DLA Columnas | 28/02/2017 | 1:00 am
Dogma de pueblo y opción política

Por: Camilo Perdomo

<Si no le gustan mis principios, tengo otros.>

Groucho Marx

Nunca he podido ser hombre de algún partido político o religión y me ha sido difícil convivir con dogmas y medias verdades, aunque curiosamente las identifico con facilidad pues son las claves del activista útil a toda organización. Los dogmas y el dogmatismo andan siempre guiando el discurso que cada burócrata pone a circular con fines de dominio y control. Todos mis problemas para entender la sociedad donde vivo se iniciaron cuando asumí sin reflexión esa necedad de que en la tierra uno tiene un destino y una obligación política de participar en algo. Un dogma es una verdad que no requiere ningún argumento demostrativo, usted lo acepta o lo deja, pero una vez asumido es difícil abandonarlo. Cierto que más allá de Venezuela también hay gente que vive de dogmas y medias verdades, el asunto capital es comprender los motivos e interpretar sus fines. De tal manera que me parece necio usar la razón en la política cuando de lo que se trata en tiempos de postmodernidad es de construir discursos para que por medio del dogma de turno la gente sea seducida y luche por los fines del mismo. Dogma es la lotería, es el juego, es la suerte, es invocar a dioses y demonios, mitos y leyendas con el fin de ejercer el control de la gente. No hay cielo ni infierno, no hay felicidad ni cambios reales, sólo hay espejismos donde la gente intenta pasar su vida; tan así que J. L. Borges siempre vivió en su mundo metafísico estando ciego la mitad de su vida. En el caso del momento político venezolano lo que se vive es el despertar de los mitos, de esperanzas sepultadas, de rencores alimentados por años de promesas, de la leyenda negra donde el imperio español nos debe algo. Afortunadamente P. Neruda identificó la mejor herencia de esa invasión: la lengua española. La gente que nada tiene piensa que este es su momento de legitimar la anomia, el <sálvese quien pueda> y la razón no puede explicar sus conductas, es la emoción lo que priva como conducta política. Ello en sí mismo no es dañino, es más dañina la apatía y el desgano para combatir ese mal. Una fiesta de gritos y banderas, de himnos y símbolos ha sido en muchas partes el detonante para una nueva sociedad, aquí es la convocatoria para la limosna y la compra-venta de lealtades y votos. Diversas fuerzas entraron en acción y ya no podemos ignorar la lucha por los nuevos símbolos. Aquel librito de Daniel Bell: El fin de la ideología, que en el último capítulo dice: <La ideología que fue un camino para la acción devino hoy un impase> explica buena parte de lo que hoy vivimos. Sin embargo, las ideologías no están muertas, sólo están de parranda. También la iglesia católica aprendió a crecer y mantenerse de las emociones de la gente. ¿O no es eso lo que se ve en las borracheras con la fiesta de San Benito? De tal manera que si la borrachera del voto deviene borrachera de ideas, entonces el proceso político venezolano posiblemente cambie su dirección para una sociedad más tolerante y democrática. Sin esas dos cualidades usted no puede invitarme a conversar sobre la sociedad venezolana y la política y salir ileso de mi crítica. Ello porque aún observo cierto culto ciego al gendarme con su arma en la cintura siendo adulado por políticos inescrupulosos como si esta pesadilla que nos invadió no hubiese nacido de la tragedia militarista luego de la muerte del dictador J. V. Gómez. Que en las redes del intercambio entre miseria y oportunismo político siempre asome un militar venezolano no es casualidad de lo antiético de nuestra política. Saque sus conclusiones.

camise@cantv.net

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