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El
inicio del año marca un ciclo de algo que se deja atrás y de algo
que comienza. Y aunque se trate de fechas arbitrarias, algo nos pasa
adentro, algo que nos llama a revisar la etapa que se termina y a
proyectar lo nuevo que viene. Es importante para las personas que
intentan vivir en conciencia -despiertas-, realizar este
proceso pues sólo desde la reflexión, desde el aclararse de dónde
se viene y hacia dónde se va es que pueden nacer vidas claras,
luminosas y con una dirección propia.
En esta
parte del mundo, el Año Nuevo ocurre en verano, en época de días
largos, para muchos de vacaciones, donde se goza de momentos para
reconectarse con uno mismo y con honestidad observarse y aquilatar la
propia vida. No es fácil, se requiere honestidad para reconocer
nuestras incoherencias y dolores, honestidad para no culpar a los
otros, a la vida o al sistema y tomar en nuestras manos la
responsabilidad de lo que estamos siendo y el efecto que estamos
produciendo en el medio.
Este es
siempre un buen momento para reconectarnos con motivaciones internas
y con nuevo brío iniciar el año inspirados en el impulso que desde
nuestro centro, nos mueve. Quizás muchas veces sintamos que no
tenemos una inspiración central, o que la hemos perdido en el
fragor, la aceleración y los deberes de la vida actual; y que en el
exceso de esfuerzo ya no sabemos quiénes somos y, simplemente
vivimos cumpliendo, cumpliendo día tras día como si el que viviera
en nosotros no fuera un ser humano en toda la grandeza y luz que ello
implica, sino una marioneta que actúa y hace, sin inspiración, sin
sentido. Esta falta de motivación personal y profunda, esta carencia
de sentido es algo que caracteriza a las personas de las sociedades
modernas y guarda relación con la falta de contacto con lo interno,
aquello que mora en el silencio y que requiere de quietud, de
espacios de relajación, de permitirse ser desde la naturalidad y no
desde el deber que es el punto exclusivo en el cual se centra nuestra
cultura, incluyendo el deber de divertirse y pasarlo bien al estilo
acelerado y lleno de ruido que nos caracteriza. Esto vale incluso
para las personas cuyas actividades y quehaceres responden a una
motivación profunda: si no se mantienen espacios de contacto con
aquella fuerza que nos llevó a movernos en un sentido determinado,
terminaremos actuando desde la cáscara, sin entusiasmo, sin encanto,
sin vida.
Sin
embargo, si soltamos no sólo los horarios y deberes externos, lo
cual a menudo no es posible; si soltamos la chicharra mental de
nuestras obsesiones, de nuestros disfraces, apariencias y argumentos
para defendernos de los otros, y nos reencontramos con el corazón,
con lo simple y natural de nosotros mismos, nos daremos cuenta que
allí, en el más profundo silencio, en lo que somos sin adornos ni
grandes objetivos, está aquello que quizás cuando fuimos niños o
jóvenes estaba a flor de vida: la naturalidad del ser humano que
anhela amar, ser amado, compartir, crear, aprender, realizar.
Tiempos
de verano, tiempos para darse el tiempo de ver atardeceres, de
caminar, de contemplar el sonido de las hojas de los árboles, de
conversar, de jugar, de volver a Ser. Tiempos de conexión con las
fuerzas pujantes del alma que siempre anhela dar nacimiento a lo que
auténticamente somos. Tiempos de verano, cuando podemos darnos el
espacio para reconectar con aquello que nos encanta, con lo que nos
ha llevado a movilizarnos en una dirección determinada, o tiempos
para reconsiderar y virar el rumbo de este nuevo año que como una
mañana fresca, como un pañuelo blanco se abre ante nosotros.
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