DLA - Agencia | 12/06/2017 | 8:50 am
La necesidad no pierde marcha en San Cristóbal
Por Rosalinda Hernández.-

Sin importar el sexo o la edad son decenas los tachirenses que aprovechan la coyuntura política y social que se vive para salir a las convocatorias de calle y rebuscarse la vida vendiendo lo que sea para sobrevivir

A la par de los manifestantes, marchan la necesidad y el hambre en San Cristóbal. Mientras unos muestran carteles y gritan consignas; otros aprovechan para vender lo que pueden y conseguir el dinero necesario para suplir sus carencias, particularmente, la de alimentarse.

El equipo reporteril del Semanario Los Andes reconoció en las decenas de convocatorias hechas por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) en Táchira, los rostros de unos cuantos tachirenses que salen a marchar para contrarrestar el hambre y la necesidad que viven en el seno de sus hogares.

Ver la inocencia y dulzura de la pequeña María José, mientras sonreía, saludaba y correteaba alrededor de la cava de helados de su papá, llamó la atención del equipo periodístico del Semanario Los Andes, quién se acercó a conocer su realidad.

La niñita de apenas 5 años acompaña a su padre Wilmer Ramírez, mientras él vende a 300 bolívares helados (chupi-chupi) en todas las concentraciones opositoras al Gobierno nacional.

Viven en el sector Cuesta de Trapiche del municipio San Cristóbal.

La mamá de María José falleció hace algunos años y ahora es Wilmer quien se encarga no solo de la manutención; sino también del cuidado de la pequeña junto a la abuela que le colabora.

Comenta que no es mucho lo que gana vendiendo helados pero sí le da para “medio mantenernos porque es más que un sueldo básico que ahorita no alcanza para nada, ni para una medicina”.

María José está sometida a un tratamiento extenso porque padece una enfermedad renal que hace que el calcio se pierda a través de la orina, explica su papá.

Tienen que distribuir muy bien sus ingresos porque de allí sale el dinero para las medicinas, alimentación y vestuario de la niña, la abuela y él.

“Me rebusco mucho, un día vendo chupetas y caramelos; otro día los vikingos, o lo que salga. Yo pido que se acabe el bochinche que hay y pongan fuentes de trabajo como es debido y el país salga adelante, porque si el país no mejora nosotros nos quedamos estancados”.

El hombre de 34 años envió un claro mensaje a la dirigencia política nacional y al presidente Nicolás Maduro: “Cónchale, tengan un poco de consciencia con el pueblo venezolano. Controlen la escasez, el acaparamiento, el bachaqueo y la inflación que nos está comiendo. Yo le pido que sea noble con el pueblo porque fue el pueblo quien lo puso ahí”.

Wilmer cree que un cambio en las medidas económicas puede lograr cosas positivas en Venezuela y conseguir que todo marche mejor porque hasta hoy “la situación está muy difícil”.

Comparó a Venezuela con otros países de Suramérica en los que afirma que la gente vive mejor que aquí.

“Tenemos el ejemplo de Perú, Chile, Argentina y hasta en la hermana patria Colombia, porque allá la situación económica es mejor que la que hay aquí”.

No quiero ser ni policía, ni guardia nacional

María del Carmen tiene 15 años y sale a cada marcha a vender tortas. El trozo sale en 2.000 bolívares; precio que tímidamente justifica por el alto costo de los ingredientes y lo difícil que resulta conseguirlos en los mercados regulares.

Bajo el sol o la lluvia, la adolescente cursante del tercer año de bachillerato camina en cada una de las convocatorias programadas por la MUD, ofreciendo con una simpática sonrisa el producto.

Comprar los útiles personales y cubrir los gastos de su educación es el destino de los ingresos que llegan al bolsillo de María del Carmen.

“Cuando sea grande quiero tener un mejor trabajo para ayudar a mi mamá. Quiero seguir estudiando para ir a la universidad pero no quiero ser ni policía, ni guardia nacional, tal vez ser profesora para ayudar a los niños que necesitan apoyo”.

La joven tiene su residencia en Zorca-Providencia y viene de una familia de ocho hermanos, en donde todos salen a vender galletas y caramelos para tratar de ganarse la vida.

No quiero ser como mi hermano

Yonaith Urbina, tiene 14 años y lleva ya dos años de trabajo en la calle. Carga sobre los hombros una pequeña cava de anime en la que lleva a marchar decenas de bollos de mazorca preparados por la abuela. Vende a 400 bolívares la unidad.

Comparte trabajo y estudios cada día. En las mañanas va al liceo y al llegar a casa, suelta los libros para agarrar la mercancía que le genera según sus declaraciones, un ingreso para ayudar en casa.

Yonaith tiene dos hermanos mayores que están en situación de calle y hace tiempo que no los ve.

“Ellos viven pidiendo plata en las calles. Mi abuela los corrió hace tiempo de la casa porque ellos son viciosos con las drogas. Ellos tienen 20 y 18 años, y también vivían con la abuela. Mi papá se murió y mi mamá trabaja limpiando en casas. Ahora solo somos mi abuela, mi mamá, mi hermana de 11 años y yo”.

Las aspiraciones del adolescente son poder continuar estudiando y trabajando para ayudar a su familia.

“No quiero ser como mis hermanos que andan por ahí sin hacer nada y viviendo en la calle. Yo salgo a jugar también pero no hago lo mismo que ellos, hago caso a lo que me dice la abuela”.

Nueve hijos y un esposo a cuestas

Violeta Ruiz es una mujer de mediana edad, la delgadez de su cuerpo y la tostada piel producto de extensas exposiciones al sol la hacen ver mucho mayor a la edad biológica, que es 48 años.

Deambula kilómetros tras kilómetros en cada marcha de la oposición en San Cristóbal, acompañada de dos de sus nueve hijos. Violeta vende torta de ahuyama a 1.500 bolívares la porción.

Su cara denota nobleza y la necesidad de ser ayudada como ella misma dice: “Si me compra la torta puedo darle de comer a mis hijos”.

El más pequeño de ellos siempre la acompaña y se lanza a abrazar con ternura en cada encuentro a las periodistas que ya identifica. La inocencia lo arropa a sus escasos siete años.

La vendedora se queja porque no ha recibido ninguna ayuda por parte del Gobierno, “no tengo casa, ni una beca para mis hijos, ni nada… solamente la gente es la que me ha ayudado comprándome tortas, con ese apoyo he ido sacando a mis hijos adelante”.

Violeta a pesar de vivir con su esposo, él está impedido por sufrir de tuberculosis, según el relato de la mujer, y no tienen un trabajo para ayudar a la familia.

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