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LA CUARESMA Imprimir E-Mail
escrito por Pbro. Walkelys Araujo   
viernes, 15 de febrero de 2013
El miércoles pasado comenzamos el tiempo litúrgico de la Cuaresma, cuarenta días que nos preparan para la celebración de la Santa Pascua.

El número cuarenta aparece varias veces en las Sagradas Escrituras: los cuarenta años en los que el pueblo de Israel peregrinó en el desierto para convertirse en pueblo de Dios. Cuarenta fueron los días de camino del profeta Elías para alcanzar el Monte de Dios, el Horeb y el tiempo que Jesús pasó en el desierto antes de iniciar su vida pública y donde fue tentado por el diablo.

Reflexionaremos sobre este momento de la vida terrena del Señor, que leeremos en el Evangelio del próximo domingo y que haremos con la ayuda de los discernimientos que al respecto hiciera nuestro Santo Padre, en la audiencia general del pasado 13 de febrero.

"Antes que nada, el desierto donde Jesús se retira, es el lugar del silencio, de la pobreza, donde el hombre está privado de los apoyos materiales y se encuentra ante las preguntas fundamentales de la existencia, está destinado a ir a lo esencial y por ello es más fácil encontrar a Dios. Pero el desierto es también el lugar de la muerte, porque donde no hay agua no hay tampoco vida, y es el lugar de la soledad, en el que el hombre siente más intensa la tentación.

Jesús va al desierto y allí experimenta la tentación de dejar el camino indicado por el Padre para seguir otros caminos más fáciles y mundanos. Reflexionar sobre las tentaciones a las que es expuesto Jesús en el desierto es una invitación para cada uno de nosotros a responder a una pregunta fundamental: ¿qué cosa cuenta realmente en mi vida?

¿Cuál es el núcleo de las tres tentaciones que experimenta Jesús? Es la propuesta de instrumentalizar a Dios, de usarlo para los propios intereses, para la propia gloria y para el propio éxito. Y entonces, en esencia, ponerse uno mismo en el lugar de Dios, sacándolo de la propia existencia y haciéndolo parecer superfluo. Cada uno debería preguntarse: ¿qué lugar tiene Dios en mi vida? ¿Es Él el Señor o lo soy yo?

Dar a Dios el primer puesto, es un camino que cada cristiano debe recorrer siempre de nuevo. "Convertirse", una invitación que escucharemos muchas veces en Cuaresma, significa seguir a Jesús de modo que su Evangelio sea guía concreta de la vida, significa dejar que Dios nos transforme, dejar de pensar que somos nosotros los únicos constructores de nuestra existencia, significa reconocer que somos criaturas, que dependemos de Dios, de su amor, y sobre todo "perdiendo" nuestra vida en Él podemos ganarla.

Esto exige hacer nuestras elecciones a la luz de la Palabra de Dios. Hoy ya no se puede ser cristianos como simple consecuencia del hecho de vivir en una sociedad que tiene raíces cristianas

Las pruebas a las cuales la sociedad actual somete al cristiano, de hecho, son muchas y tocan la vida personal y social. No es fácil ser fieles al matrimonio cristiano, practicar la misericordia en la vida cotidiana, dejar espacio a la oración y al silencio interior, no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, como el aborto, la eutanasia, la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias. La tentación de poner aparte la propia fe siempre está presente y la conversión se vuelve una respuesta a Dios que debe ser confirmada más veces en la vida.

En este tiempo de Cuaresma, en el Año de la Fe, renovemos nuestro esfuerzo en el camino de conversión, para superar la tendencia de cerrarnos en nosotros mismos y para hacer, en vez de eso, espacio a Dios, mirando con sus ojos la realidad cotidiana. Convertirse significa no cerrarse en la búsqueda del propio éxito, del propio prestigio, de la propia posición, sino hacer que cada día, en las pequeñas cosas, la verdad y la fe en Dios y el amor se conviertan en la cosa más importante".

¡Amén¡ y gracias Santo Padre por la preciosa contribución que su Pontificado ha dado a la Santa Iglesia de Cristo . Desde aquí rezamos por Usted.

 
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