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El derecho de morir Imprimir E-Mail
escrito por José Espinel   
martes, 07 de agosto de 2012
La actualidad noticiosa sobre las partículas y el comienzo de nuestro mundo me invitan a incursionar en un tema poco tocado a pesar de su importancia.

Todos los días se escribe y opina sobre los derechos humanos y las fallas que contra ellos se cometen en los países civilizados, vinculadas al ideal de tener una vida sana, libre y digna para todos pero nada o poco se dice sobre otro tema ineludible: el de la muerte.

Apoyando el precepto "Creced y multiplicaos", el hombre tenía por delante amplios recursos para su libre reproducción. Durante mucho tiempo el promedio de vida dependería no solamente de la muerte natural, sino de la ocasionada por accidentes, pestes y desastres sobre los cuales no se tenía dominio, factores a las que se fueron sumando las guerras fomentadas por razas, sectas y ambiciones de poder.

A pesar de todo esto, la población fue creciendo, habitando las tierras conocidas y las recién descubiertas y creciendo consecutivamente, pasando de miles de miles a millones y luego a cientos y miles de millones por lo que prácticamente ya no queda territorio sin presencia humana. Junto al de nacimientos fue creciendo también el promedio de vida y disminuyendo el de muertos por guerras, epidemias y catástrofes.

Pero con al crecimiento numérico sobrevino también el de sus necesidades, tanto de las fundamentales como de las accesorias que fueron aumentando en número y jerarquía.

Lamentablemente los recursos naturales no solo han sufrido las consecuencias de su aumentado consumo, sino también de su irresponsable manejo. Agua, aire, tierra fértil, flora y fauna han sido irresponsablemente tratadas y las nocivas consecuencias de este provocado desequilibrio reclaman ineludibles cambios de comportamiento.

El justo derecho de nacer debe controlar al abusivo derecho de reproducción. Como hoy existen disponibles recursos informativos es completamente injustificada la traída al mundo de niños enfermos, con defectos graves o sin las seguridades indispensables para su crianza adecuada.

Y de los nacimientos pasamos a la muerte. Sabemos que la vida es finita y todo ser que nace debe ineludiblemente morir con sus naturales variaciones de causa y de promedio de edad. Salvo causas naturales imprevisibles, mientras disfrute de su pleno juicio y libertad de acción tiene a su disposición dos opciones: esperar resignadamente la que su organismo o las circunstancias le deparen o escoger voluntariamente el momento de su marcha definitiva.

El número de ancianos, incapacitados y enfermos incurables crece día tras día con su correspondiente carga de sufrimientos y molestias extendidas al medio familiar.

Junto a los resignados y bien atendidos existen los que no lo están y tan espontánea y como libremente quisieran poner rápido y tranquilo final a esta situación, pero no pueden hacerlo por diversas razones y entre ellos es bien conocido el caso del cuadripléjico que duró treinta años solicitando la liberación definitiva sin obtener la autorización para que el médico le prestara su caritativa ayuda.

Tal como sucede ahora con la antes inimaginable voluntaria cremación, creo que llegará el día en que será posible la justificada e instantánea desintegración mediante el simple cruce de un arco o dintel legalmente disponible para ello.

Pero por ahora estimo conveniente establecer la debida autorización para que quien libre y justificadamente lo desee, disponga legalmente de un sencillo recurso ingerible o inyectable para su tranquila y voluntaria liberación.

 
Cámara de Comercio e Industria del Estado Táchira

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