|
Había una vez, un país hermoso. Tenía muchos
recursos. Poseía cereales, frutos, buena ganadería, pesca, minería. Lindos lugares
de turismo. Bosques, montañas, lagos... y muchas posibilidades de progreso como
para llegar a ser un gran país.
Pero había una banda de ladrones y asesinos
que no podían soportar que la gente fuera feliz.
-¡Arruinemos esto!- dijo uno.
-¡Tengo una idea - dijo otro. Rociemos el país
con gas tóxico: "Desobediencia" y "Desorden" para que ellos
mismos arruinen su propia nación. ¡Será divertidísimo! ¡Y así lo hicieron!
Cuando fumigaron el país con el gas, los
habitantes empezaron a desobedecer todas las leyes y autoridades habidas y por
haber. Los colectivos y automóviles pasaban los semáforos en rojo, se metían de
contramano y corrían como locos.
Los comerciantes y empresarios inventaron
trampas para no pagar los impuestos. Y ahora, un toquecito de gas egoísta...
En las escuelas y colegios pasaba lo
mismo: los chicos estaban tan intoxicados de "Desorden" que eran
totalmente desobedientes. ¡Y encima se creían que era una gracia!
-Y el lema fue "sálvate tu mismo; el otro
no importa".
-Y la máquina empezó a reemplazar al hombre y
se produjo la desocupación.
-Y los gobernantes se olvidaron de ser
servidores y quisieron ser servidos.
-Y unos vivían en la opulencia, mientras la
mayoría pasaba hambre.
Otros malvados consiguieron que a lo
ancho del país, grandes y chicos ensuciaran y dañaran su hermosa tierra.
Tiraban basura en cualquier lado. Jamás limpiaban las suciedades de sus perros
en las veredas. ¡Si comían caramelos, los papelitos al piso! Si comían fruta,
escupían las semillas o tiraban las cáscaras en donde viniera.
Los fumadores, no contentos con ensuciar
el aire, sembraban de cajetillas y "colillas" con sus dañinos
cigarrillos todos los lugares que ustedes pueden imaginar.
La gente empezó a grabar sus nombres, dibujar
corazones, escribir palabrotas...¡ ni las piedras se salvaban!
A la gente también se le dio por dañar
los bienes públicos: los bancos de las plazas y parques, los asientos de trenes
y colectivos, los pobres teléfonos públicos...También se les dio por robar: las
lamparitas del alumbrado público, los espejos de los baños...Arrancaban flores,
pisaban el césped, lastimaban los árboles. Al fin, como es de suponer, nada
funcionaba bien.
Mientras ocurrían estas cosas, a los
malvados se les ocurrió llenar el país con otro gas llamado: "Queja y
protesta". Inmediatamente los habitantes que respiraron este veneno,
empezaron a maldecir: "¡Todo anda mal!". "¡Que país de
porquería!". "¡La culpa de todo la tienen los otros!". ¿Y
quienes eran los otros? Y... el gobierno, los ricos, los pobres, los del sur, los
del norte, los flacos, los gordos...pero siempre los otros.
Así iba todo, ¡viento en popa!, mejor dicho,
viento en contra, porque el pobre país se enfermó y empezó a ponerse grave.
Finalmente, la gente terminó pensando
todo al revés. Que lo malo era bueno y que lo bueno era tonto. Se empezó a
creer que mentir, robar, pelear, faltar el respeto, flojear...era cosa de gente
viva. Pero ser honesto, trabajador, amable, servicial, estudioso...era cosa de
estúpidos. O sea, un verdadero desorden.
Pero de repente...
... de todas partes del país empezaron a
aparecer muchos hombres y mujeres, grandes y chicos, jóvenes y viejos que ya no
aguantaban más y decidieron Cambiar. Habían descubierto un arma poderosa, que
cuando los malvados la vieron empezaron a temblar:
La conciencia.
Claro, todos tenían una conciencia
dentro de ellos, pero hacía mucho que no la usaban. Como que la tenían llena de
polvo y oxidada. Y por suerte la re-descubrieron. Ahora sí que los malvados se
agarraban la cabeza. "Ya no nos van a creer más", se decían.
"Van a darse cuenta de nuestros engaños y mentiras". "Nuestros
gases venenosos ya no les van a hacer efecto" "Estamos listos".
Y con la conciencia volvieron muchas
virtudes: la honradez, el trabajo, la solidaridad, el respeto al otro, la
búsqueda del bien común, la esperanza, el amor...
Que hermoso fue aquello: ver que la gente
cambiaba, no porque la obligaban, sino porque cada uno había recobrado su
conciencia perdida y la escuchaba, y le hacía caso.
Y en aquel país empezaron a haber gobernantes
honestos que cuidaban de verdad al pueblo, pero cada vez tenían menos trabajo,
porque el pueblo había aprendido a cuidarse a sí mismo y ya apenas si
necesitaban de otros que les dijeran lo que tenía que hacer.
Habían recuperado su conciencia, el gran
regalo de Dios, que tenían olvidado. Y en ese país maravilloso se armó un
revuelo bárbaro, porque cada uno intentó hacer de la mejor manera, lo que le
dictaba su recta conciencia.
Y el país cambió. Se puso mucho mejor. Y su
pueblo llegó a ser realmente feliz.
Ojala esto sea posible.
|