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El valor de una utopía Imprimir
escrito por Jorge Eugenio Zoltan   
jueves, 28 de agosto de 2008
Había una vez, un país hermoso. Tenía muchos recursos. Poseía cereales, frutos, buena ganadería, pesca, minería. Lindos lugares de turismo. Bosques, montañas, lagos... y muchas posibilidades de progreso como para llegar a ser un gran país.

Pero había una banda de ladrones y asesinos que no podían soportar que la gente fuera feliz.

-¡Arruinemos esto!- dijo uno.

-¡Tengo una idea - dijo otro. Rociemos el país con gas tóxico: "Desobediencia" y "Desorden" para que ellos mismos arruinen su propia nación. ¡Será divertidísimo! ¡Y así lo hicieron!

 Cuando fumigaron el país con el gas, los habitantes empezaron a desobedecer todas las leyes y autoridades habidas y por haber. Los colectivos y automóviles pasaban los semáforos en rojo, se metían de contramano y corrían como locos.

Los comerciantes y empresarios inventaron trampas para no pagar los impuestos. Y ahora, un toquecito de gas egoísta...

 En las escuelas y colegios pasaba lo mismo: los chicos estaban tan intoxicados de "Desorden" que eran totalmente desobedientes. ¡Y encima se creían que era una gracia!

-Y el lema fue "sálvate tu mismo; el otro no importa".

-Y la máquina empezó a reemplazar al hombre y se produjo la desocupación.

-Y los gobernantes se olvidaron de ser servidores y quisieron ser servidos.

-Y unos vivían en la opulencia, mientras la mayoría pasaba hambre.

 Otros malvados consiguieron que a lo ancho del país, grandes y chicos ensuciaran y dañaran su hermosa tierra. Tiraban basura en cualquier lado. Jamás limpiaban las suciedades de sus perros en las veredas. ¡Si comían caramelos, los papelitos al piso! Si comían fruta, escupían las semillas o tiraban las cáscaras en donde viniera.

 Los fumadores, no contentos con ensuciar el aire, sembraban de cajetillas y "colillas" con sus dañinos cigarrillos todos los lugares que ustedes pueden imaginar.

La gente empezó a grabar sus nombres, dibujar corazones, escribir palabrotas...¡ ni las piedras se salvaban!

 A la gente también se le dio por dañar los bienes públicos: los bancos de las plazas y parques, los asientos de trenes y colectivos, los pobres teléfonos públicos...También se les dio por robar: las lamparitas del alumbrado público, los espejos de los baños...Arrancaban flores, pisaban el césped, lastimaban los árboles. Al fin, como es de suponer, nada funcionaba bien.

 Mientras ocurrían estas cosas, a los malvados se les ocurrió llenar el país con otro gas llamado: "Queja y protesta". Inmediatamente los habitantes que respiraron este veneno, empezaron a maldecir: "¡Todo anda mal!". "¡Que país de porquería!". "¡La culpa de todo la tienen los otros!". ¿Y quienes eran los otros? Y... el gobierno, los ricos, los pobres, los del sur, los del norte, los flacos, los gordos...pero siempre los otros.

Así iba todo, ¡viento en popa!, mejor dicho, viento en contra, porque el pobre país se enfermó y empezó a ponerse grave.

 Finalmente, la gente terminó pensando todo al revés. Que lo malo era bueno y que lo bueno era tonto. Se empezó a creer que mentir, robar, pelear, faltar el respeto, flojear...era cosa de gente viva. Pero ser honesto, trabajador, amable, servicial, estudioso...era cosa de estúpidos. O sea, un verdadero desorden.

 Pero de repente...

 ... de todas partes del país empezaron a aparecer muchos hombres y mujeres, grandes y chicos, jóvenes y viejos que ya no aguantaban más y decidieron Cambiar. Habían descubierto un arma poderosa, que cuando los malvados la vieron empezaron a temblar:

 La conciencia.

 Claro, todos tenían una conciencia dentro de ellos, pero hacía mucho que no la usaban. Como que la tenían llena de polvo y oxidada. Y por suerte la re-descubrieron. Ahora sí que los malvados se agarraban la cabeza. "Ya no nos van a creer más", se decían. "Van a darse cuenta de nuestros engaños y mentiras". "Nuestros gases venenosos ya no les van a hacer efecto" "Estamos listos".

 Y con la conciencia volvieron muchas virtudes: la honradez, el trabajo, la solidaridad, el respeto al otro, la búsqueda del bien común, la esperanza, el amor...

Que hermoso fue aquello: ver que la gente cambiaba, no porque la obligaban, sino porque cada uno había recobrado su conciencia perdida y la escuchaba, y le hacía caso.

Y en aquel país empezaron a haber gobernantes honestos que cuidaban de verdad al pueblo, pero cada vez tenían menos trabajo, porque el pueblo había aprendido a cuidarse a sí mismo y ya apenas si necesitaban de otros que les dijeran lo que tenía que hacer.

Habían recuperado su conciencia, el gran regalo de Dios, que tenían olvidado. Y en ese país maravilloso se armó un revuelo bárbaro, porque cada uno intentó hacer de la mejor manera, lo que le dictaba su recta conciencia.

Y el país cambió. Se puso mucho mejor. Y su pueblo llegó a ser realmente feliz.

Ojala esto sea posible.

 
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