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En Este País | Por: Orlando Rosales

por Redacción Web
08/11/2026
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Por Orlando Rosales

      La leí una, dos veces. La revisé pensando en el Alma Llanera donde hay tanto de lo nuestro por su excelsa letra y evocaciones: “Nacer en ésta ribera del Arauca vibrador. Ser hermano de la espuma. De las Garzas. De las rosas…”

Y del Sol.

Me gustó porque me trajo el olor de aquélla Venezuela perdida y guardada  en la Memoria de la Historia: La Venezuela de los silencios entre las plantaciones del cacao, los sembradíos del café y los tablones de la Caña. Entre el silencio de la Vega.

Y hasta se me pareció tanto a Las Memorias de Mamá Blanca contadas por Teresa de la Parra. Y sus torreones en los incansables e interminables trapiches y sus lagunas de tantos caminares y encantos.

“En Este País”…Nada que oliera a petróleo. A Gas o a Coltán o a todas esas extrañas Tierras Raras salpicando y llenando de humo y apetencias el Poder. El Oro Negro continuaba dormido silentemente en el obscuro subsuelo de esta Tierra de Gracia.

En ese suelo pisado, una y miles de veces, por los cascos de incesantes y briosos caballos en guerras fratricidas inconmensurables y extendidas en el horizonte y la lejanía.

Venezuela ardía por los cuatro costados, dirían los campesinos de ayer.

Aunque Don Bernardo exclamaría: Casi estoy  seguro de que ese obscuro y particularísimo aceite mineral estaría burbujeando en el Boquerón. Allì en Sabana Libre.

Tan cerquita por donde se huele el café del Monte Carmelo.

Supongo que Luis Manuel Urbaneja Achelpohl narró ese criollista trabajo (“En Este País”) para que nunca olvidáramos a esa Venezuela que fue tejiendo su identidad, su gentilicio, entre los nexos coloniales, las guerras intestinas de nunca acabar  y aquél inmenso silencio de un país típicamente rural. Tropical y verde. Hecho de caminos de recuas y muladares. Devastados por olvidos y duermevelas.

Y ese aire lleno de paludismo y enfermedades endémicas donde todavía cientos y miles de iletrados (habitando casas de palmas y bajareques melancólicamente entrecruzados. Con claroscuros porque la luciérnaga de una vela resistía la ventisca de afuera) continuaban acordándose del Taita Páez, otro héroe màs de la efímera independencia.

Tantas veces recordada. Añorada. En un aire infestado de guerras largas e inolvidables. Del Topocho. La yuca y el papelón.

“En Este País” de 1920 cuando el Benemérito abarcaba a toda Venezuela entre sus grandulonas manos de déspota padre. “La casa se conservaba la misma desde los tiempos coloniales. En el soportal colgaba la campana y el badajo sostenía la última cuerda con que el amo se hizo oír de sus mandingas. Maciza y resistente, sus gruesos muros, los sobrecargados techos, los salientes y tendidos aleros, rodeàbanla de una atmósfera arcaica y secular. Cómoda y espaciosa en sus adentros, amplias ventanas se abrían en sus dormitorios, donde la luz llegaba siempre suave, sin claridades violentas. En la cocina, bajo la anchurosa campana, podía conservarse el tasajo de toda una res. Era un rústico tazón, que por las noches plateaba la silente luna y el sol doraba con el día. Ni mohos ni colgajos de telarañas afeaban sus rincones. Por sus puertas y ventanas, como que se escapaba y diluía en la serenidad del ambiente, una onda de paz e íntimo sosiego” (1:24).

“En Este País”. Lleno de Mandingas. Mi país. Tu país como lo continúa cantando y vociferando nuestra María Teresa Chacín. El país de la recua para andar. Y el país donde los Mantuanos no dejan de seguir en las sombras de sus manumisos.

¿Cuánto podríamos evocar? La venida de La Colonia. Sus calles de piedras. Sus Ermitas calladas. Nuestra Venezuela Autóctona. La criolla. La que siempre dice: La Arepa se nos ha universalizado. Y el café y el cacao, siguen siendo nuestros.

Y pasado mañana, sembraremos el petróleo.

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Todo el escrito es el retrato, el daguerrotipo biográfico de la Venezuela finalizando el siglo XIX y comienzos del XX cuando el Cabito estuvo pensando que con la pantomima de la Revolución Liberal Restauradora podían crearse: Nuevos Hombres. Nuevos Procedimientos. Y Nuevos Ideales.

Simplemente pamplinas.

 

  El país no se compuso

Lo que màs evoca los olores de aquélla Venezuela perdida en la memoria de muchos, pero restaurada en Las Memorias de Papel de la historia: Son sus silencios. Apagados. Revueltos entre las cenizas dispersas de las topias del fogón olvidado (porque “por sus puertas y ventanas, como que se escapaba y diluía en la serenidad del ambiente, una onda de paz e íntimo sosiego”).

