DLA Columnas | 30/11/-0001 | 12:00 am
La otra cara de Dios

Por: Arianna Martínez Fico

 

¡Me encontré con Dios en una cárcel! Semanas atrás tuve la magnífica oportunidad de presenciar la conversación “La otra cara de Dios” entre Cristián Warnken y Hervé Clerc. Un encuentro bonito, profundo y trascendente en los espacios del Parque Cultural de Valparaíso, una maravilla arquitectónica construida en la otrora cárcel de esa ciudad.

“La otra cara de Dios” es el último libro de Clerc y sus reflexiones giran en torno a la pregunta ¿De qué hablamos cuando hablamos de Dios? A partir de allí y tomando como hilo conductor la historia de los ciegos y el elefante -en la que cada uno agarra una pedazo del mismo y, por ende, ven solo una parte fragmentada de la totalidad que es el elefante- entra en la propia ambivalencia de la palabra Dios. De esta ambigüedad semántica, el autor distingue dos enfoques muy distintos que corresponden a lo que llama las dos caras de Dios.

Por una parte, encontramos la cara sur que corresponde a una mística dualista que hace referencia a un Dios personal, benevolente y misericordioso. El Dios de Abraham, de Jesús, de Mahoma, aquel del que Nietzche anunció su muerte. La otra cara es la de la totalidad, de la mística de la unidad. Esta cara se refiere no a las partes sino al elefante que es único e indivisible.

Cuando veo una moneda, ciertamente puedo ver dos caras y, simultáneamente, ver la moneda que es más que sus caras. Si bien me gusta este Dios al que Clrec ubica en la otra cara o cara norte, personalmente me resulta contradictorio referirme a un Dios unitario, total y que trasciende la dualidad, precisamente desde el enfoque dual norte/sur.

Mi Dios, aquel en el que yo creo, lo es todo e incluye las dos caras: la luz y la oscuridad, lo que considero bueno y malo, bello o feo, el sol, la luna y las estrellas, el brillo y las sombras, el Dios de los judíos y también el de los musulmanes. Mi Dios no puede excluir otros dioses ni religiones porque es todos ellos y ninguno, es una totalidad. Es el continente y lo contenido.

Ayer 8 de diciembre los católicos celebramos la Inmaculada Concepción, la pureza de la Virgen María desde antes de nacer al no ser alcanzada por el pecado original. Esta creencia resulta muy difícil aprehender desde el pensamiento cartesiano. Así mismo, la leyenda cuenta que también un 8 de diciembre de hace muchos siglos Siddhartha Gautama -el Buda- se iluminó mientras meditaba -entiéndase aquietar la mente- en posición de loto bajo una higuera, al ver la totalidad del universo contenida en una sola hoja que era atraída por el viento. Dios es para mí ese punto donde todas las verdades se encuentran  y son todas y una sola.

Hablar de Dios no es tarea fácil, es mucho más lo que no sé que aquello que creo saber. Tampoco quiero tenerlo todo claro, sino el misterio de la vida dejaría de ser misterio. En momentos tan aparentemente caóticos, inciertos e incomprensibles como los que vivimos, creo que puede valer la pena abrir una conversación profunda sobre lo que llamamos Dios y sobre el sentido trascendente de nuestras vidas. Dios –incluido el de los ateos- está en todas partes, en lo que es y no es, en las tumbas y en los océanos, en las iglesias y en las cárceles, incluso en la cárcel de nuestras creencias.

arianna.mf@gmail.com

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