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El
origen filosófico de la palabra crisis es sumamente rico y encierra
su sentido originario. La palabra sánscrita para crisis es kri o kir
y significa "dispersar" (scatter, scattering), "purificar"
(pouring out), "limpiar". En portugués (y en castellano) se
conservan aún las palabras acrisolar y crisol, que guardan la
reminiscencia de su origen sánscrito. La crisis actúa como un
crisol (elemento químico) que purifica el oro de su ganga y acrisola
(purifica, limpia) los elementos que se han incrustado a lo largo de
un proceso vital o histórico y que, con el tiempo, han ido
adquiriendo un papel sustantivo, absolutizándose y apoderándose del
núcleo mismo, al punto de poner en peligro la sustancia misma.
"Crisis" designa el proceso de purificación de lo más nuclear:
lo histórico-accidental, lo que ha asumido indebidamente el papel
principal, es relegado a su función secundaria, por más que
legítima, pero siempre como secundaria y derivada. Después de
cualquier crisis, ya sea corporal, psíquica o moral, ya sea interior
y religiosa, el ser humano sale purificado, liberando una serie de
fuerzas para una vida más vigorosa y llena de renovado sentido.
Todo
proceso de purificación implica ruptura, división y discontinuidad.
He ahí otro sentido que puede darse a la palabra "crisis". Por
eso tal proceso es también doloroso y adquiere aspectos realmente
dramáticos. Pero es en esa convulsión donde se catalizan las
fuerzas y se acrisolan los valores positivos contenidos en la
situación de crisis. Y es que de "crisis" viene además la
palabra criterio, que es la medida por la que puede juzgarse y
distinguirse lo auténtico de lo inauténtico, lo bueno de lo malo.
"Crisis",
además, significa en griego (krisis, krínein) la decisión en un
juicio. Cuando el juez ha sopesado los pros y los contras, emite su
decisión. Pero la decisión tiene lugar también en una competición
e incluso en una enfermedad. El médico examina los síntomas,
conjuga los diversos elementos, sondea, pesa y sopesa... y de pronto
acierta con la enfermedad. O cuando el enfermo ha superado el "punto
crítico", puede decirse que se ha dado una decisión y que se
inicia el restablecimiento. A eso se llama "crisis" en griego.
Realmente, toda situación de crisis exige, para ser superada, una
decisión, la cual marca el nuevo rumbo. Por eso la crisis está
llena de vitalidad creadora; no es síntoma de una catástrofe
inminente, sino que es el "momento crítico" en que la persona
cuestiona radicalmente ante sí misma su propio destino, el mundo
cultural que la rodea, y es convocada, "no a opinar sobre algo,
sino a decidirse acerca de algo". Sin tal decisión no hay vida.
Las ideas las tenemos; pero las decisiones las vivimos. Por eso la
situación de crisis es antropológicamente muy rica. No constituye
una tragedia en la vida, sino pujanza y desbordamiento de ésta. Es
oportunidad de crecimiento. No es pérdida del suelo bajo los pies,
sino desafío que ese suelo vital lanza para una mejor evolución o
definición. Por eso la decisión-crisis rechaza algunas
oportunidades y opta por otras que pueden hacer florecer la vida o
dejar que fenezca. "La crisis no ha nacido del descreimiento, sino
del agudo sentimiento de una inadecuación, provocado por la
esperanza exigente de un bien posible". Y ese posible hace un
llamamiento globalizante a toda la personalidad y le exige un
compromiso radical. Sin ello, la crisis jamás será superada, sino
siempre diferida. Y las fuerzas positivas contenidas en ella nunca
llegan a ser adecuadamente tematizadas. No deja de tener un profundo
sentido el hecho de que la religión haya escogido para denominar la
superación de la crisis religiosa el término conversión, que es
cambio radical de camino, de las coordenadas referenciales del modo
de pensar y actuar, creación de un nuevo cielo con otras estrellas
que orientan y dirigen la vida.
La
crisis, por tanto, es una discontinuidad y una perturbación dentro
de la normalidad de la vida, provocada por el agotamiento de las
posibilidades de crecimiento de una determinada situación
existencial. Mediante una decisión, se crea una purificación de la
vida y de su comprensión, abriendo un nuevo camino de crecimiento y
desvelando un horizonte de posibilidades que conforman una nueva
situación existencial. La crisis tiene entonces un desenlace feliz.
Pero si no hay decisión, tampoco habrá purificación eficaz, sino
que permanecerá la convulsión de las formas vitales y el
oscurecimiento del sentido, que puede degenerar en desesperación,
resolviendo así negativamente el recorrido de la vida. La crisis es
un proceso normal de todos los procesos vitales: surge de vez en
cuando para permitir que la vida siga siendo siempre vida y pueda
crecer e irradiar.
Tomado
del libro "LA CRISIS COMO OPORTUNIDAD DE CRECIMIENTO" / Leonardo
Boff
/ Editorial SalTerrae 2004
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