DLA Columnas | 11/05/2017 | 4:34 pm
Presuntuosos

Por: Juan(cho) José Barreto González

 

Mientras el profesor Orlando nos va mostrando su propuesta inicial de lectura del “Pequeño tratado de la presunción” (1956), nosotros vamos tomando nota y pensando silenciosamente alrededor del “querer llegar sin saber llegar”. Este breve texto, escrito por Mario Briceño Iragorry nos alerta sobre uno de los males que nos lleva como pueblo a anticiparnos a la hora, “ha sido la tragedia cotidiana, menuda y persistente que ha vivido nuestra nación a todo lo largo de su dolorosa y accidentada historia. La vía del asalto y de la carrera para llegar más presto a sitios que reclamaban una idoneidad responsable”. El remedio, la medicina social sería hacernos “un examen sincero de nosotros mismos por medio de una introspección que desnude nuestras vidas”. La reflexión como método de lo interior para respondernos en silencio la pregunta singular ¿Quién soy? como paso previo para responder la pregunta del ¿Quiénes somos? dialógico y colectivo. Con este texto descubrimos otra arista desencarnada de la realidad nacional, somos un “Pueblo de presuntuosos, hemos buscado el fácil camino de tomar por anticipado los sitios que reclaman la sistemática de un esfuerzo lento y mejor orientado”. Entonces, brota la frase, “por el camino se arreglan las cargas” y comienzan a dominarnos por nuestra propia ignorancia como exclamaba el soñador mayor. Queremos presumir y tomamos por anticipado, jactándonos de poder hacerlo. Queremos llegar sin llegar: “El versificador que presume de poeta y el religioso que se cree santo están ya usurpando posiciones que no les corresponden, y, en consecuencia, cometiendo una actio injusta”.

Perdimos la memoria, fragmentos incapacitados para la reunión, para la reflexión, para el diálogo. No estoy refiriéndome a las élites capaces de convertirnos en tablero social y jugar con nosotros, conejillos de indias en el enorme laboratorio de la dominación que vamos de “La crisis de pueblo” a la gramática de las multitudes enredadas en finos e invisibles hilos de poder que nos hacen asistir y participar en una escuela para odiarse. Queremos hacer una revolución sin ejemplos, es decir, sin revolucionarios. Queremos pensarnos sin pensamiento, sin el estudio suficiente para comprendernos y para comprendernos sin prejuicios. Queremos amor sin amarnos o paz sin construirla. Queremos constituyente sin pueblo constituyente: “La anticipación que caracteriza a la obra presuntuosa, condena a ésta, fatalmente, a quedar en la zona de lo inacabado y pasajero. Sin energía para arraigar, sin densidad para lograr una ubicación de permanencia, las aparentes conquistas carecen de continuidad y método que les dé fuerza para convertirse en tradición capaz de impulsar en una línea lógica y duradera la marcha del progreso social”. De allí que “Rompamos con valor la inveterada costumbre de fingir recursos de que carecemos”. En Alegría de la Tierra (1952) ya  nos alertaba: “Y suele suceder que cuando nos disponemos a cruzar ideas, si es que las cruzamos, terminemos peleando, en razón de nuestra carencia de tolerancia y comprensión”.

 

 

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