DLA Columnas | 12/01/2017 | 1:00 am
Recordando a Adriano

Por: Francisco González Cruz

“Los trujillanos somos difíciles”. “Trujillo tiene demasiadas complicaciones políticas, religiosas y administrativas”. “Bueno…entre las chamizas y el musgo, entre necesidades y una pobreza que no podemos calcular, está Trujillo”. “De todos modos es importante mencionar la solidaridad y el combate: Esta comarca del say, y del díctamo que ayuda a prolongar la vida, tiene en su himno regional dos palabras: la gloria y el honor”. Son frases de Adriano González León escritas en el libro “Así son los Andes” de la Editora Soledad Mendoza y en el cual compartimos páginas.

-“Dale esta ramita a Adriano, que está allí en la barra”, le decía yo al mesonero. Adriano la recibía, la miraba, soltaba una lágrima de nostalgia y exclamaba: “Díctamo real”. Y me sumaba al grupo de la “República del Este” en el “Triángulo de las Bermudas” que era un grupo de bares cercanos de la Avenida Solano en Sabana Grande. Allí el Presidente era Caupolicán Ovalles pero quien reinada -en medio de intelectuales de alto calibre- era Adriano, gracias a su rico anecdotario que en su verbo tenía la saudade del “estos recuerdos que aparecen de repente”.

Adriano era un gran escritor y mejor conversador. Ni en la palabra escrita ni en la palabra hablada era prolífico, pero cuando lo hacía era excelente. Cuando platicaba era ocurrente, grato, certero y llenaba el ambiente de anécdotas, muchas de ellas relacionadas con su tierra trujillana. Tanto que alguna vez el Ministerio de la Cultura lo contrató para que recorriera el país conversando con la gente. En su programa Contratema en el canal 5 se sostuvo quince años hablando de literatura.

También era un hombre de tribu, en su acepción de grupos de personas que tienen una cultura distintiva, poco amigo de los convencionalismos. Adriano era de sus estudiantes y -sobre todo- de sus amigos, donde tenían lugar especial sus paisanos trujillanos. Pues a Trujillo y a sus lugares Adriano González León los llevaba en el alma, por ello eran temas de sus libros y de sus conversaciones.

Murió al pie de la barra de una tasca, una de las poquísimas veces que andaba solo. Me tocó la llamada del mesonero que recogió el teléfono y llamó al primer teléfono que se le ocurrió. Le indiqué que buscara el de Miguel Enrique Otero, quien atendió la llamada y se ocupó de todo.

En la Plaza de los Ilustres de Valera faltan muchas estatuas, una de ellas es la de Adriano.

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