DLA Columnas | 30/11/-0001 | 12:00 am
Un liceo para mi hijo

Por: Raúl Márquez

El 27 de febrero es un barrio de Naranjales, un sector populoso de la parroquia Alberto Adriani del municipio Fernández Feo. La mayor parte de sus calles se encuentran sin asfaltar; además, presenta otras fallas en lo que a servicios públicos se refiere. Pero una situación que llama, poderosamente, la atención es que cuenta con un liceo cuyas aulas son ranchitos construidos con tablillas y hojas de zinc. Cuando llueve, los jóvenes y docentes no pueden evitar mojarse. Y cuando hace sol, igualmente, son presa de las inclemencias del tiempo.

La señora Josefa me explica que su hijo pasó para tercer año, pero que aunque ella ha insistido en que estudie en otra institución, él desea continuar su bachillerato allí. “Él es un estudiante muy aplicado; y no lo digo porque sea mi hijo”, dice, y es la primera vez que sonríe desde que iniciamos la conversación.

Ella tiene unos ojos grandes y más bien oscuros, que a pesar de los signos de las cataratas, la hacen ver atractiva, iluminándose, aún más, cuando se refiere a su hijo. Habla de Miguel, de lo difícil que le ha resultado criarlo, de que cuando se gradúe de bachiller quiere estudiar Ingeniería en la UNET. “Su papá nos abandonó cuando él tenía dos años. Se fue para Caracas. Allá lo mataron por meterse con gente mala… Usted sabe…”

Me contó acerca de las vicisitudes que ha enfrentado. Tal vez lo hizo para desahogarse, luego me habló del liceo. Me explicó que en una oportunidad llegaron recursos y que se comenzaron a construir dos R3, pero que como suele pasar, la obra quedó inconclusa, y por ello levantaron los ranchos donde reciben las clases.

“Es difícil seguir apoyando un gobierno que promete y no cumple”, subrayó, tajante, mientras unas jovencitas comenzaron a limpiar un patio que funge de cancha deportiva. Le pregunté si habían hecho diligencias con el Consejo Comunal, que si las autoridades del municipio tenían conocimiento de lo que allí pasaba. “Todo el mundo en el municipio conoce esta situación. Los políticos dicen que nos van a ayudar, pero ya ve, si más bien hace unos meses la constructora se terminó de llevar los materiales. Y hemos pensado en acudir a la gobernación, pero muchos dicen que no, porque no quieren que los vean como traidores… Para mí no sería una traición, más bien debemos ejercer el poder comunal, como el mismo presidente lo dice a cada rato… Yo solo quiero un liceo digno para mi hijo, lo demás me vale nada”.

Al rato me despedí de la señora Josefa. Su mano diciendo adiós parecía dibujar horizontes en el aire, inscrita en unas construcciones tristes y humildes, donde a pesar de todo, estoy seguro de que algunos jóvenes buscan labrarse un futuro mejor.

Ojalá las autoridades cumplan con su deber y dejen de seguir tratando a esta gente como simples cifras en sus estadísticas, a la hora de buscar votos para seguir en el poder. Ojalá, el próximo año, todos puedan contar con las aulas que tanto merecen. Ojalá.

 

            

   

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