DLA Columnas | 29/12/2016 | 1:00 am
Mensaje de fin de año

Por: Francisco González Cruz

Conozco bien al estado Trujillo y este año he tenido la oportunidad de recorrerlo más intensamente, disfrutar sus paisajes, entrar a muchas casas, conversar con mucha gente, compartir sus dificultades y así mismo conocer sus sueños. En la espléndida y entrañable geografía se han ido conformando las localidades y comarcas, gracias al afán tesonero de sus hombres y mujeres, en una historia íntima que ha resultado en la fecunda diversidad lugareña que es marca de la trujillanidad.

No hay un lugar igual al otro, ni una persona igual a otra, pero puedo afirmar que si existe un solo rasgo auténtico de la identidad trujillana ese es el amor al trabajo. Hay otros como el valor de la familia, la palabra como compromiso y la religiosidad, pero en todos los sitios predomina el esfuerzo personal y familiar por “ganarse el pan con el sudor de su frente”.

Desde el buhonero que cada mañana empuja su pesada carga hacia la calle que le toca, el gañán que enyuga los bueyes para arar la tierra, el empresario que abre temprano su negocio, el artista que crea desde el despuntar del día, la madre echando las arepas, los hijos haciendo la cola para comprar algo, la maestra que viaja al encuentro con sus muchachos, lo funcionarios a las oficinas. Los trujillanos en todas partes van temprano al encuentro con el trabajo.

Se sortean las lluvias, los malos caminos, el transporte difícil, la escasez, la carestía, la delincuencia, pero se acude a la diaria faena con sereno talante en procura del legítimo sustento. La enorme mayoría, al contrario de la general creencia, va a su propio puesto de trabajo -su tierra, su negocio, su oficina, su taller-, otros a su empleo en alguna empresa y los menos a algún servicio gubernamental, generalmente mal pagado y mal tratado, pero atentos a servir.

Igualmente uno observa el despliegue de la creatividad para sortear la crisis, y a cada situación el trujillano inventa como va a enfrentar la necesidad. “Resolver”, se dice. Así mismo el despliegue de la solidaridad para atender las necesidades del prójimo. Uno ve estas cosas y sabe que no hay lugar para la desesperanza. En medio de las más grandes necesidades, existe un espíritu de trabajo y de lucha para encontrar en sí la medida de su propia superación.

Por esas y otras razones uno siente el deber de contribuir a encontrar caminos para que ese esfuerzo sea recompensado. Que no sea tan agotadora cada jornada. Que el hombre de trabajo encuentre apoyos y no abunden tanto los obstáculos. Que el trujillano merece un entorno menos difícil para el diario trajín.

Uno siente la necesidad de que el trujillano de trabajo encuentre en los gobernantes, no el favor gratuito de la ayuda, sino el cumplimiento pleno del deber: seguridad no solo para vivir en paz, sino para que el fruto de su esfuerzo no sea escamoteado por el robo oficial o el del delincuente; la familia trujillana quiere encontrar en los centros de salud una atención eficiente; educación de calidad para sus hijos; que el agua llegue y la luz no se vaya; que las calles y las carreteras estén buenas, en fin, que el gobierno funcione bien.

Los trujillanos demandan buenos gobernantes. Funcionarios que den buenos ejemplos, de veracidad, de honestidad y de eficiencia. O al menos que no estorben en la dura lucha cotidiana por sobrevivir con dignidad en este entorno tan difícil.

Al finalizar el año el balance político y social no es el mejor, por causa de los malos gobiernos, pero aquí en nuestra tierra trujillana está en el haber el esfuerzo cotidiano de sus mujeres y sus hombres, de sus familias por salvar los malos tiempos con su trabajo y su creatividad. Allí en el alma trujillana están las bases para los tiempos mejores que están por venir. Bases para la esperanza.

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