DLA Columnas | 10/01/2017 | 1:00 am
Cambiar de piel

Por: Camilo Perdomo

<Las diferencias entre el revoltoso, el rebelde y el revolucionario son muy marcadas. El primero es un espíritu insatisfecho e intrigante, que siembra la confusión; el segundo  es aquel que se levanta contra la autoridad, el desobediente o indócil; el revolucionario es el que procura el cambio violento de las instituciones.> Octavio Paz. Corriente alterna. P. 148.

Con el título del Tópico trato de ser coherente con el ritual del año nuevo donde se proyecta la imagen de que todo será diferente. Para el caso de Venezuela tal proyección es cuando menos opaca para no decir oscura. Si algo nos enseña esta crisis de largo aliento que tenemos es habernos mostrado toda la ironía de que éramos el mejor de los mundos, toda la fanfarronería que tratábamos de ocultar ya es conocida mundialmente y hasta protestas en el mundo contra esa forma de ser de quienes emigran ha sido rechazada. Esto nos invita a revisarnos culturalmente, a averiguar si es la escuela y la deteriorada familia el lugar desde donde se produce tal anomalía cultural o es la escuela mediática del <Mis Venezuela con el filósofo O. Souza> donde hay que hurgar un poco sobre los valores transmitidos. Valores universales como dignidad, libertad, ciudadanía, democracia y respeto entraron en estos últimos años en declive vergonzoso, muestra de esto es nuestra práctica diaria para convivir con depredadores cultivados y cultivados quiere decir que cultivan la no ciudadanía. No es un asunto de fe o pérdida de esperanza como algunos sin pensar mucho afirman, es algo más serio: no tenemos una identidad fuerte para sobrevivir en un mundo de normas y principios, de allí la vergonzosa situación de algunos venezolanos que se lanzan desesperados ante estos depredadores y luego son víctimas seguras en otros países cuando piensan que la viveza criolla les va a permitir hacer en esos lugares lo que aquí es común. Una de las explicaciones que dan investigaciones sobre la racionalidad cultural es que el proceso de deterioro de esta democracia y de la convivencia se localiza en la idea de lo político, la política y los políticos cuando en ellos no hubo preocupación más allá del voto y cómo logarlo: mintiendo, engañando, intercambiando votos por miseria, diciéndole al hombre común de la plebe que si era pobre era por culpa de otros, de Dios o del demonio, desengáñese, ninguno de ellos tiene que ver con su situación. No se le enseñó a leer la realidad donde para comer hay que trabajar, para vivir hay que cuidar la salud y donde para levantar una familia hay que pensar antes si hay recursos para ello; es decir pensando lo que los animales no pueden hacer por su naturaleza. Haber nacido, como nos enseñó J. L. Borges ya es un inconveniente, por ello es necesario saber que en ello hay riesgos, hay necesidad de tomar precauciones y esas dos palabritas entre nosotros carecen de sentido, vivimos en lo obvio, en la emoción disparada, en el <más adelante acomodamos la carga>. Por eso esos depredadores políticos que usted y yo sabemos dónde están, qué hacen para vivir, cómo se comportan en la sociedad y cuáles experticias muestran en sus datos de vida, nos agradan, nos convocan, nos llenan de eso tan vacío denominada la esperanza. El asunto es que cuando se leen las condiciones para sobrevivir en la Postmodernidad, no hay expertos en fe, esperanza o <quién quita>. ¡No! El mercado de la innovación y la estrategia de negocios tienen sus propias reglas y una de ellas es respetar normativas, adaptarse a principios de convivencia social, ser tolerantes. La temática la vengo estudiando hace tiempo y por ello he afirmado, con datos y reflexiones, que los valores no se enseñan; se transmiten. ¿Cuánto de eso tenemos los venezolanos? ¿Hay una representación social evidente de esos términos entre nosotros? Pienso que no. Saque usted sus conclusiones.

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