva con el poeta Villalobos. Pero en alguna ocasión le oí decir que en la lectura de grandes autores (Kafka, Rilke, Mann, Hesse, Sartre, Proust, el Eduardo Mallea de Bahía de silencio, y el obligado Nikolai Ostrovski de Así se forjó el acero, y, desde luego, Marx) lo introdujo Martini Patay, un vendedor marxista de libros que por varios años visitó a Valera con sus bagatelas, como irónicamente hubiese dicho Azorín.

Bajo el frondoso ramaje de su talento con el que techó la literatura venezolana de la segunda mitad del siglo veinte, que dije al principio, desparramado a manos llenas en todas las formas de la escritura (artículos y entrevistas periodísticos, en las aulas universitarias, en la televisión, en las conversas casuales, en sus libros de prosa y poesía) Adriano selló una generación que le reconoció como maestro, maestría que ejerció con sencillez y coherencia, pero sin concesiones a la mediocridad, «en el reino inquebrantable de la verdad». De ese reino virtual de largo camino se apartaron compañeros de viaje que vendieron al totalitarismo ignominioso, por un plato de lentejas de oro, los abjurados activos revolucionarios de su juventud. ¿Sus nombres? Están escritos en polvo de la intemperie de la historia.

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