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Más de treinta millones de los devaluados
«bolívares fuertes» fue el costo de la asistencia al evento mundial. De ese
«realero» quienes menos disfrutaron fueron los atletas, ese grupo de
deportistas que dieron la cara, esos que entregaron todo el esfuerzo, esos que
con devoción, aunque viajaron muy lejos llevaban al país adentro.
El grueso de esa gigantesca suma lo consumió
el «turismo deportivo» representado por las voluminosas delegaciones del
Instituto Nacional del Deporte y del Comité Olímpico Venezolano que luchan por
ver quién conoce más países extranjeros y quién asiste a los mejores
restaurantes del exterior.
Finalizados los juegos olímpicos resulta
conveniente exigir que los responsables de la administración de ese «realero»
expliquen el resultado de tan gigantesco gasto al cual habrá que sumarle los
miles de millones que se despilfarraron en una hiperbólica propaganda sobre una
inexistente «revolución deportiva».
Cada vez que un venezolano exige rendición de
cuentas a los administradores temporales de Miraflores, se responde colocando a
ese venezolano en el saco de la antipatria, porque se prefiere el silencio cómplice.
Es posible que por estos comentarios se nos coloque en ese saco, lo cierto es
que desde el día de la partida de los atletas, se desarrolló un discurso
jactancioso y abusivo. Se le hizo creer al pueblo que no marchaba una
delegación deportiva, sino un batallón que iba a jugarse la vida contra el
imperio
Ya en la despedida oficial de la delegación de
atletas venezolanos se mostró el interés manipulador. Hace años observábamos
con emoción la partida de los competidores, envueltos sólo en el pabellón
tricolor que luego regresaban con humildad y sin estridencias, pero orgullosos
de traer las medallas en el pecho, como ocurrió con Arnoldo Devonish, Enrique
Forcella, Pedro Gamarro, Bernardo Piñango,
Rafael Vidal, Marcelino Bolívar, Omar Catarí, Israel Rubio, Adriana
Carmona y entre todas la histórica presea del «Morochito Rodríguez».
En esta oportunidad, la posibilidad de mirar
con el candor de antaño la salida de los competidores se pierde cuando el Primer
Mandatario convierte aquello en el arranque de una expedición bélica, en la
cual se juega el honor de la nacionalidad y de la cual puede depender la
humillación de huestes enemigas.
No fue una partida pacífica de muchachos
vigorosos, saludables y sin segundas intenciones, como las del pasado, sino la
víspera de una batalla campal para cuyo desempeño se ocultan espadas y yelmos
bajo los nuevos uniformes. Ahora no marcha una delegación deportiva, sino un
batallón a cuyos combatientes se les da una arenga para que se jueguen la vida
contra la armada imperial.
Luego de finalizar los juegos los venezolanos
festejamos el enorme esfuerzo de los atletas, pero exigimos la rendición de
cuentas de los que armaron este delirio de zafarranchos. Venezuela no quiere
que la actividad deportiva sea un evento pervertido por la manipulación que se
construye desde los sótanos de Miraflores.
Resulta obligante que los administradores del
deporte expliquen lo que ocurrió con la inexistente «revolución deportiva»,
porque nadie, tiene el derecho de disfrazar de soldadesca a la juventud del
país para convertirla en comparsa de sus propósitos.
Junto con la felicitación a los atletas va la
solicitud de evaluación para los que montaron la alharaca. Los deportistas
entregaron el alma, pero la jornada la mancharon los irresponsables charlatanes
que anunciaron una piñata de medallas en
el podio para darle publicidad a la inexistente «revolución deportiva». (E-mail:
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