DLA Columnas | 22/12/2016 | 5:18 pm
Un Nuevo Nacimiento

Por: Arianna Martínez Fico

 

Cuando era niña esperaba con ansias la Navidad. Era una época muy especial para mí que empezaba días antes con las fiestas escolares y la celebración de mi cumpleaños -justamente hoy, el día antes de Navidad- para continuar, el 24 de diciembre, con la tradicional cena cargada de rituales, reunión familiar, muestras de cariño, abundante y deliciosa comida, risas, música y regalos. La máxima felicidad llegaba cada 25 de diciembre en la mañana al comprobar que bajo el arbolito estaban los regalos del Niño Jesús, en otros países: SantaClaus, Babbo Natale o Viejito Pascuero. Cuando aún no sabía que los regalos venían de mis padres, representaba un enorme misterio para mi cabecita infantil el que un niño recién nacido pudiera traer regalos. Hoy entiendo que el gran regalo es, precisamente, la Navidad.

Navidad viene del latín nativitas que significa nacimiento. Los católicos -y todos los cristianos en general- celebramos el nacimiento de Jesús. Coincide con el solsticio de invierno, fecha en que muchas culturas -antiguos romanos, escandinavos, incas, aztecas, entre otros- conmemoraban el nacimiento del Sol. Independientemente de cuáles sean nuestras creencias, pareciera que la Navidad está relacionada con el nacimiento de nuevos mundos, de luz y brillo, una época de propicia para reflexionar, celebrar la vida, conectarnos con aquello que valoramos, agradecer, cerrar ciclos, definir otros propósitos y asumir nuevos desafíos.

Cada nacimiento viene precedido de una muerte. Cuenta una vieja leyenda que hace muchos años un famoso guerrero fue a visitar a un maestro zen para que le enseñara los secretos de esta disciplina. El maestro lo invita a tomar té y mientras el guerrero habla sin parar de todos los títulos que ha obtenido, sus triunfos y aprendizajes, aquel continúa sirviendo té aun cuando la taza está llena y comienza a derramarse. El guerrero le advierte que se la taza está llena, a lo que el maestro responde “igual que usted que viene con la taza llena, ¿cómo podría entonces aprender algo nuevo?” Permitir la entrada de lo nuevo supone deshacernos de algo, dejar morir parte de quienes éramos, y esto a veces puede ser un proceso doloroso. Nada de lo que fuimos, tuvimos o aprendimos en el pasado nos garantiza el éxito en el futuro, incluso podría llegar a ser un obstáculo.

La Navidad me enrostra la contradicción que soy, esa que puede sentir alegría y tristeza simultáneamente: nostalgia por aquello que despido y dicha por las próximas bienvenidas. Un nuevo mundo requerirá un nuevo yo, uno que aún conservando su esencia es capaz de desprenderse de viejos hábitos, costumbres y certidumbres y reinventarse, del mismo modo que la oruga ha de morir para que nazca la mariposa.

Ya no busco regalos bajo el arbolito, pero sigo amando la Navidad y escribiendo cartas al Niño Jesús en las que cuento y agradezco mis bendiciones, y hoy mientras la escribo me pregunto ¿A qué más debo decir adiós? ¿Qué es aquello que está por nacer en mí? ¿Cuál es la Venezuela que tiene que morir para dar paso a la que está por nacer?

arianna.mf@gmail.com

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