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CUANDO EL CICLO SE INICIA Imprimir E-Mail
escrito por Patricia May   
lunes, 29 de diciembre de 2008
El inicio del año marca un ciclo de algo que se deja atrás y de algo que comienza. Y aunque se trate de fechas arbitrarias, algo nos pasa adentro, algo que nos llama a revisar la etapa que se termina y a proyectar lo nuevo que viene. Es importante para las personas que intentan vivir en conciencia -despiertas-, realizar este proceso pues sólo desde la reflexión, desde el aclararse de dónde se viene y hacia dónde se va es que pueden nacer vidas claras, luminosas y con una dirección propia.

En esta parte del mundo, el Año Nuevo ocurre en verano, en época de días largos, para muchos de vacaciones, donde se goza de momentos para reconectarse con uno mismo y con honestidad observarse y aquilatar la propia vida. No es fácil, se requiere honestidad para reconocer nuestras incoherencias y dolores, honestidad para no culpar a los otros, a la vida o al sistema y tomar en nuestras manos la responsabilidad de lo que estamos siendo y el efecto que estamos produciendo en el medio.

Este es siempre un buen momento para reconectarnos con motivaciones internas y con nuevo brío iniciar el año inspirados en el impulso que desde nuestro centro, nos mueve. Quizás muchas veces sintamos que no tenemos una inspiración central, o que la hemos perdido en el fragor, la aceleración y los deberes de la vida actual; y que en el exceso de esfuerzo ya no sabemos quiénes somos y, simplemente vivimos cumpliendo, cumpliendo día tras día como si el que viviera en nosotros no fuera un ser humano en toda la grandeza y luz que ello implica, sino una marioneta que actúa y hace, sin inspiración, sin sentido. Esta falta de motivación personal y profunda, esta carencia de sentido es algo que caracteriza a las personas de las sociedades modernas y guarda relación con la falta de contacto con lo interno, aquello que mora en el silencio y que requiere de quietud, de espacios de relajación, de permitirse ser desde la naturalidad y no desde el deber que es el punto exclusivo en el cual se centra nuestra cultura, incluyendo el deber de divertirse y pasarlo bien al estilo acelerado y lleno de ruido que nos caracteriza. Esto vale incluso para las personas cuyas actividades y quehaceres responden a una motivación profunda: si no se mantienen espacios de contacto con aquella fuerza que nos llevó a movernos en un sentido determinado, terminaremos actuando desde la cáscara, sin entusiasmo, sin encanto, sin vida.

Sin embargo, si soltamos no sólo los horarios y deberes externos, lo cual a menudo no es posible; si soltamos la chicharra mental de nuestras obsesiones, de nuestros disfraces, apariencias y argumentos para defendernos de los otros, y nos reencontramos con el corazón, con lo simple y natural de nosotros mismos, nos daremos cuenta que allí, en el más profundo silencio, en lo que somos sin adornos ni grandes objetivos, está aquello que quizás cuando fuimos niños o jóvenes estaba a flor de vida: la naturalidad del ser humano que anhela amar, ser amado, compartir, crear, aprender, realizar.

Tiempos de verano, tiempos para darse el tiempo de ver atardeceres, de caminar, de contemplar el sonido de las hojas de los árboles, de conversar, de jugar, de volver a Ser. Tiempos de conexión con las fuerzas pujantes del alma que siempre anhela dar nacimiento a lo que auténticamente somos. Tiempos de verano, cuando podemos darnos el espacio para reconectar con aquello que nos encanta, con lo que nos ha llevado a movilizarnos en una dirección determinada, o tiempos para reconsiderar y virar el rumbo de este nuevo año que como una mañana fresca, como un pañuelo blanco se abre ante nosotros.

 

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