DLA Columnas | 12/01/2017 | 7:06 pm
Rasgos de un discurso soñado

Por: Juan(cho) José Barreto González

Lo que uno escribe no es un mero sistema de signos. Uno le pone vida a lo que escribe y el lector decide, define su interpretación. Hay escritos personales, interiores, oscuros. Otros dialogan en la estela de lo colectivo humano. También combinaciones. Vamos mirando con las palabras el paisaje de lo humano en su red social y su conflicto. Es una escritura habitada donde esos seres de la existencia reales e imaginarios nos enseñan a vivir. Incluso, nos obligan a vivir.

Ella mira la luz de la mañana, trata de definirse entre sus líneas. Casi transparente respira. Niña y maga primitiva resuelve su inocencia en el lienzo de la vida. No ha conocido la culpa, por lo tanto su libertad es íntima. Los colores son vivos, sencillos. Cada trazo es un rasgo discreto de sus futuros secretos.

Él, en cambio, atraviesa la plaza lleno de collares y desencantos. Su boina negra contiene aquellas noches de insomnio donde la vida quedaba resuelta entre frases y canciones entrecruzadas. Su respiración es brusca y corta las palabras que pronuncia rápidamente. Su discurso es múltiple, pedazos de historias donde una gota en el techo resuelve el conflicto familiar. La luna y los abogados lo atormentan.

Más allá, después de la tercera calle, cruzando la tristeza, usted repite las palabras sin mover los labios, extendiendo los brazos como si danzara con ellos. La semilla de maíz brota de sus manos grandes mientras los pájaros observan su sombrero. En sus bolsillos lleva migajas de pan para la cena de ayer. Son los únicos recuerdos para alimentarse.

Al lado izquierdo del lienzo aparece una mujer apasionada. De edad imprecisa, ha aprendido con la combinación de la verdad con la belleza. De su viaje al campo trajo suficiente onoto para convertir sus mejillas en tierra del fuego. Conserva la sabiduría de las estrellas y está emparentada con los hijos del sol. En el sueño anterior se escuchaba hablando lenguas extrañas y musicales. No hablaba de ella misma. Sus palabras estaban destinadas a querer a los otros.

En la latitud de vidrio, fuera del cuadrante del corazón, hacía mucho ruido un hombre. Sus palabras son un martillo que golpea los escaparates rotos. Dentro de ellos no había sino estillas de derechos carcomidos por la cobardía. Ella, él, más allá y al lado izquierdo observan como escupe palabras envueltas en botellas gruesas y pesadas como esas botellas para el agua pero en vez de agua tienen algo gelatinoso con cargas de penas infinitas.

Es una escritura habitada donde esos seres de la existencia reales e imaginarios nos enseñan a vivir. Incluso, nos obligan a vivir. Al conocerlos, decidimos vivir. Mientras tanto, la maestra Perpetua limpia mi cara con su saliva angelical. Para poner cuidado en lo que dice, abro los oídos como las montañas sus árboles a la blanca neblina.

 

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