DLA Columnas | 27/08/2015 | 2:00 am
Pena ajena

Por: Francisco González Cruz

Pena ajena es lo que sentimos la gran mayoría de los venezolanos cuando vemos la forma como el gobierno nacional está tratando a las familias colombianas asentadas en nuestra frontera. Pena ajena da ver familias cruzando el río Táchira llevando acuestas los corotos de la casa recientemente abandonada a la fuerza. Pena ajena porque los venezolanos no somos así ni nunca habíamos tratado a nadie de esa manera, menos a nuestros vecinos.

La extensa frontera con Colombia y su intenso dinamismo en diversos puntos concretos representan una problemática compleja, de larga data, de múltiples orígenes, que no se puede abordar de una forma unilateral y violenta que tiene muchas consecuencias y causa daños directos y colaterales, tanto a las personas concretas que viven a ambos lados del río Táchira, como a las relaciones entre  dos países hermanos, que no tienen otro destino que ser buenos vecinos.

Nadie duda que es necesario poner orden allí. Que ese orden conviene a ambos países y a las familias que comparten ese territorio de lado y lado. También a los diversos factores económicos que generan una intensa actividad, crean numerosos puestos de trabajo y producen bienes y ofrecen servicios. Que la sana integración conviene a la mayoría. Pero en un sistema y un territorio de enorme complejidad y de múltiples intereses se requieren soluciones muy bien pensadas, articuladas, consensuadas y  ejecutadas con sabiduría y paciencia.

Esto que están viviendo las comunidades fronterizas del Táchira y del Norte de Santander, que amenaza extenderse a las de la Goajira, Apure y otras zonas, no se justifica de ninguna manera. Hay formas civilizadas de resolver los problemas y los conflictos. Pero esta adoptada ahora nos causa dolor y pena. 

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