DLA Columnas | 8/06/2015 | 2:00 am
Eugenio Montejo: del alfabeto a la música

Por: Aníbal Rodríguez Silva.

El 5 de junio pasado se cumplieron 7 años de la ausencia de uno de nuestros más importantes poetas del siglo XX venezolano. Nació en la Caracas de la primera mitad del siglo XX, en octubre de 1938. Eugenio Montejo se definía como un miembro del signo libra: el gusto por la armonía va a marcar su vida: “Y tal condición de librano quizás me haga propenso a suscitar la armonía”. Así fue: siempre en búsqueda de la armonía perdida, de la nota musical en un mundo más bien sordo y ensordecedor. Un trazador de puentes, diría yo. Alguien quien en su palabra y acción siempre intentó poner en contacto dos orillas.

Unir puentes distantes, de allí su gusto por los barcos, los aviones y los aeropuertos, las ciudades lejanas y la soñada nieve que enceguece tanto como la luz del trópico y la harina del pan que comemos cada día. Y es precisamente en el libro Algunas Palabras de 1976 donde encontramos este poema: “Algunas de nuestras palabras/son fuertes, francas, amarillas/otras redondas, lisas, de madera/ Detrás de todas queda el Atlántico”. Sin duda expone una concepción de la cultura. Algunos elementos que nos constituyen como nación, como tradición nos llegaron desde lejos, desde la otra orilla del Atlántico. Efectivamente, la cultura venezolana y con ello la latinoamericana está conformada por las palabras que nos llegaron en barcos, como las especias de nuestra cocina y los árboles que transformaron el paisaje del trópico. Nuevas especies de árboles se arraigaron tan fuertemente en nuestros paisajes que parecen autóctonos. El plátano y el café dialogan con el samán y el araguaney en la memoria de las pupilas de los antepasados. Por lo  que pareciera que siempre estuvieron  allí,  conviviendo en un mismo trópico absoluto.

El poeta se trazó la posibilidad de hacer de sus poemas un canto. Lograr la armonía de la nota musical. Por eso, su figura arquetípica fue la de Orfeo, el de la lira, el que eternamente estará cantándole a la amada Eurídice. El que con su lira narcotizó a Caronte para que con su barca lo llevara a atravesar la otra orilla. La orilla que separa la vida de la muerte. Esa es la labor del poeta, atravesar orillas, cruzar puentes con su canto.

Montejo perteneció a una tradición de poetas venezolanos enamorados del paisaje. Pero en el autor de Trópico absoluto (1982) el paisaje no constituye un simple referente que está frente a nuestros ojos. El paisaje es un elemento que cimenta la cultura. El paisaje se ha incorporado a nuestras palabras, se ha hecho mundo: “es un grito en el fondo de nuestra sangre”. Y ese mundo de palabras, es decir, la cultura debe expresarse en música. Ya finalizando el siglo XX, como despidiéndolo; el poeta publica Partitura de la cigarra (1999) en donde la búsqueda de la memoria se encuentra en el canto de la cigarra, en la lectura que el poeta hace de esa partitura convertida en mundo. La poesía de Eugenio Montejo es un antídoto contra la barbarie que en los últimos decenios han querido destruir nuestro mundo. Leerla, nuestra obligación.

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