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"El
Maestro dijo: Los vendedores ambulantes de rumores son personas que
han abandonado la virtud"
Las
palabras que titulan este tópico están saturadas de tanto manoseo
en Venezuela. Ello nos obliga a seguir insistiendo en su aclaratoria
para recuperarles su utilidad social. Estamos ahogándonos en un caos
provocado con premeditación y perversidad cínica desde las
políticas públicas, lo cual trae como consecuencia inmediata el
vacío ético-moral que induce a algunas personas a quebrantar reglas
básicas de convivencia mínima. Por ejemplo, el quinto mandamiento
que prohíbe matar como regla moral se ha generalizado a tal punto
que vivimos una suerte de limpieza social por vía del exterminio y
donde las instituciones creadas para regular la violencia han
desaparecido por orden oficial. Con la literatura de Dostoievski
sabemos que a los ojos de Dios un crimen es un crimen, pero dentro de
una idea de justicia un crimen puede ser moral. Esto invita a
preguntar: ¿Debemos aceptar que un sujeto social se acepte como
criminal porque está viviendo en la pobreza? ¿Cómo calificamos
dentro de la idea de ciudadano a tal sujeto? ¿Es válido para todos
que la frase: "fue un ajuste de cuentas" sea la explicación
oficial de tal perversión ética? No nacimos ayer y tampoco el
aparato escolar que tenemos prepara para ser ciudadanos enriquecidos
con contenidos de ética y moral del bien común. La escuela heredada
y la de hoy no están vacunadas contra las conductas anti-éticas. En
parte, porque la idea de educación dominante se centró en difundir
conocimientos fraccionados con ideas pastiches de nación, patria,
pueblo, historia de héroes y otras necedades parecidas. Pocos son
los programas, incluidos los universitarios, que se ocupan de estas
preguntas: ¿La ciudadanía se aprende, se transmite o se decreta
desde un gobierno de turno? ¿Es igual la idea de escuela y la de
educación ciudadana dentro de un socialismo ausente de principios
éticos del bien común? Cierto que ciudadanía es tener derecho a,
pero ¿cómo hacer que el poder tolere la diversidad de ideas y la
pluralidad de deberes? Pienso que una ética sin vínculos con la
manipulación ideológica del partido político autoriza a ubicar su
práctica en los actos cognoscitivos. Quiere esto decir que si el
sujeto ignora preguntarse: cómo soy y por qué debo responder de mis
actos, poca cosa hacen los códigos y normas sociales decretadas por
el aparato legislativo. Hay un dato brutal escrito en 1999 por Mario
C. Vergara: "...según estudios sociales de la guerra de Vietnam,
los vietnamitas tenían temor a la paz". Eso explicaría esa fama
de guerreros que tenían. Para ellos, ese valor era desconocido y de
allí su temor al mismo. Si tomamos en serio esa información, es
dañina a la ciudadanía esa ética del héroe guerrero que los
libros de historia tienen para intoxicar el cerebro de los niños.
Posiblemente ese culto a los símbolos militaristas (Dixit, Bolívar
y el decreto de guerra a muerte) haya sembrado en el tiempo nuestra
capacidad reproductora de la ruina y el caos. De allí que una ética
con poder del ciudadano civilizado sea vista entre nosotros como algo
imposible y banal. De tal manera que esa cultura del hombre
paramilitar y gatillo alegre que hasta la música de los corridos
reproduce sea la norma de muestra ética destructiva actual. Que una
persona por la única condición de pobre perciba que su conducta
criminal será permitida porque una idea absurda de justicia social
lo ubica dentro de la ética del débil y el vulnerable, emerge ahora
como motivo de pensamiento en las ciencias sociales. Hoy, cuando
desde la política se confunde Estado con partido oficial y
presidente con dictador de decretos, observamos una burocracia junto
a ese sujeto criminal, que si bien es pobre y miserable, tiene,
dentro del vacío ético, algo que intercambiar con el gobierno de
turno: Su voto, su impunidad y su criminalidad. Descubrimiento
perverso que siembra en la sociedad temor y aniquila toda idea de
ciudadanía. Hay excepciones, si el crimen toca esferas visibles del
Estado; allí el aparato jurídico sí actúa.
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