DLA Columnas | 29/09/2016 | 1:00 am
Se busca final para Rebelión en la Granja

Por: Por: José Useche / usechepernia@gmail.com

“Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. Esta frase aparece en el libro La Rebelión en la Granja de George Orwell  y expresa una de las características más resaltantes de los sistemas totalitarios.

Esta fábula narra el proceso revolucionario emprendido por los animales de una granja que se rebelan contra su dueño, quien tortura, abusa e incluso los  asesina, aun cuando estos proveen de alimento y trabajo de forma permanente.

La rebelión llevó a los cerdos al poder, una representación nacida de la voluntad popular.

Se establecieron unos mandamientos que todos debían cumplir: Ningún animal dormirá en una cama, Ningún animal beberá alcohol, Ningún animal matará a otro animal, Todos los animales son iguales, entre otros.

Es decir, no querían replicar las prácticas del humano porque iban contra los principios de los miembros de aquella comunidad.

No obstante, quienes pretendieron representar al pueblo sintieron superioridad y la ejercieron sin sonrojarse.

Al poco tiempo, la utopía se convirtió en un régimen totalitario, y las viejas prácticas rechazadas por todos, ahora eran realizadas por la camarilla gobernante, es decir, los cerdos. Beber, dormir en la casa, explotar a los animales, entre otros.

El sistema se mantenía con discursos y amenazas latentes, se sostenía con el miedo: algún día vendrían los humanos a recuperar lo perdido.

Algunos miembros del pueblo sospecharon de esta actitud y comenzaron a hacer preguntas. Trataron de recordar el decálogo original que rechazaba las prácticas de los humanos.

Cuándo leyeron en la pared del granero los mandamientos, se dieron cuenta que estos habían sido reescritos.

Ningún animal dormirá en una cama con sábanas, Ningún animal beberá alcohol en exceso, Ningún animal matará a otro animal sin motivo.

Se preguntaban cómo pasó esto, pero nadie se atrevió a cuestionar a los representantes de la voluntad popular.

El sistema se volvería tan opresor, que los animales comenzaron a extrañar la época donde el humano era dueño de la granja. Ahora comían menos y trabajaban más, ¡ah! Y los cerdos estaban cada vez más gordos.  

Orwell escribió esta historia teniendo presente a los regímenes totalitarios y sus prácticas. En una revolución social con reclamos y exigencias de mejores condiciones, al poco tiempo, una camarilla de funcionarios aduladores de un líder supremo, terminan siendo peor que sus predecesores.

Y este punto es muy importante, porque reescribir las leyes es una de las prácticas más comunes de estos sistemas.

La aplicación de la ley no es en condiciones de igualdad sino de conveniencia para mantener el poder. Y para ello cuentan con jueces intérpretes que siempre concluyen que: Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

Es decir, los animales nunca tendrían la posibilidad de realizar una de esas asambleas para cambiar de liderazgo o sistema. Era imposible porque el poder es secuestrado.

Orwell queda debiendo un final feliz, la dictadura de los cerdos se consagra…

Por eso, existe la necesidad después de 70 años de la edición de libro, preguntarse: ¿Cómo debería terminar la historia de una utopía animal devenidas en un sistema de brutalidad?

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