DLA Columnas | 12/09/2016 | 1:00 am
La frase que impulsó una obra monumental

Por: Por: José Useche / usechepernia@gmail.com

Lorenzo le dijo al Doctor (a pesar de los títulos, reconocimientos, experiencia y sabiduría), que su hermano no era ningún vago, por el contrario: era el más importante de todos en aquella familia.

Cantar, tocar, bailar, echar cuentos, cuidar a los enfermos y animar a los angustiados era el papel del muchacho que según el ilustre maestro, “no hacía nada”.

La historia la escuché hace unos años cuando entrevisté junto a un par de amigos al reconocido académico José Manuel Briceño Guerrero, en La Predregosa de Mérida.

Hablamos de todo. Una entrevista que vale la pena leer, releer, escuchar y reescuchar. Las anécdotas del profesor eran infinitas y su capacidad de compresión sobre la esencia del ser humano y sociedad latinoamericana, no tiene comparación.

Él estaba contando que para construir aquella casa, contrató a unos hermanos albañiles que harían el trabajo desde cero.

Briceño Guerrero, ya para entonces docente de la Universidad de Los Andes, preguntó a Lorenzo por qué el hermano menor se comportaba como un vago. Se la pasa tocando bandola en los cerros y perdiendo el tiempo en la casa.

Mal comportamiento en comparación con los otros – pensó-, pues cada quien en esa familia destacaba en la elaboración de obras de construcción, herrería y carpintería con alta solvencia.

Lorenzo, con mucho respeto le increpó y aclaró: Doctor, él es el más importante de nosotros. Nos cuida cuando estamos enfermos, anima nuestras fiestas, nos cuenta historias y organiza nuestro tiempo libre.

Briceño Guerrero bajó a la tierra con aquella respuesta, y no se sonrojó al decir que marcó para siempre sus estudios posteriores.

Cuando realizó sus reflexiones sobre la composición cultural de América Latina, quizá pensaba en Lorenzo. Cuando analizó la influencia española, africana e indígena en la sociedad, recordaba la historia del hermano vago.

Cuando recibió sus doctorados, publicó sus libros, viajó a todo el mundo, reflexionó y estudió, pensaba en la sabiduría del pueblo común y corriente.

Jonuel Brigue (su seudónimo literario) comprendió que las expresiones humanas deben mirarse desde abajo, las reflexiones sociales deben hacerse desde las bases e incluso el estudio de la historia del pensamiento debe rendirse ante la sociedad común.

Es que esta anécdota expone un claro ejemplo sobre cómo enfrentar las incógnitas sociales, cómo clasificar a la cultura y qué valor e importancia darle al arte.

Quienes investigan tienen que empaparse del cómo y porqué de la gente que trabaja, camina, recorre, llora, expresa, siente y vive.

Quienes elevan el arte y la cultura, no realizan oficios de vagos porque esta es la expresión y actividad más útil de una sociedad.

El cine, la pintura, la música, la danza. Pasando desde el ballet hasta los tambores costeños, desde la cumbias villeras hasta las poderosas composiciones de Stravinski, desde los trazos devotos de Miguel Ángel hasta llegar a los empatuques  de grafitis en ciudades y pueblos.

Es la forma de hacernos más digerible el mundo, es el trabajo más difícil de todos y a ello, le debemos un potosí entero.

Sin arte ni expresiones, una sociedad está muerta, es un zombi que se mueve por inercia.

 

*A la memoria de José Manuel Briceño Guerrero, un ilustre entre los ilustres, quien me enseñó a pensar hacía el horizonte y no hacía arriba.

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