DLA Columnas | 20/12/2015 | 1:00 am
Poesía de la Navidad

Por: Francisco Graterol Vargas

Poesía de la Navidad

Alí Medina Machado

 

Como forma expresiva, la poesía demanda caminos superficiales y profundos y temas que también desandan vertientes exteriores de sencillos planteamientos, así como laberintos aparentemente inaccesibles. En todo caso, su sentido último es la estética del pensamiento propuesta para que el hombre dé rienda suelta a su libertad de creación por medio del lenguaje, o mejor, de la palabra, con la que suele oficiar sus propuestas. Con su palabra el poeta explora los universos infinitos de las posibilidades, material con el que escruta los mundos más diversos y construye sus revelaciones. La poesía es un comportamiento eminentemente interior, recogedor de los estremecimientos; un juego abierto de correspondencias entre el sentir y el ser por medio del lenguaje. Y siempre ha sido así durante las épocas y los años, la armonización de la palabra del código poético va dejando fluir las ideas, como si se dictara una meditación o como si hubiese un repartimiento del pensamiento con el cual decir lo pensado y lo hablado.

En toda circunstancia, se escucha el grito silencioso del verso, el largo hastío del mundo interior, la canción del tiempo inventada en la conciencia con la que se nombran las edades del tiempo que son las mismas edades de la poesía. Las realidades entonces se hacen inmutables, se quedan mudas y guardadas detrás del poema, hasta que llega el instante vital de la resurrección, del minuto al siglo, pues la poesía es capaz de devorar los siglos siendo que es el eterno caos detenido. Así, de pronto, tropezamos por necesidad con propuestas poéticas sobre un tema o asunto determinado, en este caso, con una poética cuyo referente es la Navidad. Y aparece ante nosotros ese código concreto con una extensa fundamentación de pormenores relacionados con esa voz antigua y desnuda como una piedra; la Navidad, y versos narradores de las memorias fúlgidas que hablan del suceso público, todo ello enmarcado por el mágico esplendor de la poesía.

CAMINO DE BELEN

Del ciclo Evangélico, de la Suma Poética, podemos leer un poema de Francisco de Ocaña, titulado Camino de Belén: "Caminad, Esposa, / Virgen Singular, / que los gallos cantan / cerca está el lugar"... "Caminad, Señora, / bien de todo bien, / que antes de una hora / somos en Befen, / y allá muy bien / podréis reposar"... Dos estrofas bastan para hallar ese caracol eterno por el que circula el lenguaje de la poesía navideña; las palabras que responden a un manifiesto repetitivo como un circular estribillo que nos habla del reencuentro con aquella luz del Nacimiento que hace suya la eternidad por el prodigio y la magicidad de la creencia religiosa.

Y de inmediato nos encontramos con otra huella poética que pertenece a Fray Ambrosio de Montesinos. Es un poema titulado en latín In Nativitate Christi. Este es un dialogado entre los personajes involucrados en el suceso del Nacimiento del Niño Dios; poema para ser representado. Dice Fray Ambrosio; "-¿Si dormís, esposo, / de mi más amado / -No; que de tu gloria / estoy desvelado./ Josef. ¿Quién puede dormir, / ¡oh reina del cielo! / viendo ya venir / ángeles en vuelo, / ¿ay!, a te servir, / tendidos por el suelo? / porque sola eres / del cielo traslado. / María, a mi parecer, / esposo leal, / ya quiere nacer / el Rey eterno; / así debe ser, / pues este portal / claro paraíso / se nos ha tomado /.

INVENCION DE LA PALABRA

La poesía no es más, como tal, que "una invención de la palabra" esta palabra en el mundo del escritor se va solidificando, tomando un cuerpo preciso desde la perspectiva del hacer poético, hasta definir un hecho concreto como consecuencia visible u observable de lo que antes fue ficción. Todo poema es la sublime emanación de un acto de creación que se hace con la palabra. Se crea con una palabra mediante un divertimento constructivo que debe su existencia a la mezcla de "figuras mediante procedimientos esenciales", como dice Cohen.

En la poesía, lo propio de la palabra es la libertad de combinaciones. Y así toma cuerpo preciso ese edificio de signos que nos ablandan o endurecen en el momento de la confrontación. Por caso, el soneto Diciembre del poeta parnasiano venezolano Luis Churión, que nos llena de nostalgia y nos altera de angustia por lo que dice: "Oh buen sol de diciembre, hasta mi huerto / nos vienes a mirar hondos estragos, / por si rompen en flor sus jaramagos / la pascua azul de navidad no ha muerto / Hermano de fulgor que rumbo cierto / me da en la estrella de los Reyes Magos, / con un beso tenaz brota en halagos / de mi jardín por entre el muro abierto. / Y ya de que los ciertos otoñales / el ímpetu desflora los rosales / y abate en un temblor los jazmineros, / ella cambia en un bien todos mis daños, / y ante su azul de mis temidos años, / hace un jubilo blanco de corderos". Sí, es que la Navidad cambia la tristeza por la alegría; aún nostálgico su rostro no tiene sino amor de cantos vivos porque la Navidad no es otra cosa que un pequeño cielo que todos formamos para llenarnos de azules el alma.

