DLA Columnas | 26/10/2016 | 1:00 am
Política inversa

Por: Alexi Berríos Berríos

Lo que acaba de ocurrir en Venezuela deja al descubierto la pérdida del sentido democrático. Se trata, una vez más, de la ridiculización de la Carta Magna frente a un público que aspira la fragua de un sistema político moderno en pro de la ciudadanía. Un sistema donde el pueblo pueda seleccionar o deponer a sus gobernantes a través de los principios establecidos en la ley. Y, con mayor razón aún, pueda sentirse protagonista de su destino como contraparte a las imposiciones de un grupo de mandones que lo miran por encima del hombro a la hora de querer decidir su futuro, amén de la inversa manera de “gobernar” a una sociedad acostumbrada a la libertad. Resulta obvio, pues, que el pueblo se pronuncie a rabiar contra estas sentencias emitidas en el octavo inning de un evento político proclive a un soberano que estaba dispuesto a cargar las tintas para firmar con miras a la activación del referéndum. Cierto, de un pueblo tan dado a la creencia electoral como paso indispensable para vivir en democracia no podría esperarse otras cosas que la indignación y la protesta. Convencido de las alteraciones democráticas en concordancia con una crisis que lo estrangula, el soberano solicita el reacomodo del término política para así alcanzar en la práctica la elección de un gobierno para el pueblo y por el pueblo.

Pero entretanto, el gobierno nacional continúa empecinado en colocarle barreras a todas las salidas democráticas, valiéndose de los poderes que maneja a su antojo y con el fin de domesticar al pueblo por medio de una fraseología que contemplada a la luz del análisis histórico, se hunde en la caducidad política como también en la distorsión de la cruda realidad que atraviesa la sociedad venezolana. A mi juicio, el oficialismo aferrado a la ideologización y no al perfeccionamiento de un aparato productivo, desvaneció la esperanza de una vida mejor para los venezolanos impulsando el descontento, el rechazo y las ganas de un viraje político conectado a las exigencias del nuevo siglo. En contraste con la claridad anhelada por un pueblo acostumbrado a vivir medianamente bien y sin vejaciones para conseguir los artículos de primera necesidad, el chavismo se vino ahogando en el binomio improvisación-corrupción al punto que la queja tomó fuerza estentórea en la voz de los venezolanos. De ahí, cabe sospecharlo, la búsqueda de una salida electoral y democrática por parte de un pueblo que, además de resistir los embates de un caos socio-económico, desea el bienestar en plena acepción de la palabra. Tan pronto como la crisis se diseminó, los venezolanos comenzamos a disminuirnos en todos los órdenes y eso, a su vez, fue caricaturizando a un gobierno curtido de petrodólares detrás de la simulación política benefactora para un pueblo que le creyó y dejó de creerle por razones ya descritas.

Así, por ejemplo, el referéndum flotó como la opción democrática idónea ante un gobierno temeroso que trunca el derecho que tiene el soberano a expresarse para activar la consulta relacionada con la aceptación o el desacuerdo con respecto al ejercicio administrativo de Nicolás Maduro. Sin embargo, el oficialismo dispone a su guisa lo concerniente a la mencionada consulta invirtiendo el tablero político para en lo sucesivo colocarlo a su favor. Tachando la criticidad ciudadana y decididos a “someter el psiquismo del pueblo venezolano”, los gobernantes chavistas insisten de golpe y porrazo en aglutinar el poder en sus manos al estilo Juan Vicente Gómez Chacón cuando en solitario acariciaba el mapa de Venezuela para sentirla suya, cosa que, de hecho, les va a seguir costando al saberse bien del descontento que bulle en las calles como corolario de esa política inversa que se niegan a rectificar.

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