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Fiero caballo y caballero Imprimir E-Mail
escrito por Ovidio Marín Valenzuela*   
viernes, 29 de junio de 2012
El fuego de los arcabuces, reventó de pronto los pechos de los ancestros. La espada del conquistador tumbó la cabeza del indígena nuestro; del hombre de esta mi tierra ancestral. La cruz en la empuñadura de la espada, vio caer las orejas, la lengua y los genitales del Tabisquey.

Y un poco más allá, la cruz hecha de horcones; ahorco a los nuestros y los maderos de los exuberantes bosques nuestros. Se quedó muy callada, nunca pronunció palabra alguna para condenar a la muerte que comenzó a rondar por estos caminos de aguas, de montes, de llanura infinita, de montañas, de páramos...

Esa cruz en la espada también dejó para las dagas, la estocada final y los pechos abiertos vomitaron la sangre que la pólvora del arcabuz vino a reventar.

No conocía el indígena nuestro, caballos ni barbudos tozudos, vestidos de tal manera. Uno en un todo, un solo maleficio. Un ser de seis patas, con dos cabezas raras y en un solo cuerpo... con palos escupiendo el fuego abrasador y ballesteros tirando flechas por doquier.

Aquellos fueron nuevos miedos, los temores ahora incorporados. Después la cruz de la espada llegó hasta lo más hondo, hasta lo más profundo y la cruz de palo se posó sobre la superficie de su valle, de su tierra y sobre la tierra que le echaron encima, suponiendo que era cristiano ya. Alma convertida, arrancada de las tinieblas en que habitaba.

Sorpresa y curiosidad, al llegar los visitantes pálidos que se proclamaron enviados de los dioses, aun cuando ellos tenían y creían en un solo Dios. Vinieron, según dijeron para servir a su dios y para hacerse muy ricos. Los conquistadores se cogieron las tierras y a las hembras. Los sacerdotes y los frailes; entre ellos, reclamaron y se cogieron las almas que decían descarriladas.

*Escritor Cuentacuentos.

 
Cámara de Comercio e Industria del Estado Táchira

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