DLA Columnas | 26/02/2017 | 1:00 am
No es fácil

Por: Eduardo Fernández

Vale la pena ser cristiano, pero no es fácil. La mayoría abrumadora de los venezolanos nos declaramos cristianos. No siempre actuamos como tales. Si todos los que nos decimos cristianos actuáramos conforme a lo que dicen los evangelios, el país estaría viviendo mucho mejor y todos nos sentiríamos más felices.

Estos comentarios los hago a propósito de lo que dice el evangelio del domingo pasado: “Jesús dijo a sus discípulos: ustedes han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente, pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide dale, y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda.

”Han oído ustedes que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tus enemigos; yo, en cambio les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? Y si saludan tan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt. 5,38-48).

A estas alturas supongo que mis amables lectores entenderán cuando digo que vale la pena ser cristianos, pero que no es fácil. El Maestro nos pide, nada menos y nada más, que seamos perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto.

Pero estarán de acuerdo conmigo también en que si practicáramos el mandamiento del amor, Venezuela sería un país en el que prevalecería la justicia, la fraternidad y la verdad.

Desde hace muchos años se ha impuesto en Venezuela la cultura del odio, de la lucha de clases, de la fractura de la unidad nacional, de la violencia, de la confrontación y de la muerte.

El cambio más importante que tenemos que lograr los que soñamos con una nueva Venezuela es el de sustituir la cultura del odio por la cultura del amor. Sustituir la cultura de la muerte por la cultura de la vida. La cultura de la confrontación por la cultura de la unidad nacional, del entendimiento y de la búsqueda de los consensos fundamentales que hagan posible que resplandezcan la verdad, la justicia, la fraternidad y la paz.

Seguiremos conversando.

@EFernandezVE

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