DLA Columnas | 4/03/2017 | 1:00 am
Libres pensadores (Parte III)

Por: Héctor Díaz

En la primera parte entregamos las estructuras históricas y en la segunda parte el proceso evolutivo hasta nuestros días y es allí donde queremos concentrar el mayor esfuerzo para observar detenidamente el punto de quiebre de los modelos actuales en el país, no fueron los errores de los partidos políticos, simplemente, que todos estaban metidos en la unidad de cuidados intensivos y descuidaron un tratamiento llamado formación. En 1993 se aglutina un gran movimiento llamado Convergencia en el país cuyo máximo líder fue Rafael Caldera, quien entendió la nueva realidad política del mundo y permitió extender una gran alianza donde habían marxistas puros (PCV) socialdemócratas (descontentos adecos), socialcristianos (descontentos de Copei) socialistas democráticos (MAS-MEP), la derecha y la izquierda, por primera vez entendían la necesidad histórica de unirse para generar un proyecto de país en todas las áreas, pero había un elemento en contra, la edad de líder ya no daba para más biológicamente hablando.

La asunción del poder de Rafael Caldera desconfiguró todo el cuadro político del país, y es a partir de allí, donde empezamos a transitar el limbo. Razones de ese viacrucis político hasta nuestros días: Los partidos cayeron en desbandada ya que ninguno aceptó la evolución del pensamiento político, la crisis interna se agudizó frente a la estructura del caudillo (caso de AD con Alfaro Ucero, Copei había quedado huérfano de padre y la izquierda se movía en los derrumbes); no habían posibilidades de salir de aquel atolladero a la vuelta de la esquina, pero nadie generaba un nuevo pensamiento atractivo para las masas que permitiera visualizar un nuevo diseño de país.

En 1998 aparecen dos propuestas sobre el escenario, una de tipo político, la constituyente y otra de tipo doctrinario, el pensamiento bolivariano. La primera atrajo a millones de simpatizantes ya que representaba, frente al quiebre político-partidista la salida de un nuevo país, mientras que la segunda representaba un cliché electorero, demagógico y se transformaba en un gancho para que el sector militar saliera del closet en sus ansías de tomar el poder nuevamente. La constituyente representaba un nuevo modelo político-económico para el país, pero la figura del militarismo lo contaminó totalmente degenerando su propuesta y se convirtió en una imagen y semejanza del militar caudillo de Sabaneta; lo que hoy tenemos en el poder es el residuo del viejo bipartidismo en alianza de la vieja cultura perezjimenista de los cuarteles, es decir, la unión del anhelo leninista con las fuerzas armadas y es la síntesis del pisar fondo de aquello que se llamaba la cuarta república licuada con los uniformados para proteger un híbrido de sistema cuyo pensamiento la historia se ha encargado de irlos enterrando lentamente.

En base a lo que obtuvimos desde 1958 hasta 1998 y la segunda parte 1998-2017 es que los ciudadanos debemos organizar un nuevo modelo político donde el germen de la llamada figura militante no exista y surja el libre pensador como expresión democrática de las consultas, donde el acta de matrimonio con la vieja figura del partido desaparezca y le dé entrada a la carta de convivencia para generar un pensamiento libre, sin ataduras y donde el único elemento de compromiso es el desarrollo y el fortalecimiento de la calidad de vida de todos los ciudadanos desde la parroquia hasta ese mundo complejo llamado nación.

El llamado proceso de legitimación de los partidos políticos es una camisa de fuerza impuesta por el propio CNE ya que te amarra como militante de un aparato político, esto tiene una explicación muy sencilla ya que el organismo electoral quedó  atrapado en el pasado y es un simple instrumento de legitimidad y cercena la opinión, no es la expresión democrática de sus ciudadanos, es quien organiza las parcelas para seguir dividiéndonos cada día más con los viejos esquemas del pasado.

(Continúa) 

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