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El
fuego de los arcabuces, reventó de pronto los pechos de los
ancestros. La espada del conquistador tumbó la cabeza del indígena
nuestro; del hombre de esta mi tierra ancestral. La cruz en la
empuñadura de la espada, vio caer las orejas, la lengua y los
genitales del Tabisquey.
Y
un poco más allá, la cruz hecha de horcones; ahorco a los nuestros
y los maderos de los exuberantes bosques nuestros. Se quedó muy
callada, nunca pronunció palabra alguna para condenar a la muerte
que comenzó a rondar por estos caminos de aguas, de montes, de
llanura infinita, de montañas, de páramos...
Esa
cruz en la espada también dejó para las dagas, la estocada final y
los pechos abiertos vomitaron la sangre que la pólvora del arcabuz
vino a reventar.
No
conocía el indígena nuestro, caballos ni barbudos tozudos, vestidos
de tal manera. Uno en un todo, un solo maleficio. Un ser de seis
patas, con dos cabezas raras y en un solo cuerpo... con palos
escupiendo el fuego abrasador y ballesteros tirando flechas por
doquier.
Aquellos
fueron nuevos miedos, los temores ahora incorporados. Después la
cruz de la espada llegó hasta lo más hondo, hasta lo más profundo
y la cruz de palo se posó sobre la superficie de su valle, de su
tierra y sobre la tierra que le echaron encima, suponiendo que era
cristiano ya. Alma convertida, arrancada de las tinieblas en que
habitaba.
Sorpresa
y curiosidad, al llegar los visitantes pálidos que se proclamaron
enviados de los dioses, aun cuando ellos tenían y creían en un solo
Dios. Vinieron, según dijeron para servir a su dios y para hacerse
muy ricos. Los conquistadores se cogieron las tierras y a las
hembras. Los sacerdotes y los frailes; entre ellos, reclamaron y se
cogieron las almas que decían descarriladas.
*Escritor
Cuentacuentos.
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