DLA Columnas | 17/02/2017 | 4:02 pm
Provocar las ganas de aprender

Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com)

De muy poco van a servir los cambios curriculares y los esfuerzos de dotación de textos y computadoras,  si no cambiamos la cultura escolar   y comenzamos a entender que el papel del educador  no consiste en enseñar, sino fundamentalmente en provocar las ganas de aprender de sus estudiantes.  Esto va a exigir un cambio fundamental en los procesos de formación, tanto inicial como permanente, de los educadores. Se trata, nada más y nada menos,  de  pasar  del aprendizaje de la cultura a la cultura del aprendizaje. En educación, necesitamos  menos imposiciones y más construcción de deseos. Menos rituales, formatos  y rutinas  y más sentimiento, más pasión, más sentido común.  Si es evidente, como nos lo señalara Freinet hace ya muchos años, que no podemos obligar a comer al que no tiene hambre,  no podemos enseñar si no despertamos el hambre  de aprender.

 

Albert Camus,  filósofo y premio nóbel de literatura, nos recuerda  en su novela póstuma “El primer hombre”  la monotonía y el aburrimiento  en  su liceo, donde la mayor parte de los profesores  pretendían obligarles a comer un alimento  insípido y desabrido que habían preparado para ellos sin despertarles  el hambre.  Pero Camus recuerda que había un maestro especial, Monsieur Germain, “que provocaba en nosotros el hambre de aprender”. Y esto era posible porque ese maestro provocador del hambre, era un verdadero hambriento de  nuevos aprendizajes y descubrimientos. Cada clase era una  aventura y cada descubrimiento, en vez de saciar su hambre, se la alimentaba. Sus clases resultaban  apasionantes porque Mr. Germain era un apasionado de la educación. Los alumnos disfrutaban y aprendían en ellas, porque el Sr. Germain  disfrutaba enseñando.

 

Escuelas, liceos,  universidades ¿despiertan el hambre de aprender? Los facilitadores de tantos talleres y los ponentes  en  encuentros y congresos pedagógicos ¿son personas hambrientas de nuevos conocimientos y son capaces de provocar en los participantes su propia hambre, o son meros expositores sin alma y sin pasión?  

Hoy, son cada vez más  las personas que, conscientes de que la educación se ha extendido mucho pero es una educación muy pobre,  hablan de la necesidad de una “educación  de calidad”, con lo que vienen a reconocer que la educación está muy lejos de responder a sus objetivos  esenciales. Si bien son muchas las formas de entender la calidad, para mí la educación es de calidad   si forma personas  y ciudadanos de  calidad.  Educación que despierta el gusto por aprender  a lo largo de toda  la vida,  que fomenta la creatividad, la crítica, la  libertad y el amor. Educación que capacita para  vivir y  convivir, para  defender la vida, de modo  que todos podamos vivir con dignidad. Educación que prepara a las personas y comunidades  ya no   para acomodarse a los cambios, sino para orientarlos a favor de un proyecto de construcción de otro mundo posible en el que prevalezca la justicia, la inclusión, la democracia, el respeto a la diversidad y la paz. Educación orientada  no meramente a formar los profesionales que el mercado necesita  sino  los seres humanos que requiere  una  sociedad libre y profundamente democrática. Armados de una ciencia profundamente humanista y de una conciencia social  que les permita transformar   creativamente su comunidad y su país.

 

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