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Monseñor Romero Imprimir E-Mail
escrito por Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo   
sábado, 13 de marzo de 2010
Se cumplen treinta años de la muerte de Mons. Romero, Arzobispo de San Salvador. Mientras celebraba la eucaristía una bala cegó su vida. Las pruebas son claras de que se trató de un asesinato por encargo de los detentores del poder. Resultaba molesto e incómodo que hubiera quien fustigara los desmanes de una dictadura absurda, de un abuso de la autoridad, de una situación permanente de guerra civil, de una guerrilla que encontraba en la muerte y la desesperación de la población, la justificación de su actuar contra la vida de inocentes.

Mons. Romero se convirtió en el profeta de la vida, en la denuncia apasionada por la defensa de la vida de los pobres y quien clamaba en nombre de Jesús que no se podía atropellar la existencia, la tranquilidad de la ciudadanía ni desde el poder militar ni desde la guerrilla. Lo hacía como imperativo de una fe que le exigía como creyente y como obispo predicar el mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo.

Mons. Romero era un hombre humilde, sereno, piadoso. Buscaba lo mejor para su pueblo. La pastoral renovada del Concilio Vaticano II, actualizada para América Latina en la Conferencia de Medellín (1968), clamaba por la justicia y la paz del continente. Las brutales consecuencias de una sociedad desigual llevaron a la guerrilla y a las dictaduras militares a convertirse en los amos y señores de la vida del pueblo salvadoreño.

La muerte violenta de su amigo el Padre jesuita Rutilio Grande, lo conmovió profundamente. Despertó en él, su vocación de profeta. Como Jeremías, se sentía indigno y sin fuerzas para asumirla. Pero su confianza en la fe que mueve montañas lo llevó a fustigar los males de su pueblo.

A tres décadas de su desaparición, Mons. Romero se inscribe en la larga lista de obispos, sacerdotes, catequistas que desde la colonia hasta nuestros días han hecho de su vocación cristiana un faro de luz y de esperanza para los desvalidos, para los sin poder, para los que aman la vida y se les arrebata sin ton ni son, a nombre de ideologías políticas o económicas que lo que causan es muerte y desolación.

Que su memoria nos dé a todos, el coraje de luchar contra el ídolo del poder que acaba con la fraternidad y la convivencia de nuestras sociedades, ávidas de paz y entendimiento cordial.

 

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