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Un regaño televisado Imprimir
escrito por Ramón González Escorihuela   
jueves, 07 de agosto de 2008
El domingo 2 de agosto, en el programa "Aló Presidente", exactamente a una semana de lo ocurrido, el presidente Chávez, pidió perdón al camarógrafo del canal 8, Efraín Castro, por  la desconsiderada y desagradable reprimenda pública que le dio el domingo 28 de julio. Hecho, por demás infeliz, que causó estupor y disgusto entre los pocos o muchos espectadores del programa y entre quienes se enteraron luego por otros medios.

Hace bien el presidente en pedir perdón al camarógrafo, porque lo que hizo estuvo mal, muy mal, de forma y de fondo. De forma, porque su conducta fue cuando menos abusiva y ventajista con respecto a otro ser humano que se encuentra en marcada situación de inferioridad  e indefensión. Y eso, por simples razones éticas,  no se debe hacer aunque él lo haga con inusitada frecuencia. De fondo, porque reclamar violentamente a un empleado porque devenga un pago adicional contemplado en el contrato colectivo vigente, por horas extras de labor, es atentar,sin más, contra  las reivindicaciones laborales que con plena justicia han logrado los trabajadores venezolanos.   

Sin embargo, hay mucho más, que esto lo haga un oligarca,   un "escuálido",  un "explotador", vaya y pase, porque,  al fin y al cabo, siempre se podría aducir   que  están en "lo suyo",  pero que lo haga una persona que se define como socialista y que día a día y hora tras hora, de manera incansable, reiterativa y machacona, se nos presenta como amigo y redentor de los pobres y oprimidos, los desposeídos y humillados de aquí y de allá,  no representa más que un ejercicio de imaginación surrealista  salvaje y desbocado. Diera la impresión, por decir lo menos, que el presidente no sabe, o de pronto  olvidó, que la reglamentación de la duración de la jornada, las vacaciones, las utilidades de fin de año, la seguridad social, y otras conquistas históricas de los trabajadores, no fueron nunca concesiones graciosas de los empleadores públicos o privados; sino el producto de largas y difíciles luchas sociales que marcaron a generaciones  enteras y dejaron su saldo de muertos, encarcelados y perseguidos. Luchas que, por cierto, tuvieron su gran fuente de inspiración precisamente en las ideas socialistas y cuyos protagonistas principales fueron socialistas verdaderos o personas de gran sensibilidad social y política.

No se puede pretender, si ese fuese el caso, que los problemas económicos que pueda tener el canal insignia del Estado, y es eso lo que mortifica al presidente, tengan su origen en lo que perciben los trabajadores por sus salarios y otras prestaciones. Seguramente, hay otras causas en el manejo administrativo de la planta, que deben ser determinadas y corregidas. Tampoco  puede pedírsele  a nadie que sacrifique sus horas libres o invierta su domingo en una interminable y agotadora jornada laboral sólo por  amor o entrega a una supuesta revolución, más aún, cuando se viven tiempos de inflación acelerada que desborda cualquier presupuesto familiar, y cuando en este mismo proceso, el tren de vida dispendiosa que llevan algunos de sus jerarcas, familiares y allegados es francamente obsceno.

La gran mayoría de los trabajadores venezolanos no son ningunos privilegiados que gozan de prebendas y regalías injustificadas. Privilegiados hay y  muchos, pero hay que buscarlos donde están: en las altas esferas oficiales. Con sueldos, bonos, jubilaciones y viáticos, desmesurados y ofensivos para el resto de la población que aguanta y soporta penurias de todo tipo. Con batallones de porteros, asistentes, choferes y guardaespaldas. A esos les cae muy bien, no una reprimenda por más pública, descarnada o ardiente que sea,  sino una medida enérgica del Estado, que ponga fin a tanta iniquidad.

 

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