DLA Columnas | 6/01/2017 | 9:42 am
Buscar lo soñado

Por: Juan(cho) José Barreto González

Qué fácil le ha resultado al ser humano castrar los sueños, volverlos polvo. Me llega la imagen de los ríos secos donde los árboles se han puesto la ropa para morirse. Nadie pasa vivo por ahí, todos se han ido. Un sueño castrado queda deshabitado. Da vuelta la imagen. Qué difícil ha resultado al ser humano soñar la utopía. Soñar la utopía es para mí la capacidad de buscar lo soñado, de insistir en esa posibilidad. Es una relación en disputa entre quienes castramos y quienes soñamos. No tiene como base la economía o el poder. Aparece la sensibilidad como la capacidad de comprender el nivel de realización o materialización de los sueños. Un ser insensible no puede realizarlos, puede soñar pero al intentar unir los sueños a la vida común, compartida, le son arrebatados por su propia incapacidad de saltar a ese nivel donde habita la posibilidad de cambiar el sistema de poder y sus lenguajes.

El ser sensible mira al mundo, lo asume como suyo y trata de cambiar. El maestro Isidoro insiste en el cara a cara como la mejor relación. Los seres cercanos y sensibles habitándose, alimentando su saber desde la conciencia de lo que es el otro. Allí somos responsables, comunicantes. El “todos somos responsables” no existe en las relaciones triviales e insensibles. Al participar con el otro en su construcción y la del “yo mismo” somos definidores de los lenguajes. La palabra es el centro, su ritmo es cercano, compartido. Ese otro cercano y yo, cara a cara, somos responsables y sabemos de tal responsabilidad. Compartir con el otro y saberlo parte de mí es ser responsable de lo que es en mí. Esta relación en su más alto nivel de sensibilidad equivale al amor. Una relación amorosa no coloca al otro por encima tampoco en un nivel inferior. Es una relación de iguales, en tanto que lo que pasa con uno pasa con el otro. Estamos frente a una relación comunicada donde somos “mucho más que dos”, nos abrimos desde la sensibilidad al mundo. Esta es una relación delicada, hospitalaria. Por lo tanto es una relación frágil como un “barquito de papel”.

Lo que nos queda es la palabra. La palabra, no el grito. La palabra sensible. La palabra grito no puede acercarte. La palabra sensible elabora un tejido para la belleza humana. Esta palabra es una prolongación del arte como manera sensible superior de habitar el mundo. Su base es el sueño y la prolongación del sueño es la utopía. El lugar posible, el espacio para que los sueños sean los habitantes encarnados en el lenguaje sensible. La cuestión es resolver en la acción humana mejores maneras de comprenderse, de hablar y de hacer-posible un mundo mejor. Del peor, todos no somos responsables.

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