Apenas susurros rasgando las velas de aquéllas noches a obscuras porque la luciérnaga de una vela resistía el viento de afuera: De  donde están y habitan los negros y los pobres y los iletrados los ranchos encalados, con bajareques y trémulas palmas. Embrujos de palabras.

Y en una calle empedrada y antigua, deambula una sombra.

“En Este País…hasta el Barrosa jeringa…Y en el barbecho, las arañas extendían sus telares y  la luz suave era un extenso campo trémulo de alfojar” (2: 14-15).

Se llamaba Paulo Guarimba. Y estaba dispuesto a hacerse General (tal como lo hizo. Tal como tomó el Poder en esa eterna lucha entre los Revolucionarios y el Gobierno) por el amor campestre (ya añejado por los tantísimos olores entre pailas de trapiches. Matas de café. Las verdes vainas del Cacao. Y la infaltable Caña de Azúcar) de la Señorita Josefina Macapo.

Es Luis Manuel Urbaneja situando la historia del relato en Guarimba. Lugar geográfico ubicado en el Valle del Ávila. Por cuyas brumas fue capaz La Josefina de percibir los olores, los sabores, los desencuentros, los balbuceos y el impecable amor de su Paulo Guarimba hecho ya  General para mandar. “Guarimba: fue siempre lugar sagrado…en la aldehuela de Los Dos Caminos, aldehuela que en el encuentro de dos carreteras, desparrama sus techumbres rojas y levanta su gloriosa Ermita…” (3: 23 y 32).

No es por supuesto La Caracas de siempre. La capital ya empezando a convertirse en bohemia. Pero muy cerca de allì: Por donde se encontraban enormes tapias encerrando molinos y los ahumados torreones de Trapiches. ¿Cómo era posible, preguntándose a regañadientes, Doña Carmen Perules de Macapo, su hija Josefina, “rosa tempranica del jardín caraqueño”, enamorada de Paulo Guarimba un pobre cogedor de cabañuelas?

En Este País… de las pulperías, el papelón y las boticas. De morocotas enterradas. El eterno país donde cualquier asunto puede acontecer. Inverosímil. Utópico. En Este País…desmembrado. Saqueado por guerras protagonistas del Poder.

El país de las morocotas y de las lochas. De las noches alumbradas con velas de sebo; luciérnagas humanas. De las recuas de bestias transportando corotos y pasajeros, pero también el país de las Calesas haciendo sonar, con finura, caminos empedrados.

 

       El país del ayer en la Memoria

Todo los acontecimientos, los vaivenes del relato, moviéndose mucho màs allà de la bohemia de Caracas, “la amada de los poetas. La deseada de los guerreros”, en la Venezuela profunda del campesino y el iletrado desesperanzado. De Las Montoneras yendo y viniendo…En Este País; dice Luis Manuel Urbaneja Achelpohl anda enamorada La Josefina de Paulo Guarimba. En la aldehuela de Los Dos Caminos separada, apenas, de Caracas por la imponencia fría, húmeda, brumosa y majestuosa del Ávila.

 

   En Este País. Mi país. Tu país

¿Què podía verle Josefina, la niña rica de Caracas, la ilustre hija de Los Macapos y Los Perules a un Paulo Guarimba que lo que sabía hacer es revolución  y ordeñar ganado y arrear bueyes para mover la tierra salpicadas por  acequias y ordenar los tablones de la caña para la molienda?

Pero allì se encuentran todas las miradas: Encima de ellos. En los desenfrenos tardíos y amorosos de la niña Josefina: La consentida de Don Modesto Macapo y Doña Carmen Perules de Macapo.

Lo otro son las lejanías.  Las guerras interminables. El olor de los olvidos. La lucha del bien contra el mal. De la memoria y los olvidos. Las oquedades rurales del campesino extendidas por toda la vasta geografía de un país intentando despertar de un sueño grandilocuente de modorra, sobresaltos e intrigas históricas.

En Este País…ningún detalle se pierde en la exquisitez de ese daguerrotipo biográfico del momento: Un país fotografiado; de aquél país de antaño y perdido donde el silencio extensivo de la ruralidad se iba lentamente convirtiendo en modorra “A lo largo de los rojizos caminos se alejaban las carretas y los pesados carros tirados por panzudos y somnolientos bueyes, aquellos y estos enramados de verde sauce y bajo toldos de chillones colores, alejàbanse dejando tras sí, entre el chirriar de sus goznes, el sonoro pespunteo de los Cuatro, el chunguear de las Maracas, rumor de risas…cada cual había metido la tranca a su puerta e ìdose a la cama para despertar con la aurora…La Ermita allà en la Plazoleta…En el rancho del acequiòn…Monótono, uniforme, goteaba en un rincón el tinajero…” (3:82, 96, 104, 125, 152).

En Este País. Mi país. Tu país.

 

 

Tags: Sentido de Historia

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