DLA Columnas | 27/04/2017 | 4:27 pm
Justo libro de lo justo

Por: Juan(cho) José Barreto González // inyoinyo@gmail.com

Asmático, delira en sus sueños. Vienen por Simón Bolívar y los ideales que no hemos sabido sostener con el ejemplo. Vienen a llevarse su cadáver. El líder sacudía la pasión de la muchedumbre, millones comenzaron a seguirle en todas partes. Un fenómeno, una era de nuevos bríos se abría para el pueblo de Venezuela. Como ráfaga llega una consigna de los ochenta, “Bolívar el único candidato”.

La artista talla en cera a la Diosa Icaque, a un momoy simpático y al infaltable José Gregorio Hernández, esas luces del imaginario popular, especie de guía en el soliloquio de la noche para comprender cierta simbología combinada.

El líder se ha vuelto volcán incandescente pero viste de humano. Algunos enanos comienzan a jalarle ambas mangas de la inmensa camisa y él va perdiendo su concentración. Se distrae lo suficiente y comienza a vociferar esas cosas ya sabidas y conocidas. Mientras más acusaba a los enanos, más crecían de tamaño y fuerzas. Los enanos de todos lados hacían de las suyas. Crecían de tamaño pero, a diferencia de las tallas de la artista no producían luces.

La falta de aire comienza a desesperar. La visión se acorta. La táctica se va convirtiendo en estrategia, hay que ganar tiempo. Los buenos de esa comarca comienzan a darle sombrerazos a los enanos sobradamente crecidos, estaban por todos lados, se habían adueñado de la mayoría de los espacios. El ejército tiene la moral por el suelo y los de la iglesia andan en otro negocio. La universidad prepara su manifiesto de la sexta república con la mayor doble moral nunca vista en sus cimientos.

Los que se pueden preguntar se preguntan cómo hemos llegado hasta aquí. Todos los ideales sacrificados por la pragmática de odios. En ese escenario de la rebatiña, donde la táctica se volvió estrategia, se escucha todo tipo de ruidos. Inventaron una máquina demoledora de la esperanza.

La artista se ríe con todo su sencillo esplendor. Su belleza no permite el odio de las máquinas. Desde el silencio de su risa ama a su manera y las mangas de su camisa son las montañas y los maizales. Aprendió tallando la vida, creciendo y volando. Sus caídas la enseñaron a levantarse sin mancillar al semejante. Su enorme sabiduría borra fronteras de creencias y vanidades. No tiene prejuicios y sabe reconocer la altura espiritual de las personas.

Al despertar recordé la recomendación de tener una biblioteca de cuatrocientos libros. Hay muchos tipos de libros, orales, escritos, visuales, etc. Pero también pensé en el libro de la vida y del silencio, en el libro meditado del trabajo y la creación, en el justo libro de lo justo.

 

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