En todo trance y ambiente, el poeta percibe de una manera especial la Navidad. Le canta tierra arriba, tierra abajo, con su ramaje de versos. Esto sucede porque hay una percepción especial de la fiesta, con un sentido más profundo, porque se siente una necesidad de meditación de la que luego eclosionan los claroscuros de las plegarias. En la aldea, para el poeta, la noche buena es: "La noche, de zafiro, coronada / de trémulos diamantes brilladores; / y la luna -magnolia de esplendores- /surgiendo tras la selva perfumada"... mientras que, en la ciudad, dice el poeta: "La ciudad, bajo el cielo peregrino / de azul perlas, plácida se extiende, / Y Diana a ella taciturna prende / su diáfano cendal alabastrino". / (Gabriel E. Muñoz, poeta venezolano)... La misma historia. Es la efímera circunstancia de la celebración de la que el hombre se posesiona enfebrecido, en la que hay "gente alborozada chocar con copas, cantos vibradores"... y a lo lejos, gentil, llena de flores, / la lugareña ermita iluminada”.

Narra el poeta versificadamente: "En las bohemias copas ríe el vino / en los rostros el júbilo se enciende; / y el áureo son de las campanas hiende, / claro y triunfal, el éter cristalino. / En la suntuosa catedral radiante / piensa el bardo en su fe -cirio expirante- / frente a un altar de gemas y escarlata..."

La poesía de la Navidad es pura y de versos cristalinos. Es una poesía para el elogio y el canto, principalmente, aunque a veces deja escapar ráfagas de crítica. A veces, no va más allá de la simple evocación y de la exaltación poética de un acto de fe y devoción. En todas las épocas las expresiones poéticas de la Navidad son un canto a la vida. La verbalización del poema apunta a esa sensación de amor, de rendición y postración ante un suceso revelador como lo es el nacimiento del Niño Dios. Si él logra algún trascendentalismo, esto viene dado por el elogio, por la constante fe demostrada. Hay aquí un auténtico libre fluir de la conciencia dado por la fe y la creencia religiosa, básicamente... Veamos lo que se plantea en este villancico que pertenece al poeta Rafael Montesinos: "Lloran los Panderos / por la Navidad, / porque en esta tierra / ya no hay caridad /... No de carne, sino / del barro de Adán / (antes de aquel soplo) / bajo su portal, / hay un niño. Llora, / terco en su llorar, / hace veinte siglos / ya / ...Un ángel de tierra... Pide / buena voluntad. / Pero nadie escucha / ya /. Pastores de arcilla / marchan al portal. / Pastores y hombres / unen su cantar, / que de barro vienen / y hacia el barro van, / muerte y sólo barro / ya".

La poesía de la Navidad es sencilla, tiene que serlo. Por lógica,
la estructura de este lenguaje no puede obedecer a la rigurosidad de la desviación del código, ni puede pretender (no es necesario hacerlo), una marcada separación del código de la lengua. En esta poesía se tiende mucho a una significación primaria. Es enteramente descriptiva en una escenografía en la que aparecen contados personajes. La poesía, en este caso, vendría a ser entonces, el pesebre hecho con palabras. Aquí no es posible hablar de rupturas ni de inconsecuencias del lenguaje; que, por lo contrario, es más afectivo que intelectual, más atenido a cuadros lógicos y gramaticales, concretado a la propia limitación de los temas y asuntos. Esto es fácilmente perceptible... Del mismo autor Rafael Montesinos, citamos un retablillo de navidad,   que dice: "Pastores, Dios ha nacido / sobre un pesebre, Aleluya. / Pastores, cantad conmigo: / Gloría a Dios en las alturas. / Desde el cielo he traído / mis alas hasta su cuna / Pastores, cantad conmigo: / Gloria a Dios en las alturas.

Ni en la adversidad es triste la Navidad. El hombre, movido por la piedad de la fiesta decembrina, hace un alto en su dolor para trastocarlo por una incontenible alegría que se torna en virtud y fe por la vida... Así lo captamos en este sonetillo de Alfredo Arvelo Larriva, titulado Noche Buena: Dijérase una ilusión. / Es noche de Navidad; / y, mientras que la ciudad / difunde su agitación / en torno a mi soledad, / viene la muchacha y con / ella la felicidad / suprema. Y en la prisión / revivo la libertad, / con una intensa emoción/que pone sueños, bondad, / ternura, en mi corazón; / y en la rugiente pasión / de mis rencores, piedad".

. Esta poesía nos alienta por ser un augurio de fe, una oración de amor reverencial, un canto constante a la glorificación de una fiesta con pleno vigor para los que sentimos y vivimos la alegría de la vida. Y es, porque en la palabra poética, la Navidad también nos llena a todos de una inmensa alegría.

 

 

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