|
escrito por Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo
|
|
sábado, 20 de marzo de 2010 |
|
Los
sismos de Haití y Chile ponen sobre el tapete el contexto ineludible
de la sociedad del riesgo pero destapan cruelmente la vulnerabilidad
social, producto de la acción humana más que de los fenómenos
naturales. Después del susto natural que generan las noticias,
volvemos a la vida ordinaria sin poner nuestras barbas en remojo.
La
mayor parte de la población venezolana se concentra en zonas
sísmicas o propensas a deslaves, inundaciones, sequías...Ha habido
iniciativas meritorias que lamentablemente no tienen continuidad
administrativa y no propician el crear una cultura del riesgo y del
comportamiento ante tales fenómenos. Esta indiferencia ante la
fragilidad de la vida, aumenta por la inseguridad ciudadana y la
violencia que arroja cifras espeluznantes de muertes absurdas.
La
miseria extrema tiene una irremediable fuerza de atracción sobre el
riesgo extremo. En Haití el sismo dejó un cuarto de millón de
muertos, mientras que el de Chile, setecientas veces más fuerte,
apenas ha cobrado un millar. Hay, pues, una serie de retos éticos
que debemos asumir para no echarles a otros la culpa de la
irresponsable imprevisión de muchos gobiernos.
Primero,
la igualación globalizadora. Los grandes problemas medioambientales
no respetan fronteras. De allí que las desigualdades generan mayores
riesgos para todos, siendo los más afectados las sociedades y las
personas más débiles. Segundo, la dimensión de futuro. Existe una
responsabilidad de las actuales generaciones hacia las futuras. No se
deben tomar decisiones que puedan producir efectos irreversibles para
los que vienen detrás. Esto es urgente entre nosotros, pues también
es catastrófico dar respuestas populistas e inmediatas a situaciones
que exigen planificación y proyecto. Un ejemplo claro son las
invasiones de tierras urbanas por razones políticas o ideológicas.
La
falta de controles reales genera mayores riesgos. El reto fundamental
que se plantea es el de la participación pública en la toma de
decisiones. Si hasta ahora la reflexión ética se centraba en cómo
se distribuían las riquezas, ahora hay que preguntarse cómo se
reparten los riesgos e incluso los males y las compensaciones que han
de acompañarlos.
La
justicia ecológica destaca hoy las vinculaciones entre los problemas
ecológicos y la justicia social. Los derechos humanos están
vinculados a los derechos medioambientales y a las posibilidades de
trabajo y subsistencia. Declarar una zona industrial como apta para
viviendas, además de los descalabros laborales puede producir otros
problemas sociales. Habrá que mudar las empresas que emanen gases o
alteren la tranquilidad y la vida cotidiana de zonas habitadas.
Haití
y Chile son dos caras de una realidad que nos interroga a todos. Todo
lo que altera profundamente la vida humana debe ser objeto de un
análisis serio para no arrepentirnos de tomar medidas
circunstanciales que satisfacen necesidades políticas de hoy pero
que hipotecan el futuro. Bastante tenemos con las catástrofes
naturales para que le sumemos otras, que bien pueden evitarse.
|