DLA Columnas | 30/11/-0001 | 12:00 am
Diálogo entre verde y azul

Por: Juan(cho) José Barreto González

 

Debe aclararse, estos no son simples colores. Son condiciones del lenguaje conducidas a lo que llamaré Prólogo para un libro que vendrá. Podría llevar como subtítulo “No desde la promesa sino desde la imaginación”. Imaginemos. Buen inicio del cuento dice el verde, o imagine a una mujer de color verde como la montaña después de la lluvia. El amor es sólo ficción -dice. Entonces, serían otras las preguntas. La palabra es anuncio débil que puede abrir la ventana y conducirnos al infinito. Pobre de mí que no consigo la palabra mágica- piensa el azul. El amor es magia. La ficción también lo es, responde el verde. “El amor es como los cuentos, se viven, se releen las páginas y nos sumergimos en la historia. En algún momento hay un punto final (o tres…) e inicia un nuevo capítulo de otro capítulo o de otro cuento, quizá tiene restos del ya culminado o simplemente es una continuación. El amor: ficción mágica de los días”. O es una maravillosa telaraña, piensa el azul. Posiblemente, augura el verde. “La cuestión es imaginar, no crear la posibilidad, para que todo pueda asomarse. Entonces creamos el mundo sin atarlo a un ego que promete no atarse a lo creado. Voy a escribirlo, diálogo entre el azul y el verde”. Ufff poeta, no atarse a lo creado…

La imaginación frente a la promesa. Abrir el abanico del futuro. Los capítulos de ese libro por escribir donde los saltos del grillo son incalculables puntos de estrellas y de caminos de pueblos que juegan a la pelota con la cabeza de los verdugos. Y sembramos unos árboles que al caer sus hojas se convierten en peces y panes. Sus raíces, verdes y azules asombran a las lombrices de tierra y se ponen a cantar aquellas canciones antiquísimas que sólo se habían cantado en sueños. Tal vez esas canciones nos reúnan nuevamente, alrededor de bailes extraños cuya música deviene en sembradíos.

-Espero pronto ese libro entre mis manos- susurra el verde. El azul sopla una nube para beberse un consomé de verduras. Sabe bien, les dice a los gavilanes de Ramón Palomares. Ve salir de los techos de las casas códigos ancestrales llenos de signos de admiración. Me he vuelto un poeta aéreo, se dice a sí mismo. Mira a su izquierda y a su derecha. Mueve los brazos extrañamente. Recuerda una canción infantil cuando tenía mucho menos de quince años. Recuerda nuevamente a Juan Salvador Gaviota. Estira sus alas y se lanza en picada. Va reconociendo todos los colores humanos y naturales, se acerca más y más. Al dar una vuelta violenta para aterrizar,  golpea sus ojos con una rama de eneldo. Al despertar, una sensación verde recorre sus palabras.

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