|
Tras
el compromiso de los líderes mundiales sellado en la Cumbre de Roma
para asistir a los pobres de este mundo que deben capear el temporal
de los altos precios de los alimentos, es importante considerar
algunas características únicas de cómo los países de América
Latina y el Caribe se insertan en este cuadro global
(Tierramérica).-
Por un lado, los altos precios de las materias primas representan una
oportunidad para que la región aumente su producción de alimentos y
sus ingresos. Por otro, debe hacerle frente al urgente desafío de
ayudar a aquellos que más lo necesitan en esta crisis. Los países
de América Latina y el Caribe están entonces frente a una crítica
paradoja.
La
región posee una rica tradición agrícola, y varios de sus países
están entre los primeros exportadores mundiales de alimentos.
Durante el año 2006 la región exportó más de 55.000 millones de
dólares en productos agrícolas. El mejoramiento de los términos de
intercambio a través de los altos precios de las materias primas
(incluyendo productos agrícolas) beneficia a varios países.
Para
aquellos países sudamericanos ricos en materias primas, este
desarrollo representa una oportunidad para el crecimiento sostenido y
la posibilidad de pasar a una producción con mayor valor agregado:
de las materias primas a la agroindustria. Este cambio tendría un
impacto positivo sobre el nivel de empleo, y ampliaría las
transformaciones operadas en países como Colombia, Chile y Perú,
México, entre otros, que se han convertido en productores de primer
nivel de fruta, espárragos, palta y otras variedades vegetales.
América
Central
Empero,
América Central y el Caribe se encuentran en una situación muy
diferente. Dependen de la importación de alimentos y están siendo
severamente afectados por la espiral de precios. Al mismo tiempo,
están experimentando pérdidas en los términos de intercambio en
razón de los precios de los insumos energéticos. Así las cosas,
la inflación de los precios de los alimentos afecta de manera
desigual a los diferentes sectores de la sociedad. Impacta de una
manera desproporcionada en los consumidores pobres urbanos en todos
los países, incluyendo aquellos que son exportadores de alimentos.
Las
familias más humildes gastan al menos 50 por ciento de su
presupuesto en alimentos. Nuestros estudios indican que a lo largo de
la región, la gente pobre sufre una tasa de inflación efectiva
bastante más elevada que la tasa global. Como resultado, y de
acuerdo a cifras de la ONU, 10 millones de personas en la región son
vulnerables a la desnutrición y la hambruna por esta crisis, dado
que deben adquirir alimentos a precios que le son cada vez más
inalcanzables.
Consecuentemente,
y de acuerdo a lo establecido en la cumbre de Roma, hemos expandido
nuestros programas de asistencia tanto en el corto como mediano
plazo.
Hemos
creado un fondo de emergencia de 1.200 millones de dólares para los
países más afectados por esta crisis y hemos aprobado una donación
de 10 millones de dólares para Haití dirigida a programas de
asistencia directa.
América
Latina menos vulnerable
En el
año 2007, la región de América Latina y el Caribe celebró su
cuarto año consecutivo de crecimiento a tasas superiores a cinco por
ciento, el mejor desempeño desde la década de los setenta. Los
gobiernos de la región han implementado políticas macroeconómicas
sólidas y han aprovechado las ventajas de los precios favorables de
las materias primas para reducir sus vulnerabilidades. Por ello, los
mercados de capitales han reconocido la posición económica y fiscal
más sólida de la región. Tanto Brasil como Perú han logrado el
grado de inversión.
Los
niveles de pobreza -por mucho tiempo el talón de Aquiles de la
región- han descendido en varios países, desde Brasil a Perú, y de
Argentina a México. Estos descensos están relacionados al sólido
crecimiento económico de los últimos años, y al incremento del
gasto público con orientación social, incluyendo exitosos programas
de transferencias monetarias condicionadas.
Estos
avances están ahora en riesgo debido al impacto de la desaceleración
económica en los Estados Unidos, así como por la subida de los
precios del petróleo y los alimentos. Aún cuando la región está
mejor preparada que en el pasado, el reto es mayor para los pequeños
países de América Central y el Caribe. Mientras tanto, los países
ricos pueden contribuir a aliviar la crisis alimentaria dando un
respiro a través de la reducción de subsidios y aranceles sobre los
biocombustibles derivados del maíz.
La
producción de etanol consumirá 30 por ciento de la cosecha
estadounidense de maíz para este año. Reducir los aranceles sobre
el etanol en Estados Unidos y Europa ayudaría a incrementar la
producción de biocombustibles más eficientes, y ecológicamente más
amigables, derivados de la caña de azúcar -como lo hacen
exitosamente Brasil y países de América Central-, que no compiten
con la producción de alimentos. Así se ensancharían los mercados
para los países más pobres. Se debería además encontrar la forma
de eliminar las restricciones a las exportaciones tan pronto como sea
posible, ya que estas medidas llevan al acaparamiento e incrementan
los precios de los alimentos aún más, posponiendo los ajustes por
oferta y demanda necesarios para lograr un nuevo equilibrio.
Desafío
El
desafío en América Latina hoy por hoy es crecer sostenidamente, al
tiempo que se enfrentan las nuevas condiciones globales y regionales.
La región tiene el potencial y sin dudas superará este nuevo
desafío. Junto a la ONU y otros socios, el Banco Mundial continuará
apoyando a los países en sus esfuerzos en pos de construir una red
de seguridad social para los más vulnerables, al tiempo que se
expanden las oportunidades económicas y sociales para todos.
|