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Cuentas de Pekín Imprimir
escrito por Prof. Felipe Guerrero   
domingo, 07 de septiembre de 2008
Más de treinta millones de los devaluados «bolívares fuertes» fue el costo de la asistencia al evento mundial. De ese «realero» quienes menos disfrutaron fueron los atletas, ese grupo de deportistas que dieron la cara, esos que entregaron todo el esfuerzo, esos que con devoción, aunque viajaron muy lejos llevaban al país adentro.

El grueso de esa gigantesca suma lo consumió el «turismo deportivo» representado por las voluminosas delegaciones del Instituto Nacional del Deporte y del Comité Olímpico Venezolano que luchan por ver quién conoce más países extranjeros y quién asiste a los mejores restaurantes del exterior.

Finalizados los juegos olímpicos resulta conveniente exigir que los responsables de la administración de ese «realero» expliquen el resultado de tan gigantesco gasto al cual habrá que sumarle los miles de millones que se despilfarraron en una hiperbólica propaganda sobre una inexistente «revolución deportiva».

Cada vez que un venezolano exige rendición de cuentas a los administradores temporales de Miraflores, se responde colocando a ese venezolano en el saco de la antipatria, porque se prefiere el silencio cómplice. Es posible que por estos comentarios se nos coloque en ese saco, lo cierto es que desde el día de la partida de los atletas, se desarrolló un discurso jactancioso y abusivo. Se le hizo creer al pueblo que no marchaba una delegación deportiva, sino un batallón que iba a jugarse la vida contra el imperio

Ya en la despedida oficial de la delegación de atletas venezolanos se mostró el interés manipulador. Hace años observábamos con emoción la partida de los competidores, envueltos sólo en el pabellón tricolor que luego regresaban con humildad y sin estridencias, pero orgullosos de traer las medallas en el pecho, como ocurrió con Arnoldo Devonish, Enrique Forcella, Pedro Gamarro, Bernardo Piñango,  Rafael Vidal, Marcelino Bolívar, Omar Catarí, Israel Rubio, Adriana Carmona y entre todas la histórica presea del «Morochito Rodríguez».

En esta oportunidad, la posibilidad de mirar con el candor de antaño la salida de los competidores se pierde cuando el Primer Mandatario convierte aquello en el arranque de una expedición bélica, en la cual se juega el honor de la nacionalidad y de la cual puede depender la humillación de huestes enemigas.

No fue una partida pacífica de muchachos vigorosos, saludables y sin segundas intenciones, como las del pasado, sino la víspera de una batalla campal para cuyo desempeño se ocultan espadas y yelmos bajo los nuevos uniformes. Ahora no marcha una delegación deportiva, sino un batallón a cuyos combatientes se les da una arenga para que se jueguen la vida contra la armada imperial.

Luego de finalizar los juegos los venezolanos festejamos el enorme esfuerzo de los atletas, pero exigimos la rendición de cuentas de los que armaron este delirio de zafarranchos. Venezuela no quiere que la actividad deportiva sea un evento pervertido por la manipulación que se construye desde los sótanos de Miraflores.

Resulta obligante que los administradores del deporte expliquen lo que ocurrió con la inexistente «revolución deportiva», porque nadie, tiene el derecho de disfrazar de soldadesca a la juventud del país para convertirla en comparsa de sus propósitos.

Junto con la felicitación a los atletas va la solicitud de evaluación para los que montaron la alharaca. Los deportistas entregaron el alma, pero la jornada la mancharon los irresponsables charlatanes que anunciaron  una piñata de medallas en el podio para darle publicidad a la inexistente «revolución deportiva». (E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla )

 
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