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En los recuerdos, desde lejos, los pájaros y las colinas
siempre estuvieron pendientes. Ciertas lunas espectaculares en el borde de las
montañas lejanas y el rumor de los ríos Motatán y Momboy... más ciertos cohetes,
las discusiones en la
Plaza Bolívar, los juegos en la plaza del Llano, después
llamada Sucre, ciertas ventanas donde uno esperaba se asomaran la muchacha,
como se dice, cursimente, de las canciones y los sueños. Hubo una cierta Valera
de calles que iban a parar las nubes. Hubo un hecho cultural, un periódico, un
liceo, unas novias lejanas con las cuales, ciertos domingos, se podía pasear en
las retretas. El Ateneo era como la marca de los grandes acontecimientos y la
catedral que se levantaba con sus abortantes, sus ventanales y sus ojivas, con
las torres agudas, en un permanente desafío a los vientos. Hay miles de cosas
entre fiestas y cohetes, los carnavales, cierto rumor secreto por las noches,
el esplendor de las amanecidas, las primeras lecturas, los primeros escritos,
el primer artículo en el diario El Nacional cuando apenas se cursaba el cuarto
año de bachillerato y la sorpresa entusiasmada de la ciudad.
A esa ciudad donde nací he vuelto ahora y encuentro el mismo
sol quemante y sobre todo la misma luna resplandeciente, siempre mandando sus
mensajes de bruja. Más de seiscientos graduandos del Instituto Universitario
Tecnológico me ofrecieron un padrinazgo que fue celebrado en un amplio recinto,
con el entusiasmo pleno de alumnos y profesores a la hora de recibir sus
diplomas y los saludos, las emociones, los brindis y los abrazos con amigos que
no veíamos desde hace mucho tiempo.
Menos mal que ocurrió todo eso, porque me ayudó de escudo
contra la visión pavorosa de la ciudad... Jamás me hubiera imaginado semejante
catástrofe de basura, de buhoneros trepados hasta en el altar mayor, de
avenidas intransitables por el tráfago más absurdo que puede haber en el mundo,
por lugares donde los edificios lucen derruidos, por calles descoloridas y una
de ellas hasta dedicada a mi nombre, pero el letrero dice Adriano González, lo
cual menguó el alto honor, pero después observé otras vías con nombres
incompletos y sobre todo una llamada Mario Briceño, que puede llenar de
confusión a los transeúntes. Hay 4.000 pulperos en el estado Trujillo que se
llaman Mario Briceño, Mario Briceño Iragorry o Mario Briceño Perozo sólo hay
dos que nos cubrieron de historia y dignidad ciudadana, y no se les puede dar
un apelativo al cual sólo le falta agregarle "Víveres y frutos. Licencia de
Expendio", para convertirlos a los dos historiadores en bodegueros eficientes.
Es la seña más evidente del desastre municipal, de la incuria, el desorden y la
incapacidad de unas autoridades que en todo el Estado muestran su desastrosa
administración y que harían sonrojar al más viejo "cuica" o al mismo Diego
García de Paredes, porque Trujillo, la capital, no se queda atrás, ni tampoco
Boconó, que era llamado "el jardín".
Sin embargo, volvamos a Valera que era la meta inicial.
Estuve al anochecer en la
Plaza Bolívar. Solitaria. Entristecida. Con cuatro feas
fuentes en los cuatros costados, para jugar al trabalenguas. Los edificios de
los cines vecinos casi destruidos. La basura, dejada por los buhoneros se
acumula en las calles vecinas, en las otras calles, y sólo será recogida,
supuestamente, al amanecer. Me senté en un banco con Marlene, la hasta ese día eficiente
presidenta del Ateneo. Nos pusimos a recordar cosas, como uno dice. Yo
solitariamente, cargaba con mis recuerdos, mis visiones, mi antigua alegría con
los mangos y caujiles.
Recordé que en las viejas tradiciones se hablaba de un
personaje que había dicho "Valera, Valerá". Semejante desafuero verbal, servía,
de todos modos, en su juego de palabras, para darnos ánimo. El mismo que
recibimos de estudiantes y profesores, de los nuevos poetas, y el contar con
dos diarios que tienen la garra y la tenacidad necesarias, la buena escritura,
para ayudarnos a salir del desastre. Recordé un conjunto excelente que habíamos
escuchado en un lugar nocturno. Y miré hacia lo alto. Las torres góticas y
altaneras permanecían con su vieja reciedumbre. Casi escuché las campanas.
Ellas anunciaban, sin duda, una posible resurrección.
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(Tomado del Diario El
Nacional)
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