DLA Columnas | 1/12/2016 | 10:59 pm
Pelota de palabras

Por: Juan(cho) José Barreto González

Nada se puede hacer sin las palabras. Esta frase ha dado vueltas sobre y dentro de mí como si fuese un animal en busca de una respuesta. Somos seres del lenguaje y las palabras nos rodean, se meten dentro de nosotros, las sacamos hacia otros oídos cercanos o lejanos. Mientras mayor sea la distancia la palabra “cercanía” se debilita.

No es la distancia entre la boca y el oído sino la separación o el vacío que media entre un cuerpo y el espíritu del oído del que escucha. La palabra salta  y juega a la pelota, es la palabra infantil, suave e inocente lleva a la pelota a lugares de diversión sin atender mucho a formas y maneras. La palabra doliente aqueja las costillas del oído y ya no es una pelota sino piedras para lanzarlas al primer culpable que nos encontremos por el camino

. En la palabra camino se extienden las “oes” como ondas que lastiman las orillas y producen orificios oscuros en las ventanas de las casas. Menos mal que la palabra “Gracias” cura la garganta. Diga gracias treinta y tres veces y verá los resultados.  La terrible “des” hace estragos ante palabra tan bonita y se vuelve cotidiana como azotes hirientes. Si a esta última palabra se le quita la “h” (no por muda sino que sencillamente se quita, gracias) hirientes se vuelve “irientes” y se le pasa el malestar. La h que no es muda se vuelve hacha, hiriente hacha. Desgracia es un hacha para herir la gracia. La gracia herida es como una pelota triste. El ser detrás de la pelota también lo está. El hombre al crecer patea las palabras, pierde la gracia de la pelota que juega en el parque.

Nada se puede sentir sin las palabras. Esta frase se abraza de la primera y ambas se ponen a conversar dentro de mí como si fuesen viejas amigas. Hay frases que se hacen amigas y se prestan la ropa y comparten dentro de nosotros como si fuésemos un parque de diversiones donde se sueña sin grises. Las palabras se ponen de acuerdo y se vuelven canciones o cuentos. Cuando contamos un cuento de estos pareciera que fuese verdad porque se hizo dentro de nosotros. Las frases, nada se puede hacer y sentir sin las palabras, se ponen a inventar.

“En mi casa había un burro que comía con nosotros. Mi mamá Perpetua nos llamaba, ¡muchachos vengan a comer, burro venga a comer! Entonces, entrabamos al comedor y comenzábamos a comer todos en la misma mesa”. Mientras se contaba el cuento, Freddy se reía a carcajada limpia, limpia como un sol, y exclamaba “El burro comía en la sala” y yo le decía, hermano qué sentido tiene que el burro coma en la sala mientras que nosotros comíamos en el comedor.

Entonces se reía con más fuerza al igual que los demás sobrinos para decir: tienes razón, nos pusiste a comer con el burro, eso es maravilloso.  Eso es poesía, cercanía, no des-cercanía ni distancia. Uno no puede pelearse con las palabras, se convertirán en azotes hirientes. 

Quiénes Somos | Estructura Corporativa | Aviso Legal | Dónde Llegamos | Contacto

Copyright © 2014. Editorial Diario Los Andes. Venezuela | RIF: J-09003756-0

Powered by:Venetech Smart Solutions