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La
actualidad noticiosa sobre las partículas y
el comienzo de nuestro mundo me invitan a incursionar en un tema poco
tocado a pesar de su importancia.
Todos
los días se escribe y opina sobre los derechos humanos y las fallas
que contra ellos se cometen en los países civilizados, vinculadas al
ideal de tener una vida sana, libre y digna para todos pero nada o
poco se dice sobre otro tema ineludible: el de la muerte.
Apoyando
el precepto "Creced y multiplicaos", el hombre tenía por
delante amplios recursos para su libre reproducción. Durante mucho
tiempo el promedio de vida dependería no solamente de la muerte
natural, sino de la ocasionada por accidentes, pestes y desastres
sobre los cuales no se tenía dominio, factores a las que se fueron
sumando las guerras fomentadas por razas, sectas y ambiciones de
poder.
A
pesar de todo esto, la población fue creciendo, habitando las
tierras conocidas y las recién descubiertas y creciendo
consecutivamente, pasando de miles de miles a millones y luego a
cientos y miles de millones por lo que prácticamente ya no queda
territorio sin presencia humana. Junto al de nacimientos fue
creciendo también el promedio de vida y disminuyendo el de muertos
por guerras, epidemias y catástrofes.
Pero
con al crecimiento numérico sobrevino también el de sus
necesidades, tanto de las fundamentales como de las accesorias que
fueron aumentando en número y jerarquía.
Lamentablemente
los recursos naturales no solo han sufrido las consecuencias de su
aumentado consumo, sino también de su irresponsable manejo. Agua,
aire, tierra fértil, flora y fauna han sido irresponsablemente
tratadas y las nocivas consecuencias de este provocado desequilibrio
reclaman ineludibles cambios de comportamiento.
El
justo derecho de nacer debe controlar al abusivo derecho de
reproducción. Como hoy existen disponibles recursos informativos es
completamente injustificada la traída al mundo de niños enfermos,
con defectos graves o sin las seguridades indispensables para su
crianza adecuada.
Y
de los nacimientos pasamos a la muerte. Sabemos que la vida es finita
y todo ser que nace debe ineludiblemente morir con sus naturales
variaciones de causa y de promedio de edad. Salvo causas naturales
imprevisibles, mientras disfrute de su pleno juicio y libertad de
acción tiene a su disposición dos opciones: esperar resignadamente
la que su organismo o las circunstancias le deparen o escoger
voluntariamente el momento de su marcha definitiva.
El
número de ancianos, incapacitados y enfermos incurables crece día
tras día con su correspondiente carga de sufrimientos y molestias
extendidas al medio familiar.
Junto
a los resignados y bien atendidos existen los que no lo están y tan
espontánea y como libremente quisieran poner rápido y tranquilo
final a esta situación, pero no pueden hacerlo por diversas razones
y entre ellos es bien conocido el caso del cuadripléjico que duró
treinta años solicitando la liberación definitiva sin obtener la
autorización para que el médico le prestara su caritativa ayuda.
Tal
como sucede ahora con la antes inimaginable voluntaria cremación,
creo que llegará el día en que será posible la justificada e
instantánea desintegración mediante el simple cruce de un arco o
dintel legalmente disponible para ello.
Pero
por ahora estimo conveniente establecer la debida autorización para
que quien libre y justificadamente lo desee, disponga legalmente de
un sencillo recurso ingerible o inyectable para su tranquila y
voluntaria liberación.
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