DLA Columnas | 5/05/2017 | 5:04 pm
Pedagogía de la esperanza

Por: Antonio Pérez Esclarín

  

El genuino educador debe ser un sembrador de esperanza y para ello debe tener el corazón lleno de ilusión y de pasión. No se deja amilanar por los problemas y dificultades, sino que acude cada día con verdadero entusiasmo a asumir la tarea apasionante de ayudar a formar hombres y mujeres comprometidos en construir un nuevo país y una nueva humanidad.

Educar no puede ser meramente un medio de ganarse la vida, sino que tiene que ser un medio para defender la vida, para dar vida, para provocar ganas de vivir con autenticidad y con libertad. Por ello, es imposible educar sin esperanza y nadie puede ser educador sin vocación de servicio. El verdadero maestro asume la aventura inacabable, apasionante y, con frecuencia, dolorosa, de permanecer fiel a la tarea de implantar una sociedad justa y tolerante.

Tan negativo es el discurso fatalista, inmovilizador, que renuncia a los sueños y niega la vocación histórica de los seres humanos, como el discurso meramente voluntarista, que confunde el cambio con el anuncio y la proclama del cambio, sin considerar si las prácticas son coherentes con los discursos y las buenas  intenciones. De ahí que la vida debe testimoniar las proclamas. No es posible un mundo fraternal, con prácticas discriminatorias; no es posible imponer autoritariamente la libertad; no es posible lograr la paz con violencia, ni recoger justicia y equidad con prácticas excluyentes o represivas. . 

Aceptar el sueño de una Venezuela mejor y adherirse a él, es aceptar participar en el proceso de su creación. Perder la capacidad de soñar y de sorprenderse es perder el derecho a actuar como ciudadanos, como autores y actores de los cambios necesarios en el ámbito político, económico, social y cultural. Por eso, los educadores defendemos con tesón y con pasión el valor de la esperanza, que se arraiga en la fe en el hombre y en la mujer como sujetos de la historia y trabajamos  por un país y un mundo en el que, como lo decía Paulo Freire, la paz se asiente sobre la justicia, un mundo en el que nadie -ni individuos, ni pueblos, ni culturas, ni civilizaciones-  domine  a nadie, nadie robe a nadie, nadie discrimine a nadie, sin ser castigado legalmente. Un mundo profundamente democrático que garantice los derechos de todos y celebre la diversidad como riqueza. Un mundo en el que el poder y la política  se asienten sobre la ética, pues su tarea es garantizar las libertades, los derechos y los deberes, la justicia y la equidad”.

La esperanza impide la angustia y el desaliento, pone alas a la voluntad, se orienta hacia la luz  y hacia la vida. Sin esperanza, languidece el entusiasmo, se apagan las ganas de vivir y de luchar.

Los educadores que apostamos por una persona, un futuro, un país y un mundo mejor, no podemos educar sin esperanza. Pero debe ser una esperanza activa y comprometida. Esperanza que es trabajo y lucha. El desencanto, como el miedo, es falta de fe. Debemos pasar del desencanto al reencanto, del pesimismo al entusiasmo.  ¡Otro mundo es posible! ¡Otra Venezuela es posible! ¡Otra educación es posible! Anatole France decía que “Nunca se da tanto como cuando se da esperanza”, y no hay peor ladrón que el que roba la esperanza.

 

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