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El domingo 2 de agosto, en el programa "Aló
Presidente", exactamente a una semana de lo ocurrido, el presidente Chávez,
pidió perdón al camarógrafo del canal 8, Efraín Castro, por la desconsiderada y desagradable reprimenda
pública que le dio el domingo 28 de julio. Hecho, por demás infeliz, que causó
estupor y disgusto entre los pocos o muchos espectadores del programa y entre
quienes se enteraron luego por otros medios.
Hace bien el presidente en pedir perdón al
camarógrafo, porque lo que hizo estuvo mal, muy mal, de forma y de fondo. De
forma, porque su conducta fue cuando menos abusiva y ventajista con respecto a
otro ser humano que se encuentra en marcada situación de inferioridad e indefensión. Y eso, por simples razones
éticas, no se debe hacer aunque él lo
haga con inusitada frecuencia. De fondo, porque reclamar violentamente a un
empleado porque devenga un pago adicional contemplado en el contrato colectivo
vigente, por horas extras de labor, es atentar,sin más, contra las reivindicaciones laborales que con plena
justicia han logrado los trabajadores venezolanos.
Sin embargo, hay mucho más, que esto lo haga
un oligarca, un "escuálido", un "explotador", vaya y pase, porque, al fin y al cabo, siempre se podría
aducir que están en "lo suyo", pero que lo haga una persona que se define
como socialista y que día a día y hora tras hora, de manera incansable,
reiterativa y machacona, se nos presenta como amigo y redentor de los pobres y oprimidos,
los desposeídos y humillados de aquí y de allá,
no representa más que un ejercicio de imaginación surrealista salvaje y desbocado. Diera la impresión, por
decir lo menos, que el presidente no sabe, o de pronto olvidó, que la reglamentación de la duración
de la jornada, las vacaciones, las utilidades de fin de año, la seguridad
social, y otras conquistas históricas de los trabajadores, no fueron nunca
concesiones graciosas de los empleadores públicos o privados; sino el producto
de largas y difíciles luchas sociales que marcaron a generaciones enteras y dejaron su saldo de muertos, encarcelados
y perseguidos. Luchas que, por cierto, tuvieron su gran fuente de inspiración
precisamente en las ideas socialistas y cuyos protagonistas principales fueron
socialistas verdaderos o personas de gran sensibilidad social y política.
No se puede pretender, si ese fuese el caso,
que los problemas económicos que pueda tener el canal insignia del Estado, y es
eso lo que mortifica al presidente, tengan su origen en lo que perciben los
trabajadores por sus salarios y otras prestaciones. Seguramente, hay otras
causas en el manejo administrativo de la planta, que deben ser determinadas y
corregidas. Tampoco puede pedírsele a nadie que sacrifique sus horas libres o
invierta su domingo en una interminable y agotadora jornada laboral sólo
por amor o entrega a una supuesta
revolución, más aún, cuando se viven tiempos de inflación acelerada que
desborda cualquier presupuesto familiar, y cuando en este mismo proceso, el
tren de vida dispendiosa que llevan algunos de sus jerarcas, familiares y
allegados es francamente obsceno.
La gran mayoría de los trabajadores
venezolanos no son ningunos privilegiados que gozan de prebendas y regalías
injustificadas. Privilegiados hay y
muchos, pero hay que buscarlos donde están: en las altas esferas
oficiales. Con sueldos, bonos, jubilaciones y viáticos, desmesurados y
ofensivos para el resto de la población que aguanta y soporta penurias de todo
tipo. Con batallones de porteros, asistentes, choferes y guardaespaldas. A esos
les cae muy bien, no una reprimenda por más pública, descarnada o ardiente que
sea, sino una medida enérgica del
Estado, que ponga fin a tanta iniquidad.
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